Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
“Es característico de la utopía construir sobre el mañana mediante análisis o posturas que, en vez de seguir la naturalidad del deseo, siguen los prejuicios impuestos por la ideología que está en el poder. […] El hombre, desde hace cuatrocientos años, mira la realidad intentando proyectar sobre ella una imagen suya concebida de antemano y, por ello, la relación que se produce entre sujeto y realidad es relación [violenta] de posesión, de poder […] El espíritu de una verdadera democracia […] moviliza la actitud de cada uno en un respeto activo hacia el otro, en una correspondencia que tiende a afirmar los valores y la libertad del otro. Este modo de relación entre los hombres que la democracia tiende a instaurar se podría llamar «diálogo»…”
Luigi Giussani, “El yo, el poder y las obras”
Por encima de los fragmentos en que hallamos divididos los grupos de la llamada Oposición, después del inenarrable show del 20, una confrontación surge con imponente escala: la de quienes se aferran tercamente a su parcial e obstinada visión de las cosas, empeñados en el “yo-tenía-razón”, versus la de quienes deciden mirar la realidad directamente, sin las gríngolas de sus prejuicios ideologizados e intereses innegociables.
Y esta confrontación cobra toda su dramática urgencia cuando nos interesamos por la humanidad de los millares de compatriotas, sentenciados a vegetar en las inmensas filas, cada vez mayores, ante los portones de negocios dispensadores de productos a precio rebajado por la falsa benevolencia de la tiranía, o nos ponemos en los zapatos de quienes sufren implícita pena máxima por ser pacientes de diálisis o cualquier enfermedad crónica, con un Estado al que no parece importar su derecho a la vida en lo más mínimo. Mientras los responsables de la tragedia del pueblo venezolano desconocen olímpicamente sus responsabilidades, los supuestos defensores de la democracia parecen hacer lo propio, como si cada día partiendo pelos e ideando componendas para imponer su gallo, o “galla”, no significara miles de muertes víctimas del hambre, mala atención hospitalaria, la delincuencia asesina, o situaciones injustificables como la de los fallecidos en el reciente accidente automovilístico en que volcó un camión de estacas, improvisado transporte público, cargado de indefensos pasajeros. Cada día de disputa estéril significa, y esto es peor aún, una jornada perdida en la gigantesca tarea de reeducar un pueblo que cada vez más se habitúa a depender de la manipuladora “magnanimidad” de los gobiernos.
Ante la deriva de control totalitario que se evidencia en un régimen que, hacia lo interno, no parece afectado por los resultados del 20 pasado, ni por las sanciones internacionales, un gobierno car’e tabla y acostumbrado a huir (exitosamente) hacia adelante, apretando cada vez más la estranguladora a la población y a quienes se asomen como sus posibles defensores, urge una verdadera unidad que surja de sincero comportamiento demócrata. Si bien es cierto que intentar acuerdos que modifiquen la actitud del régimen parece ilusorio, lo que sí es posible es dialogar con toda habilidad y honestidad entre las filas de los factores democráticos. Para ello es necesario un acopio de fructífera humildad, de apertura al otro en respeto activo, así como supeditar todo credo ideológico a la observación y valoración imparcial de la realidad y sus apremios. Ante la inminencia de los nuevos desafíos, necesitamos este cambio de actitud, no solamente a nivel de la dirigencia política, sino en la base, entre nosotros quienes no tenemos más incidencia que la de la intercomunicación cotidiana y el propio ejemplo, para no continuar cayendo en los ardides que abonan vergonzantes errores.
No partamos, pues, de la tentadora imposición de una visión prefabricada sobre la testaruda realidad que nos reclama, ni del predispuesto rechazo a quienes luchan a nuestro lado, por el solo hecho de que no comparten a pie juntillas nuestros preconceptos. El otro es un beneficio, y para unirnos es imperativo entenderlo así y hacer gala de firmeza democrática.


