Por: Cardenal Baltazar Porras Cardozo…
El acercamiento de la América Hispana al Vaticano tuvo que esperar más de tres siglos, pues el patronato regio indiano desde los Reyes Católicos convirtió desde Isabel de Castilla y Fernando de Aragón en los “patronos” de la iglesia en el nuevo continente. La relación de las nacientes iglesias con sus respectivos obispos y/o superiores religiosos se hacía a través de Madrid, del Consejo de Indias, y no directamente con la Santa Sede. La nunciatura en Madrid sirvió de gozne para tramitar los asuntos americanos entre la Curia romana y las autoridades reales.
Cuando se convocó el Concilio ecuménico en Trento (1545-1563) en el que debían participar todos los obispos del mundo, ninguno de los pocos que se habían creado en América pudieron asistir, aunque algunos lo solicitaron a Madrid. El Rey nombre “procuradores” de dichos obispos a teólogos y canonistas españoles que los representaran. Así llegamos hasta la gesta independentista en el siglo XIX. El último nombramiento con el placet regio en América recayó en el sacerdote panameño formado en la Nueva Granada, Rafael Lasso de la Vega, ferviente seguidor del rey al que prestó juramento de fidelidad como nuevo obispo de Mérida de Maracaibo (1815-1828).
La extensa diócesis abarcaba buena parte del occidente venezolano y del oriente colombiano, en cuyo espacio había regiones fieles a la corona, y otras abiertamente a favor de la independencia. Una diócesis “irregular y anfibia” que le conquistó el corazón por su amor y cercanía con los habitantes de todos sus parajes. Pretendió uniformar en el seguimiento a la causa imperial a todos sus fieles en fidelidad al juramento que pronunció cuando recibió la ordenación episcopal. Fue un pastor de armas tomar, con olor a oveja, pues en medio de pueblos enfrentados por la guerra, realizó cinco visitas pastorales a su diócesis. Se connaturalizó con la fe sencilla de la gente, necesitada del auxilio espiritual y del servicio caritativo. Pudo más las exigencias de la realidad que llevaron a cambiar de realista a patriota, asunto que lo asumió no de forma acomodaticia sino por razones de peso que expresó en varias de sus cartas pastorales.
La conducta del rey Fernando VII, quien para mantenerse en el poder admitió pactar con los liberales y aceptar que el poder viene del pueblo, lo que dejaba sin efecto el juramento hecho de fidelidad al rey porque su poder venía de lo alto. El encuentro sostenido con el Libertador Simón Bolívar en Trujillo (1821) lo convirtieron en el paladín para dirigirse directamente a los Papas Pío VII, León XII y Pío VIII para plantear la situación de orfandad de la Iglesia y la falta de prelados. Sus planteamientos fueron considerados como dignas de un Crisóstomo por la contundencia y reciedumbre de sus argumentos.
Quedaba el escollo político y diplomático, cómo nombrar obispos sin pasar por la aprobación de Madrid dado que todavía no se había reconocido oficialmente la independencia de los nuevos estados americanos. El ministro plenipotenciario en Roma de Fernando VII era el hábil y ducho diplomático Antonio Vargas Laguna. No menos preparado fue también el ministro plenipotenciario de Colombia ante la Santa Sede, Ignacio Sánchez de Tejada.
El primer nombramiento episcopal para América sin pasar por los controles de Madrid fue producto de la solicitud del obispo Lasso de la Vega al Papa Pío VII, el 31 de julio de 1823 en el que presentaba la terna para auxiliar de Mérida conformada por los presbíteros Juan Marimón y Enríquez, Buenaventura Arias y Ramón Ignacio Méndez, recayendo en el sacerdote en el segundo, nativo de Mérida, la designación. Como los asuntos de Roma andan despacio y las comunicaciones de la época eran marítimas sorteando contratiempos, para finales de 1825, el Vaticano expidió las bulas correspondientes, tomando posesión canónica el 20 de noviembre de 1825 en presencia de Mons. Rafael Lasso de la Vega. La ordenación tardó un año, recibida las bulas y cumplidos los requisitos ante el gobierno de Colombia, hasta octubre de 1826 de manos del prelado merideño. Para obviar dificultades con el gobierno de Madrid, le fue conferido el título de “obispo de Jericó in partibus infidelium”, como quien dice que su “sede” estaba fuera del territorio americano.
Se cumplen, pues, dos siglos de un hecho trascendente en el que queda claro la autoridad autónoma de la Santa Sede para los nombramientos episcopales. Se iniciará otra época en la que la voracidad de los nuevos estados americanos, rompen con la Corona española, pero se hacen “dueños y herederos” del patronato regio dando pie a otro capítulo no exento de espinas. Ahondar en este bicentenario es tarea que nos permite hacer memoria y sacar luces para el presente.
66-25 (4785) 27-10-25



