Crónica desde el Ávila: Inculturar el mensaje cristiano

Por: Cardenal Baltazar Porras Cardozo…

En tiempos turbios como los que nos toca vivir por la complejidad de los problemas y la falta de seguridad, tenemos el peligro de huir, bien sea para encerrarnos en nuestras seguridades, o en espiritualizarlo todo, refugiándonos en prácticas religiosas o en ghetos que ofrezcan el cielo en la otra vida ya que ahora no nos queda más que padecer. La vida auténtica cristiana es otra cosa. Jesús no huyó de la realidad, tampoco se enfrentó con tumultos o salidas violentas; tuvo la osadía de estar cerca de los necesitados y ofrecer su mano sanadora que se convirtió en una denuncia silente para las autoridades que buscaron quitarlo de en medio. Hoy se requiere fidelidad al mensaje del evangelio y creatividad para superar las desigualdades y opresiones del poder. Esto se hace presente en los muchos que en estos años sufren torturas, destierros y hasta la muerte por mantenerse fieles a Jesús.

En el credo confesamos la catolicidad de la Iglesia, es decir, su universalidad. ¿Cómo hacer llegar el mensaje a personas que viven en contextos culturales muy distintos, en épocas diversas, en visiones variadas y contradictorias con los valores que mueven la fe creyente?. Es la necesaria reformulación de la fe que sin perder nada de lo esencial la exprese en odres nuevos para que pueda ser comprendida adecuadamente, asimilada y vivida en contextos y épocas diversas. La situación se complica porque estamos sin asimilarlo del todo en la nueva época que vivimos. Lo que antes tenía una respuesta adecuada hoy no ayuda. Los parámetros culturales de los jóvenes no son los mismos de los de sus progenitores. El discernimiento, la creatividad para dar en el clavo exige estar atentos para descubrir la manera de profundizar y explicitar la fe recibida.

Es real que nos encontramos con gente con muy buenos criterios en el desempeño de su oficio o profesión que se profesan sinceramente creyentes, pero no saben relacionar, entrelazar su vida ordinaria con la fe. ¿Cómo vivir la justicia en un mundo injusto, cómo poner en primer lugar la fe o la ideología, cómo ser católico y a la vez partidario de una asociación civil o política, o de un grupo que primerea su interés por encima de cualquier otra connotación? El tema no es nuevo. Los primeros cristianos no tuvieron más remedio que echar mano de su mundo cultural de referencia, bien sea el judío o el helenista para comprender a cabalidad el mensaje evangélico. Fue la lucha que sostuvo el apóstol Pablo al predicar al mundo pagano para no hipotecar la fe a una sola cultura, ni siquiera a la suya propia. Fracasó en Atenas cuando quiso congraciarse con el panteón politeísta y no encontró el enganche necesario para que sus interlocutores quisieran oírlo. De tal modo que no nos debe desanimar toparnos con problemas que se nos antojan insuperables.

Así como el marketing empresarial cuida con esmero el buen posicionamiento de los productos de una marca, el éxito está cuando el mensaje emitido llega, es comprendido y tenido en cuenta por el receptor. Esto no se logra individualmente. La insistencia en la sinodalidad como camino para la mejor expresión de la fe cristiana exige caminar juntos, es la dinámica de la comunión. Es decir, dar y recibir, concertar ya que nadie es dueño absoluto de la verdad. Cuando se le planteó al Papa Francisco la conveniencia de convocar a un nuevo concilio respondió que lo que hacía falta era recibir y aplicar lo que está pendiente de aquel magno evento. No se trata sin más de decir se acepta, es necesario buscar el consenso y esto es un proceso complejo porque no se trata de “admitir” unas verdades sino de aceptarlas con el “corazón”. En el discurso inicial del Vaticano II, el Papa Juan XXIII insistió en que una cosa es el depósito de la fe y otra su expresión. Planteó el “aggiornamento”, dar respuesta desde las exigencias de la cultura actual, tal como lo ha hecho la Iglesia a lo largo de los siglos.

“La fe cristiana es esencialmente un acto de recepción de lo que es trasmitido. La Iglesia se constituye en este acto de intercambio: el don de Dios y su acogida; el anuncio de la Palabra y la respuesta a este anuncio. Solo con esta profundidad podemos comprender en su plenitud lo que es la recepción en el régimen cristiano. Los otros hechos de recepción participan de este hecho paradigmático de recepción, mucho más amplio y fundamental” (G. Routhier, Vatican II, Hermenéutique et réception, p.64).

Es la disyuntiva que se nos presente en la realidad que vivimos. Con quién estamos, con Trump o con quienes nos gobiernan. Esta disyuntiva es falsa. No son mis apetencias o sensibilidades sino preguntarnos dónde está el bien común, dónde buscar solución para encontrar la paz y la igualdad. Es la tarea permanente para dar razón de muestra fe.

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