Después de surtir combustible al bote, Chente se dirigió a la cantina de Puerto Concha (estado Zulia,Venezuela) para sofocar el calor con una cerveza. Cuando el dueño desdentado la colocó sobre la barra, al motorista se le iluminaron los ojos, pues la botella estaba cubierta con un blanco velo de escarcha; en un sorbo, desapareció el contenido.
Pasados veinte minutos, dos turistas algo distraídas se acercaron preguntando por Chente. Este levantó la mano y enseguida se puso a disposición para ayudar con el equipaje y emprender el viaje a Congo Mirador, aunque antes debía vaciar la tercera botella que, con desparpajo, sugirió apuntaran a su cuenta de crédito.
El bote empezó a surcar el río Concha y tras la estela en el agua, también se desdibujaban en el horizonte los enormes árboles que daban cobijo a unos monos aulladores de pelaje rojizo, entre los que destacaba una madre con sus dos crías.
Luego de cuarenta y cinco minutos de recorrido, y antes de atracar en el punto de control del Parque Nacional Ciénagas de Juan Manuel, las viajeras saltaron de la embarcación para fotografiar a un hombre que regresaba de la faena y a su cesta de mimbre desbordada de cangrejos azules, cuyos esfuerzos no les permitirían evadir su destino en un caldero.
El viaje prosiguió entre caños de poca profundidad, en los cuales Chente debió bajarse del bote para sacarlo de un banco de arena a no más de 500 metros de la desembocadura del Lago de Maracaibo. Antes de subirse, algo llamó su atención entre las aguas salobres: era un grupo de jóvenes delfines que a duras penas podían seguir a la manada. El momento no se hizo esperar y las perplejas pero felices pasajeras impregnaron la atmósfera con los clics de sus equipos fotográficos.
El paso por el lago fue breve pero significativo, porque las viajeras, por primera vez, avistaron en la lejanía buques petroleros y torres de extracción de petróleo que, a la distancia, eran líneas difusas entretejidas con el gris de las aguas y el azul del firmamento.
Cuando el bote enfiló al último caño de la travesía, en el horizonte se dejaron ver unas coloridas viviendas sobre el agua. Era Congo Mirador, un pequeño pueblo de pescadores que, por décadas, ha sorteado dificultades como inundaciones, escasez de pesca y migración de sus habitantes en busca de mejores oportunidades económicas y de educación.
El lugar que sirvió para alojar a los visitantes era de Don Chema, un viejo líder de la comunidad, que ha buscado la manera de estimular la economía del lugar y, para ello, ha forjado alianzas con operadores de turismo que ofrecen la experiencia de divisar El Relámpago del Catatumbo desde cualquiera de los palafitos de Congo Mirador.
Algunos habitantes ofrecen sus viviendas para la pernocta, otros proveen los insumos para la comida, otros el transporte, varias mujeres y jóvenes hacen de guías e intérpretes ambientales, otros elaboran los platos tradicionales, y los más pequeños ejecutan representaciones musicales y danzas que amenizan los plácidos y rojizos atardeceres.
Esa noche, el firmamento no permitió disfrutar de las constelaciones; sin embargo, en el horizonte se divisaron los relámpagos entre las nubes, con tal intensidad y frecuencia que daban la impresión de competir para ver cuál era el más potente y cuál duraba más tiempo proyectado en el cielo.
A las 6 de la mañana, el ruido de unos motores distrajo la atención de las visitantes, que, con sus binoculares, trataban de identificar unas gaviotas posadas en el techo de un palafito abandonado. Casi simultáneamente, con lámparas de queroseno se iluminaron las habitaciones de los niños que se alistaban para asistir a la escuela; sus madres prepararon el desayuno mientras estos se lanzaban al agua para tomar su baño matutino e ir frescos a clases.
En la casa próxima a la de Don Chema, un niño preguntaba a su madre por los remos, argumentando que sin ellos no podría asistir a la escuela. La paciente señora buscó debajo de la mesa del comedor y, con su rostro sonriente, estampó un beso en la frente de su hijo mientras le entregaba los remos para que no se le hiciera tarde. El niño descendió las escuetas escalinatas de madera y tomó su pequeña canoa para dirigirse a la escuela.
La maestra de cultura, ese día, abordó temas sobre la composición y representación de cánticos, poesía, mitos, leyendas y bailes locales; no solo para desarrollar la creatividad e ingenio de los niños, sino especialmente para fortalecer en ellos el sentido de pertenencia y la convicción de mantener vigente la unión, la fraternidad y la convivencia pacífica como pueblo que ha sabido superar las vicisitudes del tiempo.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
06 de enero del 2026
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