Por: Fortunato González Cruz…
La legitimidad de una Constitución descansa en el proceso de su elaboración, como lo afirma el maestro mexicano Diego Valadez, es decir, en la posibilidad cierta de que la soberanía popular se exprese libremente. Afirma que no es posible la participación del gobierno porque no hay gobierno que anteceda a la Constitución. Su actuación debe limitarse a proponerla y luego el pueblo asume plenamente su soberanía para convocarla y llevarla a feliz término.
Con el proceso constituyente de 1999 sucedieron varios acontecimientos que menoscabaron su legitimidad: La maniobra de las “morochas” que le dieron una sobrerrepresentación al gobierno, y la presión del Presidente Chávez para obligar a los diputados de la Asamblea Nacional Constituyente a aprobar propuestas suyas, como sucedió con el cambio de nombre de nuestra República.
Cuando el presidente Nicolás Maduro toma la iniciativa constitucional comete varios errores que marcan de entrada como ilegítima el producto de su supuesta Asamblea Nacional Constituyente. Primero porque falsea el objetivo al pretender resolver la gravísima crisis nacional mediante una maniobra legislativa, cuando lo que se requiere son elecciones y decisiones económicas y sociales. Luego porque, como lo advirtió Chávez, a partir de la Constitución de 1999 no es posible una Constitución que no proceda de la voluntad popular que es la que convoca y luego aprueba la Constitución. El ejemplo más claro lo tiene el Estado Mérida cuyo Consejo Legislativo aprobó una Constitución inocua, sin dolientes, sin calor popular, que nadie conoce y nadie quiere porque no fue producto de la participación de los merideños.
Cuando la norma constitucional tiene el calor del pueblo éste tiende a obedecerla como ha sucedido con la Constitución de 1999. De allí que le reclama al gobierno que la cumpla, más cuando desde el gobierno se insistió en que era la mejor del mundo y duraría 1000 años. En las actas de la Asamblea Nacional Constituyente constan las intervenciones de diputados como Elías Jaua, Herman Escarrá y Guillermo García Ponce sobre un perfil mínimo de 200 años de duración. Por eso la sorpresa que causa el anuncio de Maduro y que cae tan mal, puesto que hasta el día anterior seguía siendo la mejor del mundo y se enarbolaba como un símbolo del proceso.
La maniobra de Maduro fue torpe como casi todos sus actos. Nadie apuesta porque salga algún papel útil de una reunión de fanáticos y mercenarios del gobierno aunque la llame Constituyente. Su propuesta produjo un solo efecto positivo pues al eliminar toda posibilidad electoral unió al pueblo y a la oposición que ahora tiene como única prioridad la lucha contra la dictadura.




