(Lucas 6, 38)
El rótulo de esta reflexión engloba una frase del texto del evangelio leído en este VII domingo del tiempo ordinario.
En base al mismo preguntamos, ¿qué es medida en el sentido en que presenta este término el evangelista? Si fuese un número, una «agregación de diversas unidades» (San Buenaventura, «De scientia Christi», c.III, sol. 8, 167), inevitablemente, de inmediato a aquella pregunta deberíamos formularnos esta otra, ¿qué hemos sumado más hasta estas alturas de nuestra biografía: amar a los enemigos u odiarlos; hacer el bien a los que nos aborrecen o aborrecerlos; bendecir a quienes nos maldicen o maldecirlos; orar por quienes nos difaman o difamarlos aún más que ellos a nosotros?
Con la respuesta a ambas preguntas, intensamente recapacitada, nos daremos cuenta que en la vida hemos luchado, y aún queda por hacerlo, contra esta incitación: la de la uniformidad. Ésta nos conduce a nivelarnos y a definirnos (medirnos) según el significado de lo que más sentimos y prevalece en el corazón. Por ende, si en él prevalece el odio, el aborrecimiento, la maldición, la difamación, ¿qué tipo de corazón es el que tolera tanta toxina? Cierto, recordemos a menudo que esos deslices no constituyen norma inmutable de nuestra inteligencia; al contrario, ella intuye divina, humana, realmente, el talante según el cual somos y según el cual obramos: el talante del amor.
Notemos, por ejemplo, en la primera lectura de este domingo (Sm 26, 2.7-9.12-13.22-23) la propicia ocasión que tuvieron David y Abisay de deshacerse de Saúl, primer monarca israelita según la Biblia; en efecto, él, Abner y sus hombres dormían imperturbablemente, pues, en corta locución indica la lectura, «el Señor les había enviado un sueño profundo».
En casos así conviene gritarle al Señor con esta expresión del Salmo 119, «dame el don de entendimiento»; de hecho, inmediatamente David ordena rotundamente a Abisay, «“no lo mates”».
Con ello comprendemos: la justicia es interminable, nadie tiene la capacidad de colocarle una cuota; y, tomemos lo siguiente como ilustración de lo forjado por David: si en una guerra una tropa descansa, alguno fuma un cigarrillo, otro se quita las botas para aliviar un poco sus pies, etc., y su adversario lo topa en tal situación, sería completamente injusto de su parte si lo ataca y lo acribilla. No hay paridad de condiciones para perpetrar esto; tal salida sería una ventaja quizá más apurada por el odio, la venganza, que un triunfo digno y batallado.
En tal caso, volvamos a la pregunta, ¿qué prevalece?, ¿qué sentimos más en el corazón? Honestamente, una medida prolongada en pésimos sentimientos y pésimas acciones, incluso es incomprensible para el entendimiento humano, porque, sin duda el hombre experimenta una fuerte intoxicación de su organismo y su psique a causa de tales alteraciones.
Por ende, aunque sean incontables nuestros yerros, no ignoramos lo que somos, porque de Dios no hemos recibido la antipatía, entonces, tampoco ignoramos lo que humanamente obramos. En esto, es sumamente imprescindible la marcha de lo peor a lo más moderado, y, desde luego, a lo mejor; puesto que, tal cual recalca San Buenaventura, «toda creatura ha pasado de no ser a ser» («De scientia Christi», c.IV, n.21, 183).
Bibliografía:
San Buenaventura, «De Scientia Christi», Obras, Tomo II, ed. L. Amoros, B. Aperribay, M. Oromi, BAC, Madrid, 1946.
23-02-25
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
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