Por: Cardenal Baltazar Porras Cardozo…
La santidad es un don y un camino, palabras del Papa Francisco. Su sucesor León XIV toca este tema con frecuencia: Todos los creyentes están llamados a la santidad porque no es un privilegio para unos pocos. Tampoco es algo reservado a una élites, sino a todo el pueblo de Dios. No solo es un compromiso ético sino esencia de la vida cristiana fruto de la confesión a Cristo hasta la sangre como siempre ha sucedido y sigue sucediendo hoy.
Las canonizaciones de José Gregorio Hernández y Madre Carmen Rendiles despertaron en su momento un interés en Venezuela para promover numerosas causas pendientes y abrir otras nuevas. Sin embargo, tengo la impresión de que ese interés está adormecido pues no tiene la centralidad ni la prioridad en la acción pastoral, debido en parte a los problemas acuciantes que a diario vivimos en el país. Sin embargo, el verdadero motor de la acción evangelizadora debe tener este sello y una de las mejores maneras de que así sea es promoviendo el testimonio de la vida, obra y milagros de los que hicieron de Venezuela el centro de sus actividades y proyectos, bien sea porque nacieron o se hicieron uno de nosotros.
Una exigencia de la santidad es que sea reconocida por la comunidad creyente. No basta ser santo hay que “hacer” los santos con la promoción contagiosa de sus vidas para que sigamos sus huellas. Es una tarea pendiente pues dejamos pasar el tiempo y el recuerdo vivo de quienes los trataron desaparecen con el tiempo si no recojemos los datos que testimonien el reconocimiento del cultivo de las virtudes heroicas de quienes hicieron tienda entre nosotros.
Las dos beatas, Madre María de San José, agustina, y Madre María de Candelaria, carmelita, están a la espera de un posible milagro que solo se da cuando acudimos a su intercesión por alguna necesidad sentida que lleva a descubrir la presencia misteriosa pero real de la gracia divina concediendo ese regalo de una mejor vida para bien propio y ejemplo para quienes lo rodean.
Al menos una veintena de causas están abiertas y otras tantas pudieran estarlo pero hay que moverse. Una de las exigencias del dicasterio de los santos que avala el que se introduzcan causas de canonización es que responden a la devoción de la gente que los convierten en auténticos mensajeros del Evangelio, cultores de la fe y servidores de la comunidad a través de la acción social.
Cuando se deja pasar el tiempo, las causas se convierten en “históricas”, o sea, pasa el tiempo, más de un cuarto de siglo después de la muerte del testigo de la fe, lo que indica una cierta tibieza en la comunidad para reconocer y promover sus virtudes.
Me referiré a tres que estimo en estos momentos podrían estar en fase romana para incentivar en los creyentes venezolanos el valor del testimonio que mueve montañas para que seamos seguidores intrépidos de las virtudes de nuestros mayores. En este mes de septiembre se cumplieron los 80 años de la masacre de la Farneta, la Cartuja de Lucca (Italia) donde fueron acribillados por las tropas nazifascistas un grupo de monjes, junto a un grupo de laicos, por el fanatismo inhumano de aquellos representantes del mal y el desprecio de la vida humana. Uno de esos monjes, era un venezolano, Salvador Montes de Oca/Fray Bernardo María, luminaria de hombre entregado por vocación a la defensa de la vida. En Lucca se celebraron con profundo interés actos que piden a gritos la beatificación de todos ellos. Entre nosotros pasó sin mayor pena ni gloria. Y estaríamos ante el primer mártir venezolano.
El segundo, el siervo de Dios Miguel Antonio Salas, arzobispo de Mérida, quien llevó el nombre del arcángel Miguel por haber nacido hace 116 años en esa fecha. El proceso diocesano parece estancado, habiendo en ciernes un posible milagro del cual recibimos en días pasados el reclamo de fieles de Guasdualito preguntando por el estado de dicha causa. Si se deja pasar más tiempo, el próximo año se cumplirán 25 años de su fallecimiento y pasará a ser causa histórica con exigencias nuevas que retrasará más la causa.
El tercero, el siervo de Dios Cesareo Gil Atrio, su causa diocesana se ha cerrado y se acaba de consignar en Roma toda la documentación para dar paso a la etapa romana. Dios quiera que así sea, como indicativo de hombres que nacidos fuera de nuestras fronteras hicieron toda su vida al servicio de los nuestros. Reconocemos la santidad sin distingos.
Debemos hacer nuestras las exigencias del Papa León XIV cuando nos dice: “la santidad que va más allá de la mera adhesión a unas orientaciones morales, ya que la santidad, se podría decir, constituye el ADN del ser cristiano: “La santidad no tiene solo una naturaleza práctica, como si se redujera a un compromiso ético, por grande que sea, sino que contribuyen a la plena conformación a Cristo, “modelo y medida de la santidad”.
En nuestras manos está que las causas existentes y las que puedan aparecer próximamente sean vistos como caminos de santidad por nosotros. Los primeros responsables, los obispos, superiores mayores y responsables de movimientos eclesiales o sociales, con el empuje de los bautizados de a pie que claman por tener ejemplos cercanos de entrega, necesarios en el clima de incertidumbre que padece nuestra patria y requiere de hombres y mujeres con el coraje, la disposición y la alegría de ser hijos de Dios que abren horizontes de esperanza y trascendencia a nuestro pueblo.
56-26 (5456) 28-9-26


