Crónica desde el Ávila: 80 años del aeropuerto Alberto Carnevali de Mérida

Por: Cardenal Baltazar Porras Cardozo…

El 20 de octubre de 1946 se cumplen ochenta años de haber iniciado vuelos comerciales del aeropuerto de Mérida, -la pista, entonces de tierra-, bautizado años más tarde como Aeropuerto Alberto Carnevali. Su historia ha estado signada por la gloria y el rechazo de propios y extraños. Como las lagunas de las montañas andinas son más las leyendas y los cuentos de caminos de sus defensores y sobre todo de sus detractores. Mi testimonio no tiene otro valor que el de haber sido protagonista de la polémica suscitada con motivo del primer viaje del Papa Juan Pablo II a Venezuela que tuvo en Mérida uno de los lugares que visitó en enero de 1985.

La ciudad de Mérida ha tenido y tiene necesidad de un aeropuerto. Situada en medio del cañón del río Chama, las intensas lluvias y los deslizamientos frecuentes en las vías terrestres pueden dejar incomunicada a sus habitantes, como de hecho ha sido en varias ocasiones, poniendo en riesgo tanto el abastecimiento como la urgencia de trasladar a otros destinos a personas en estado crítico de salud o atender a emergencias como las que se presentaron en ocasión de disturbios en la ciudad.

Los accidentes aéreos en torno a Mérida no se deben a las condiciones del aeropuerto sino a fallos humanos y a la falta de una política aeronáutica adecuada. No es una excepción que existan aeródromos en ciudades entre montañas en condiciones parecidas y hasta peores que la de nuestra urbe merideña. Tampoco el que la nubosidad, los vientos o la inclinación y corta pista (1650mts) o tantos otros contratiempos, como la cercanía de estaciones de gasolina, sea motivo para descartarlo. En América Latina, para no ir a otras latitudes existen aeropuertos en condiciones similares o con mayores riesgos que la Mérida serrana, con tráfico permanente, en el que como en toda obra humana hace falta equipos adecuados, pericia y entrenamiento de sus pilotos y el dotar de los modernos sistemas de acercamiento que lamentablemente no los tiene Mérida. Países con menores recursos, pero con mayor previsión para bien de la ciudadanía los hay por doquier.

Cuando se estaba por definir los lugares a donde el Papa polaco visitaría en su gira apostólica de 1985, surgieron dudas sobre la conveniencia o no de que se incluyera a la capital serrana en la agenda papal. Varias ciudades se disputaban ser sede y argumentaron, entre otras, la peligrosidad de aterrizar en el Alberto Carnevali. Los estudios que llevaron a cabo las comisiones tanto del gobierno, como de los militares y la excelente asesoría de la comisión de la Iglesia que me tocó presidir, levantaron un informe que tiene todavía hoy día vigencia. Lo cierto es que el cielo despejado y las condiciones de aquel memorable 28 de enero echaron por tierra todas las cábalas y pueden ser vistas en las grabaciones que año tras año celebran la presencia del santo polaco a la tierra andina.

Las limitaciones y las exigencias técnicas son necesarias y la reducción al tipo de aviones que pueden entrar y salir de él están más que estudiadas. Los capitanes de los grandes aviones al igual que los más novatos tienen en sus manos tanto los manuales como el permanente entrenamiento en los simuladores que hacen los profesionales aéreos. Mérida no merece seguir castigada con un aeródromo vacío que solo sirve para unos pocos privilegiados.

Nos consta que la medida de cerrar el aeropuerto Alberto Carnevali respondió a una medida unilateral, basada en el poder político de un dirigente de la región que había perdido a varios familiares en el avión de Santa Bárbara que se estrelló en la cordillera. Mérida llegó a tener un número considerable de vuelos diarios que servían a las necesidades de empresarios, la Universidad, el turismo y los habitantes de la región. Se comenzaron a tejer comentarios sobre el futuro del campo aéreo. Se llegó a hablar de utilizar su espacio para desarrollos urbanísticos y otros proyectos absurdos que respondían a intereses poco claros. El descuido de la pista y de las obras de Cruz Diez son la mejor prueba de la desidia y abandono del pulmón que debe servir a las múltiples necesidades que tiene una comunidad viva que se ha visto reducida por políticas erradas. En varias ocasiones se oyó hablar de posibles líneas aéreas interesadas en abrir operaciones aéreas…

Recordar los 80 años de la apertura del aeropuerto merideño no puede ser el recuerdo nostálgico de lo que fue y no puede ser. Es necesario que toda la comunidad merideña sin distingos levante su voz para que la sensatez de los responsables de su reapertura den pasos firmes y prontos, pues no hacen falta estudios preliminares que se lleven meses cuando hay caminos posibles y reales para que los merideños y las comunidades de influencia puedan gozar de contar con vuelos a diversos destinos del país, ,con equipos de menor calado, con precios más razonables que permitan ir y venir en tiempos menores que los que actualmente existen. Esto no exige que el aeropuerto de El Vigía deje de funcionar. Al contario, su funcionamiento sirve a toda la zona de influencia surlaguense con vuelos que lleven a otros destinos que al menos inicialmente no podrían salir de la ciudad de los Caballeros.

Que nuestra queja no quede en una prédica en el desierto. Hay que seguir insistiendo con mil razones válidas para que no se mantenga “castigada” a la comunidad andina.

58-26 (5438) 15-10-26