Por: Cardenal Baltazar Porras Cardozo…
Las canonizaciones previstas desde el año pasado, antes del inicio del año santo jubilar 2025 de la esperanza, tuvieron en la intuición del Papa Francisco, un significado particular. No puede extrañarnos que un papa eleve a los altares a un beato, porque desde Juan Pablo II hasta nuestros días han sido numerosas las beatificaciones que desde el Papa Benedicto XVI han sido delegadas a algún cardenal para que realice la ceremonia en el lugar donde vivió o murió el candidato. Las canonizaciones reservadas al Sumo Pontífice quien normalmente preside estas celebraciones en el Vaticano, aunque en algunos de los viajes apostólicos han sido presididas en el país del candidato.
La originalidad de las canonizaciones de septiembre y octubre de 2025 las observamos en primer lugar, en que todos son cercanos en el tiempo a las generaciones actuales. En segundo lugar, con excepción del obispo armenio, todos son bautizados sin cargos o responsabilidades principales en la institución eclesial. Son gente de a pie, de la vida cotidiana, bautizados, que se santificaron, mejor fueron ejemplos de vida cristiana en el desempeño de su oficio o profesión por humilde que parezca. Esto debe llamarnos a descubrir que en el laicado hay de verdad santos de altar, dignos de ser puestos como luminarias para los tiempos modernos.
Veamos; dos jóvenes, Pier Giorgio Frassati y Carlos Acutis, Pier Giorgio vivió apenas 24 años a causa de una poliomielitis (1901-1925), sintió desde muy pequeño sensibilidad por los pobres a los que atendió de mil maneras. Deportista y alpinista. Brindar consuelo y felicidad a los que sufren, a los hambrientos y sedientos de misericordia lo llevó a desarrollar iniciativas que lo han convertido en atractivo popular en Italia a quien Juan Pablo II lo llamó el hombre de las bienaventuranzas. Acutis, por su parte, con solo 15 años (1991-2006), desde Asís con el manejo de la tecnología digital es conocido como el influencer de Dios y el primer santo millennial, es decir, que representa a la juventud que nacida en la última década del siglo XX hasta hoy desde que vieron la luz de la vida tenían ya en sus brazos la tecnología digital. Su profunda fe y su amor a la eucaristía lo llevó a través de internet a difundir la religión católica. La leucemia se lo llevó a la casa del Padre convirtiendo su tumba en Asís en lugar de peregrinación.
Ignacio Maloyan (1869-1915), obispo y mártir nacido bajo el imperio otomano, fue perseguido y asesinado durante el genocidio armenio durante la primera guerra mundial en 1915. Uno entre los miles de su raza que fueron exterminados, diezmados por el odio ancestral en aquellas tierras, su canonización representa el testimonio que los creyentes y habitantes de hoy debemos admirar con espíritu de misericordia para trabajar por el respeto a la vida y el rechazo a toda forma inhumana de persecución violenta.
En las antípodas de nosotros, en Papúa Nueva Guinea, será exaltado a los altares un laico catequista, casado y con tres hijos Peter To Rot (1912-1945); por ejercer y vivir la fe en su aldea, durante la segunda guerra mundial y bajo la invasión japonesa que le prohibió ejercer sus labores pastorales, fue asesinado por los invasores. Las barbaridades de toda guerra y el desprecio a la religión católica lo convierten hoy en un ejemplo para la paz, la fraternidad y el respeto a las diversas creencias religiosas existentes en los pueblos del mundo. Claro mensaje ante el fanatismo absurdo y genocida que se está difundiendo en varias partes del planeta.
Otro santo muy particular que será elevado a los altares el 19 de octubre 2025 es Bartolo Longo (1841-1926); nació, vivió y murió en su tierra napolitana. Infancia con formación religiosa, las vicisitudes políticas lo llevaron a alejarse de la fe, abogado, casado y converso promotor de centros educativos y de acogida para los pobres. En la devoción al Rosario encontró la fuerza para testimoniar de manera ejemplar la fe recuperada. Se convirtió en el pionero y constructor del Santuario de la Virgen del Rosario de Pompeya, terminado después de su muerte. Otro testigo de las vicisitudes y contrariedades de la vida cotidiana en la que también es posible encontrar el camino de la trascendencia y la siembra del bien, la caridad y la misericordia.
Tres de los nuevos santos están ligados a América Latina. María Troncatti (1883-1969), nativa de Brescia, Italia pero fue en Ecuador donde vivió a plenitud su vocación misionera. Profesó en el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora. Enfermera con experiencia durante la primera guerra mundial en su tierra natal. En 1925 fue enviada a Ecuador. Acompañó al obispo misionero Mons. Comin a incursionar en la selva amazónica donde trabajó en el sureste ecuatoriano entre los indios Shuar. Combinó sus conocimientos de enfermería con la labor catequizadora entre los indígenas, dedicándose al campo de la salud y la educación donde pasó el resto de su vida entregada por completo a la misión que le había sido confiada. Murió en un accidente aéreo en 1969 y sus restos reposan en Macas cerca de sus queridos indígenas ecuatorianos.
Quedan nuestros dos primeros santos venezolanos. La Madre Carmen Rendiles (1903-1977), su condición de haber nacido sin un brazo no fue obstáculo para la vocación a la vida religiosa que le atrajo desde joven. Sin embargo, no todo fue fácil. La constancia, paciencia y confianza en la Eucaristía le hizo superar los escollos. Fundó la congregación de Siervas de Jesús, dedicadas al culto eucarístico y a la promoción educativa de la juventud. Y qué decir de nuestro médico de los pobres José Gregorio Hernández (1864-1919) que no se haya dicho. Está metido hasta los tuétanos en el corazón de los venezolanos y de muchos otros a los que ha llegado el aliento de su vida. Es un santo que trasciende fronteras y de una actualidad que subyuga.
Que en el marco de este año santo jubilar las canonizaciones programadas sean un llamado a descubrir, a tener memoria viva de que la santidad está a nuestro lado y muchas veces no la vemos. No solo pueden ser santos los superhombres o los que han recibido el sacramento del orden o han ejercido cargos importantes en la sociedad. En la orilla de enfrente, en la sencillez de una vida normal, en el testimonio permanente de entrega al prójimo bajo el impulso de Jesús de Nazaret es una invitación formal para que, al caminar juntos, sinodal y colegialmente, lo realmente importante sea hacer de la vocación bautismal la razón de ser la esperanza del mundo abierto a la trascendencia, a la plenitud de vida integral, como el mejor obsequio que podemos y debemos dar a nuestros prójimos. Nos queda la tarea de seguir sus huellas y multiplicarlas al ciento por uno.
56-25. 07-10-25 (6787)



