Canaguá

Por: Ramón Sosa Pérez…

En pleno desarrollo, las ferias de Canaguá, al sur del Estado, fueron esta vez una convocatoria con la historia para reafirmar la identidad en el memorativo de un hecho que marcó el antes y el después de esta subyugante tierra andina. A 72 años de la singular hazaña, los paisanos cerraron filas para vindicar a sus protagonistas en su real significado. Por ello, la crónica local es reveladora y con ella transitaremos este relato que nos emplaza en una indagación que ya alcanza casi 3 décadas. 

 

El joven clérigo José Eustorgio Rivas Torres, nacido en Aricagua el 6 de junio de 1925, había tomado el curato de Canaguá el miércoles 21 de octubre de 1953, sucediendo al Padre Ramón Emilio Pernía Noguera. Llegaba apertrechado de un fardo de ilusiones en tanto la lozanía de su ministerio sacerdotal le permitía imaginar los trazos de una obra innovadora. A poco de su recalada observó que había mucho por hacer y la tarea titánica en adelante era definir el comienzo.

Un domingo de noviembre citó a los parroquianos y desde el púlpito desgranó como el transferir de una camándula, la ristra de calamidades halladas; la salud en condiciones precarias, ausencia de atención educativa e imposibilidad de acceso a los pueblos y la capital con vías de fragilidad absoluta que ahogaban resolver en tiempo perentorio cualquier trance de urgencia que se presentara. Pretendía el sacerdote remediar todo pero, ciertamente, estaba de manos atadas.

No se rindió y en su responsabilidad se abocó a organizar la comunidad. Necesitaba concretar un punto de unión que bien pronto lo reveló en la estrategia de rehabilitar la vieja senda de herradura que aún era ruta de arrieros para lisonjear el sueño de llevar un automotor a Canaguá. Si lograra convencerlos, lo demás vendría por añadidura, apuntó en el Libro de Gobierno. No fue fácil porque muchos, amparados en el monopolio del arreo, tanteaban quebrar la fe del párroco.

Las semanas transcurrían y el Despacho Parroquial se hizo diario corrillo para escuchar a quienes se oponían a la idea del sacerdote y en lugar para convencer a los incrédulos y a quienes, por la candidez natural del montañés, no alcanzaba a dimensionar las ventajas que el proyecto encarnaba. Estos últimos confiaron en la voz de la iglesia y todo lo hicieron, a tenor del Mensajero de la Esperanza, que era el mismísimo padre José Eustorgio Rivas Torres.

Los jóvenes fueron los primeros en alinearse con el sacerdote y en tiempo presto, se sumaban los campesinos de las aldeas hasta que el ensaje, cargado de entusiasmo febril, caló de tal manera que el Padre Rivas incorporó el gran voluntariado en un esquema de organicidad e integralidad que aun hoy día sería modelo de manifiesta eficiencia comunitaria. Los turnos en los hombres del camino, como dieron en llamarlos, era admirable en cumplimiento y espontaneidad.

A lomo de mula, el sacerdote iba a la ciudad a urgir preparativos. Como había tocado despachos oficiales pidiendo apoyo, sin resultado alguno, desistió de ello y buscó, sin hallar, solidaridad en los paisanos que vivían en la urbe. Al retorno de uno de esos viajes arriesgados, de inviernos crueles y fangales que minaban los pasos de la cabalgadura, se enteró que Abdón Carrero, aldeano devenido en chofer de plaza, estaba en El Molino, decidió hablarle de la idea. 

Más por bohemia que por el razonamiento del Padre, Abdón decidió acompañar la aventura. En breve estaba el cura organizando la ruta. Venciendo mil tropiezos, en febrero de 1954, y con el jeep que se valoró en 6 mil bolívares en una agencia de Tovar, comenzó esta historia. Clodomiro Méndez invirtió en otro vehículo para acompañar la iniciativa con los labriegos de mano encallecida que se fueron sumando. Al cabo de varias semanas el voluntariado se hizo legión hasta lograr el objetivo.

Las dificultades fueron pan de cada día y el desafío de peligros en el camino eran superados por la firmeza del sacerdote y la energía de aquellos hombres que con sacrificio secundaron la más importante proeza de organización social con derivación en el antes y el después del desarrollo de Canaguá. A 72 años de la hazaña que comprometió a cientos de labriegos, esta empresa caminera se inscribe como el más importante logro de avanzada social que conoce la región sureña.  

Este año 2026, Canaguá vistió sus mejores galas para celebrar por todo lo alto su cita con la historia contemporánea. Es nuestro deber, estudiar esta etapa de redención social del sur merideño para entender su impacto como paradigma de organización social y modelo en la construcción del desarrollo surandino. En condición de Cronista Oficial, ante el Concejo Municipal ratificamos la deuda que tenemos con los grandes benefactores de estos pueblos que tanto han dado por su propio desarrollo, avance y progreso, amén de los aportes más allá de su frontera local.     

15-03-2026