La Mérida de hace 40 años aproximadamente, era una ciudad tranquila, si muchos acontecimientos: las misas dominicales, las festividades religiosas, ir y venir al mercado lleno de colores, aromas y sabores, la reunión de las amigas por las tardes para bordar, tejer y contarse algún chismecito, mientras se disfrutaba de un delicioso café. También era una Mérida de infancias y juventudes compartidas, de juegos en la calle y una que otra tremendura, de esas que no hacen daño, pero que son divertidas. La ciudad entre montañas, neblinas, flores y sonrisas, también ejercía una mágica influencia para que el amor adolescente se manifestara con toda la fuerza de sus ríos en invierno.
Justamente, eso fue lo que le pasó al protagonista de nuestra historia, un joven merideño, que tenía su corazón prendado de una muchacha que vivía por allá por Bailadores, pero como para el amor no hay distancias, ni obstáculos invencibles, este muchacho decidió hacer el viaje para estar aunque fuera un ratico con la dueña de sus suspiros.
Uniformado de blanco impoluto porque pertenecía a la banda de su liceo, sintiéndose conquistador, le pidió a su amigo de siempre que lo llevara en su carro, y así muy contentos comenzaron la travesía. Pero, y siempre hay un pero, el joven enamorado no contaba con la aprobación del padre de su amada, quien “no lo quería ver ni en pintura”, como decimos coloquialmente. Así que por nada del mundo se podía dejar ver por aquellos lares. El destino quiso, que el señor en cuestión, avistara el vehículo en que iban, y ante tal percance, decidieron, que lo mejor era que nuestro galán se metiera en la maleta del carro. Para colmo de males el “suegro”, se percató de que la maleta estaba medio abierta e intentó muchas veces cerrarla a la fuerza, y el pobre joven, desde adentro y en una posición por demás incómoda hacia fuerza para que esto no sucediera. Después de muchos intentos, el señor, cesó sus golpes, y los amigos reemprendieron la marcha. El enamorado continuaba en el maletero.
Por fin, en la plaza del pueblo, el galán pudo salir de su escondite y encontrarse por breves momentos con su novia La felicidad no duró mucho, ambos se dieron cuanta de que el padre de la chica, pasaba por el lugar. Así que la joven se escondió, y nuestro protagonista se quedó como una estatua esperando lo peor.
-Y usted que hace aquí, lo interrogo el “suegro”
-Muy nervioso, atinó a decir: “vengo por unas matas para el liceo.
-Muy bien, yo lo acompaño, aquí mismo está el vivero.
El amigo, se desternillaba de la risa, al ver a su compañero de aventura, paradito, seriecito y con tres arbolitos, lindos y verdecitos, abrazados a su cuerpo.
El padre de la novia, se encargó de montarlo en una buseta, rumbo a bien lejos de su hija.
Por allá en Tovar, los amigos se reencontraron y emprendieron el trastocado viaje de regreso a Mérida.Se podría decir que el joven de nuestra historia fue por besos y salió con pinos y el uniforme muy sucio, pero el amor es así, todo lo puede, aunque duela.
Son recuerdos de juventud que por entrañables, quedan grabados en la memoria para siempre: un viaje por amor en el maletero de un carro.
CC-AE


