Por: Cardenal Baltazar Porras Cardozo…
Adela Cortina, catedrática de ética y de filosofía política, en su ya larga producción sobre el análisis de las sociedades en esta época de cambios, nos ofrece desde la filosofía “reflexiones sobre la esencia, las propiedades, las causas y los efectos de las cosas naturales, especialmente sobre el hombre y el universo”. Esta disciplina nos da elementos claves para entender el desarrollo de la vida de los hombres y su entorno. Hizo grandes a los griegos y a la herencia grecoromana para dominar, conducir Y darle sello identitario a la cultura del mundo occidental. Por su parte, la ética como rama de la filosofía, “estudia la conducta humana, analizando lo que es correcto e incorrecto, bueno y malo”. Ambas disciplinas se complementan y nos pueden conducir por las sendas de la justicia, la igualdad y la libertad. No parece que la dirigencia política, económica y cultural del planeta la cultiva. El Papa León XIV con lenguaje dialogante y respetuoso, pero claro y valiente, insiste en que no es el poder ni las armas las que conducen a la paz.
Entresaco del texto de Adela algunas ideas que nos puedan servir a los que vivimos en la otra orilla del Atlántico. Por supuesto que ella escribió pensando en primer lugar en la Europa actual en la que está la península ibérica. Para no abusar de las comillas, sepan que son suyas la mayor parte de lo que sigue.
Lo que nos pasa -decía Ortega, es que no sabemos lo que nos pasa. Se dice que la nuestra es una sociedad cansada, desilusionada, acelerada, conformista y vivimos tiempos de incertidumbre. Desconocemos qué nos deparará el futuro, ignoramos hacia dónde dirigirnos en este mundo de posveracidad, desinformación y polarizaciones enconadas. Aseveración que no nos exime de estudiar y profundizar en las raíces que nos han traido hasta aquí. No basta quejarnos y denunciar. La creatividad pasa por hacer propuestas. La creatividad no es un lujo reservado a unos pocos, sino una facultad humana y, como tal, se atrofia si no se ejercita. Pareciera que en la Venezuela de hoy se piensa con el corazón y se toman medidas con una voluntad subyugada por el inmediatismo. A eso nos ha conducido el populismo alimentado con la restricción de la libertad con lo que las herramientas que ofrece la diversidad castra el ver el horizonte mejor. Razón tiene Ortega en que no sabemos bien lo que nos pasa.
¿Podemos construir un entorno más asequible, desde un diálogo abierto para que tenga capacidad de decidir hacia dónde queremos ir? No podemos, ni debemos, renunciar a las conquistas ya alcanzadas por nuestra sociedad en el pasado. Esas conquistas hay que fortalecerlas y prolongarlas. No podemos seguir creyéndonos que el pasado no sirve ni aporta nada, por lo que tenemos que estar comenzando a sembrar un futuro incierto y muchas veces falso. Es la prédica que sedujo a la mayor parte de la población a finales del siglo pasado. Hemos tenido que descender al abismo, ayudados ahora por los cataclismos naturales para corroborar que nos habían engañado y nos dejamos seducir.
Aceptemos que la comunidad política es un sistema equitativo de cooperación a lo largo del tiempo, desde una generación hacia las siguientes. No un campo de Agramante, ni siquiera un sistema de convivencia más o menos llevadero, más o menos injusto, sino un sistema de cooperación con el que todos deberíamos conseguir ventajas y por eso tiene sentido aceptar el pacto de colaborar. La justicia es la clave de ese contrato social que constituye nuestras sociedades democráticas y que resulta irrenunciable, porque fuera del pacto, a la intemperie, hace un frío insufrible, como el que narra la Nobel surcoreana Han Kang en su desgarradora novela Imposible decir adiós.
La democracia bajo sus distintas corrientes tiene como finalidad el compromiso de tratar a sus ciudadanos como “ciudadanos sociales”; es decir, debe proteger sus derechos civiles y políticos, pero también los económicos, sociales y culturales. El Estado está para aceptar la economía social de mercado y corregir desigualdades, promover la justicia y mantener servicios públicos de calidad, creando con ello cohesión social en el mejor sentido de la palabra. Este es el modo de generar entre la ciudadanía una amistad cívica: la que nace entre quienes comparten un proyecto común desde el pluralismo y desde profundas discrepancias en el modo de llevarlo a cabo. Lo que hemos vivido en estas tres últimas décadas, y se refuerza con las medidas unilaterales que toma el actual régimen es la negación de la pluralidad y la cooperación de quienes tienen algo que decir más allá de confesarse piezas de quienes gobiernan sin tomar en cuenta al resto de la sociedad. Dónde quedan los valores irrenunciables de la libertad, la igualdad y la solidaridad, cuando impera el miedo de ser tildado de traidores a la patria.
Unir lo justo y lo conveniente es un ejercicio irrenunciable, lo contrario sería un delito de lesa humanidad. Tomemos como ejemplo el discurso del Papa León XIV en las Cortes españolas en su reciente viaje y en el diseño que nos ofrece de la doctrina social de la Iglesia como un legado que no es exclusivo de los creyentes sino exigencias de la condición humana en el que la dignidad de la vida y la justicia son indispensables y solo se consiguen mediante el diálogo sincero que parte del reconocimiento del otro, desde el más pequeño y excluido y no solo desde los detentores del poder tal como lo señala el capítulo V de la encíclica “Magnifica Humanitas”.
Los retos de la inteligencia artificial es no dejarnos seducir por una tecnología capaz de aliviar el esfuerzo humano. Debemos educarnos para ayunar de la IA (n.140 de la encíclica), porque solo el esfuerzo interior hace posible la creación. Las inteligencias artificiales “pueden simular empatía o comprensión, pero no habitan el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano llega a ser sabio” (n. 99). Desde esta perspectiva adquiere fuerza el grito del pueblo exigiendo “cambios” que no pueden quedarse en la esfera de lo económico relegando a un futuro incierto el reacomodo de la vida social. Este debe ser el punto de partida que le da vigor a la exigencia de escuchar de nuevo al pueblo que pide elecciones. «el ser humano no florece a pesar del límite, sino muchas veces a través del límite” (n. 122).
Ahora bien, una cosa son las propuestas, sobre las que deberíamos deliberar los ciudadanos en distintos foros y otra cosa es decidir en manos de quienes sería razonable poner la responsabilidad de llevar adelante semejant desafío. No podemos
Iquidar la confianza en la política y resignarnos a someternos a los que asumen el poder en nombre del pueblo y de la igualdad, pero favoreciendo solo a sus súbditos. Ya que, por desgracia, más que la posverdad se ha impuesto la posveracidad, el hábito de mentir sin ningún problema y de justificar lo injustificable. Ya nadie se cree nada.
Es bien conocida la afirmación de Kant en La paz perpetua, cuando asegura que hasta un pueblo de demonios, de seres sin sensibilidad moral, preferiría un Estado de derecho al estado de naturaleza, con tal de que tengan inteligencia. El estado de naturaleza es un estado potencial de guerra de todos contra todos en el que vence el más poderoso, no quien tiene razón; la separación de los tres poderes es irrenunciable para evitar el totalitarismo, destructor de la democracia. El derecho de la ciudadanía es sagrado. En este punto se hace imprescindible que la ciudadanía asuma también esa ética de la responsabilidad de la que hablaba Max Weber, que en una sociedad democrática no es sólo la que corresponde a los políticos de oficio sino a todos los ciudadanos. Una ciudadanía madura, crítica, es la que intenta discernir qué es lo más conveniente en cada contexto, sin ataduras dogmáticas.
No nos quedemos en lo que pasa sin saber que es lo que está pasando. Esa tarea es nuestra, como ciudadanos y como creyentes.
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