Por: Cardenal Baltazar Porras Cardozo…
La cultura del éxito y el triunfo se “vende” a través de la publicidad y de las ofertas de los poderosos como el camino seguro para disfrutar la vida. Los fracasos y las frustraciones quedan para los que no saben vivir los tiempos actuales. No existe sino el presente, fugaz y huidizo y solo se “amarra” con experiencias fuertes. Pero la vida real está llena de luces y sombras, de risas y llantos, de logros y metas no alcanzadas.
Si esto lo aplicamos a la vida personal y a las oportunidades y fragilidades que nos hacen sentir que no somos omnipotentes sino débiles; es la ocasión de mirar hacia otro lado. Vivimos en un mundo de contradicciones, soñamos con la paz y las guerras, los abusos, el miedo, la represión, el engaño, la tortura…, en fin, nos rodea el irrespeto a la dignidad de la persona y nos sume en depresiones y deseos de no vivir.
En la Biblia, ese libro admirado pero desconocido, porque en un vaivén de la vida a la trascendencia, siguiendo las huellas de la vida cotidiana nos abre los ojos para que nos convenzamos “que no nos han expulsado de ningún paraíso. Nuestra condición es la de las afueras, y en las afueras la vida es difícil”.
¿En qué o en quién ponemos nuestra confianza? El libro de la Sabiduría afirma que es temerario confiar en invocar a Dios y creer que la travesía está asegurada 8cf. Sab. 14, 1-4). Soñamos con ser autosuficientes, valernos por nosotros mismos sin más, inasequibles al desaliento, pero nuestra condición frágil está expuesta a todo tipo de penalidades. Hasta el buen humor tiene efectos saludables porque nos ayuda a tomar conciencia de que muchas veces nos frustramos, y a veces, con una sonrisa melodramática nos preguntamos ¡cómo me ha podido pasar esto a mi?
Uno de los libros más cortos y enigmáticos del Antiguo Testamento es el del profeta Jonás. Es. Casi una historieta en la que la ficción se convierte en una parábola muy didáctica que nos enseña que el hombre propone, pero Dios dispone. Que nuestras creencias o afirmaciones muchas veces son erróneas. Que Dios es misericordioso con todos sin excepción y no solo con los que yo considero buenos.
Jonás recibe el mandato de Señor de dirigirse a Nínive, la personificación de la maldad y de la prevaricación. Jonás se puso en marcha, pero en dirección contraria. Tomó la decisión de dirigirse a Tarsis, ciudad de fama divertida y opulenta, donde estaba convencido que le iría mejor predicar allí y no en Nínive. Como buen rebelde le quiere enmendar la plana al Señor. Es lo que muchas veces pensamos y hacemos los humanos y los creyentes de todos los tiempos. Las leyes de la propaganda y las ideologías nos seducen con poder de sugestión más claras y atrayentes que las llamadas del espíritu.
Se le ocurrió al buen Jonás, porque no podemos pensar que fuera mala gente, huir lejos del Señor, montarse en una barca para ir a Tarsis. Pero la tormenta puso en apuros a toda la tripulación y le echaron la culpa a Jonás por lo que decidieron echarlo al mar, con la buena o mala suerte que se lo tragó una ballena en la que estuvo varios días. Se acordó entonces en reza para que el Señor lo salvara y le diera ocasión de darle gracias y ofrecerle un buen sacrificio.
La Biblia está plagada de ejemplos de antepasados “tragados por ballenas”, bajo las imágenes de contratiempos, persecuciones, calamidades, contradicciones y fracasos: Sara, Rebeca, Raquel y Ana conocieron la humillación de la esterilidad. Moisés, sacó a los judíos de la esclavitud de Egipto pero no pudo entrar en la tierra prometida. Oseas, engañado por su mujer fue tildado de loco. Pablo le habló a los atenienses y preparó un buen discurso pero sus oyentes se burlaron de él… los ejemplos de la Biblia son numerosos…
En este aprieto Jonás recurrió a la oración. Es lo que muchas ves hacemos cuanto tenemos el agua al cuello. Jonás se enfadó con Dios porque de nada le sirvió lo que había aprendido sabiendo que la oración le daba seguridad, y ahora, todo se le ha venido abajo. La pregunta y el reclamo del profeta se queda sin respuesta y Jonás deja a Dios con la palabra en la boca, sin ocultar su enfado y reconocer en su huida la de otros fugitivos, como el hijo menor de la parábola. También nosotros escapamos, nos alejamos de Dios dando mil explicaciones para justificarnos.
Pero el desastre de Jonás lo lleva a lo increíble. El Señor no le reprocha ni le reclama nada, simplemente le dice que a pesar de todo vaya a Nínive a cumplir con lo que le había mandado desde el principio. No podemos defendernos de un amor que no necesita razones, convéncete de que vuelves a ser llamado, aunque hayas huido. Por eso es falso cuando nosotros decimos que perdonamos, pero no olvidamos. La misericordia es eso, hacer propio sin reclamos la exigencia del amor sincero.
Jonás reflexionó, se sentó a esperar bajo la sombra de una mata de ricino. Fue una decisión sana. Terapéutica, tomar distancia, cicatrizar heridas y amainar las preguntas hirientes. En el relato de este librito también Dios permanece paciente a la espera de desarmar al profeta. ¿Lo consiguió en Jonás? El relato queda en suspenso, ya que Dios espera nuestro consentimiento para abrirse paso a través de las grietas abiertas de nuestras heridas.
Releer el libro de Jonás con pausa y en silencio, solo o en comunidad, es un buen bálsamo en los tiempos que corren en los que buscamos entre las brumas la respuesta que anhelamos: vivir en paz consigo mismo y con el entorno donde vivimos.
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