Por: Cardenal Baltazar Porras Cardozo…
A la tragedia telúrica se une la incertidumbre que vive el país y de manera más dramática la población afectada en el litoral central, Caracas y poblaciones de Miranda, Aragua, Carabobo y Falcón. Desde el exterior donde nos encontramos el cardenal Diego Padrón y quien firma esta crónica compartimos con dolor el sufrimiento de nuestros hermanos. La lejanía física no es óbice para estar pendientes y en contacto con quienes nos contactan buscando una palabra de esperanza y serenidad. Es una tarea que nos une en la seguridad de que si bien no tenemos oro ni plata, sí tenemos la fe que nos viene de la vocación cristiana y nos abre a estar cerca del que sufre pero no como un ser superior sino como el samaritano, sin averiguar nada se detuvo y cargó con el que estaba en la cuneta. Es el ejemplo que hemos visto en tanta gente entregada por completo a ayudar. Esto contrasta con la indiferencia, las trabas y el poner al descubierto que estamos en la presencia evidente de algo que quedó cubierto por el velo de la propaganda y no por la solución real de la vida de tantos que quedaron seducidos por respuestas que condujeron a la muerte y la soledad a muchas personas inocentes.
En España donde nos encontramos, la generosidad de la gente, no solo quienes tienen o han tenido relación directa con nuestro país han dado ejemplo de entrega, no solo de lo material, sino sobre todo de las capacidades que se vuelcan por el rescate de la vida y por la mejora de la situación crítica sobre todo de La Guaira. Las instituciones de la Iglesia española están desplegadas en todas las diócesis.
Como creyentes, la oración se hace presente en medio de otras iniciativas en las misas y encuentros que estamos teniendo en estos días. Desde la colonia a las costas venezolanas llegaron familias, hombres y mujeres que buscaron una vida mejor entre nosotros. De ellos hay testimonios de trabajo, de incorporación a nuestra cultura, de expresiones de fe y religiosidad que perduran. El litoral ha sido tierra de virtud y de entrega cristiana. A ellos nos encomendamos en estos momentos de dolor.
Poco conocido es que un jesuita famoso, hoy venerable pues está andando su causa de beatificación con visos de encontrar pronto un milagro que lleve a la ceremonia de reconocimiento de parte de la autoridad vaticana. Recibimos esta esquela:
“La Guaira, uno de los estados de Venezuela, más golpeados por el terremoto, es la región donde nació el Venerable P. Tomás Morales sj. A él encomendamos todo el pueblo venezolano”. Una familia procedente de la isla de La Palma en las islas Canarias se trasladó a Venezuela a finales del siglo XIX y se estableció en Macuto donde permanecieron hasta 1909. Sus padres, D. Antonio Manuel Morales Arzol y Doña Josefa Francisca Pérez Díaz, procrearon en Venezuela a Álvaro, Ros, Aída, Antonina, Josefina, Olga, Álvaron Antonio y Tomás quien fue bautizado y confirmado en la Basílica de Santa Ana el 18 de abril de 1909. O sea, a los pies de la veneranda imagen del Nazareno de San Pablo. Otros dos hermanos nacieron en España: Catalina y Margarita.
Es probable que el cambio político de Cipriano Castro a Juan Vicente Gómez haya llevado a sus padres a regresar a España, esta vez a Madrid a donde llegó el niño Tomás con muy pocos años, pero siempre mostró su afecto a la tierra donde había nacido. Así lo atestiguan diversos testimonios de quienes lo conocieron y trataron. Estudió en el en el Colegio Alemán de Madrid donde disfrutó de una esmerda educación humana y espiritual.
El 19 de marzo de 1917 con apenas ocho años recibió la primera comunión en la Parroquia del Buen Suceso en la Calle Princesa de Madrid donde vivían sus padres, Ese mismo año ingresó al Colegio Nuestra Señora del Recuerdo, Colegio de los Jesuitas en Chamartín. En 1924 cursó estudios de derecho en la Universidad Central de Madrid destacándose como miembro de los estudiantes católicos de los que más tarde fue su presidente. Concluyó la licenciatura con premio extraordinario y en 1932 obtuvo la beca para continuar estudios en el Colegio San Clemente de los Españoles en Bolonia donde obtuvo el título de doctor en derecho en la universidad Alma Mater de Bolonia (Italia).
Un impulso irresistible lo llevó a dejar estudios y futuro promisor. Decide no volver a España e inicia su noviciado en la Compañía de Jesús en Chevetogne, Bélgica. Regresó a España en 1939, finalizada la guerra civil española para comenzar los estudios de Teología en el Collegium Maximum de la Compañía de Jesús en Granada donde recibió la ordenación sacerdotal el 13 de mayo de 1942 de manos del Arzobispo Agustín Parrado.
Con la experiencia acumulada en estos años enriqueció su personalidad humana, su sensibilidad espiritual y su inclinación al servicio de los más pobres. Su identidad sacerdotal, unió su entrega ministerial con un profundo amor a la Virgen María y a emprender las obras que le han dado continuidad a su carisma. Sus primeros pasos en la Compañía, primero en Badajoz en el colegio San José de Villafranc de los Barros. Participó en los campamentos de jóvenes en Gredos y Guadarrama, y la última probación en Gandía y Salamanca entre 1945. El 2 de febrero de 1947 emitió los últimos votos perpetuos quedando vinculado definitivamente a la Compañía de Jesús.
Su legado principal la creación del Instituto Secular Cruzados de Santa María, el Instituto Secular de Cruzadas de Santa María, el Movimiento Apostólico de jóvenes milicia de Santa María y la Asociación pública de fieles Hogares de Santa María. Madrid se convirtió en el centro de su apostolado y en sendos libros queda constancia de su espiritualidad trasmitida a sus hijos bajo el sello de los ejercicios espirituales de San Ignacio.
Falleció el 1 de octubre de 1994 en Alcalá de Henares. Sus restos fueron trasladados a la casa matriz de su orden el 5 de noviembre de 2002. La apertura de su Causa de Beatificación y Canonización tuvo lugar el 24 de junio de 2000 en la archidiócesis de Madrid, se lo nombró siervo de Dios El 26 de junio de 2007 se abrió el proceso en Roma en el Dicasterio para las Causas de los Santos. Las etapas siguientes se desarrollaron allí. El 8 de noviembre de 2017 se firmó el decreto por lo que se reconocían sus virtudes heroicas, siendo nombrado Venerable a la espera del milagro que lo eleve a los altares.
Quien no renunció a su origen, añoró Macuto al que no volvió sea hoy intercesor y pidámosle que así como sembró la fe con gran sentido de servicio al prójimo, acompañe al sufrido pueblo del litoral guaireño y de toda Venezuela.
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