Crónicas y caminos: Federico Pannier, viajero, científico y académico

Por: Ramón Sosa Pérez…

La Alemania nazi anuncia 1 de enero de 1934 el Decreto de Eugenesia, en “mejoramiento de la raza”, de cuyas resultas el mundo sigue turbado ante el estupor que generó. La fecha es curiosa a tenor de esta crónica que resguarda ese primer lunes al nacimiento en Macuto de Federico Guillermo, hijo del comerciante alemán Hermann Pannier y la criolla Blanca Pocaterra.

Macuto, tierra del caique Gaicamacuto y pernocta de vascos inmigrantes, fue el hogar de Federico, destinado a explorar mundos en un precoz noviciado desde el Colegio Alemán de Maracaibo con los pinos de la cultura paterna que escoltó su formación por más de media centuria. Volvió a Caracas a cursar bachillerato en el liceo Andrés Bello antes de embarcarse a Munich.  

La Universidad alemana Ludwid-Maximiliano lo doctoró en Ciencias Naturales con la tesis “El consumo de oxígeno de las plantas acuáticas en relación a distintas concentraciones de oxígeno”, definiendo su traza de investigador, certificado a los 23 años de edad como “científico en los campos de Botánica, Zoología y Ciencias del Suelo”, cita su récord académico.

Antes de cumplir 25 años llega a Venezuela y se integra a la recién creada Facultad de Ciencias de la UCV. Junto a su joven esposa Rosario Fraíno Cordero inicia un trabajo metódico y constante que le apila singular experiencia profesional y trayectoria científica por más de 60 años, consagrados a la biología con publicaciones y trabajos reconocidos en el mundo entero.

De cultura enciclopédica, a este erudito de la biología lo ornaba la proverbial sencillez que en lenguaje llano revelaba con habilidad asombrosa los misterios de la ciencia. En no pocas ocasiones me entretuve escuchando sus historias, cargadas de respetuoso trato y gentileza pedagógica natural, aprendida en tantos años de cátedra y trabajo de campo.

Con sus hijas, Adrianne y Desirée, compartíamos grata conversa en su hogar o en la institución que en esta ciudad albergó su sapiencia: la Academia de Mérida, donde ocupó el Sillón 18 de Numerario. Solía relatarnos sus andanzas europeas con 33 años de edad como mentor en La Sorbona de París que sentaba cátedra y magisterio en los estudios de la flora tropical. 

El Dr. Pannier residió en los EEUU, Francia, Argentina, Brasil y Alemania, en investigaciones, docencia o asistiendo a numerosas conferencias, congresos y eventos de honda repercusión en la discusión de temas ecológicos como la Cumbre de Belgrado, hoy Serbia, que abordó la Educación ambiental desde la multidisciplinariedad, integración y participación.

Era recurrente en su preocupación por los efectos del cambio climático que lo convirtieron en precursor del tema en foros mundiales. Dos años más tarde, en 1977, en Georgia, URSS, se discutió la temática con profundidad y el Dr. Pannier fundaba su trabajo en sentar las recomendaciones de Tbilisi, adoptadas por los Estados Miembros de la ONU.

Investigó sobre la vida marina, los manglares del trópico y escribió sobre el ecosistema continental con la holgura de quien vive con pasión benedictina la vida vegetal y su complejidad. Fascinado por la singularidad del páramo andino, en 1991 decidió junto a su inseparable Rosario, establecerse en Mucuchíes, “garza fugitiva del páramo”, como la llamó el poeta.  

Convivir con el labriego de mano encallecida que agradecía al Supremo Hacedor por las bondades de la tierra, le seducía de tal manera que “todos los días aprendo de su profunda relación con la Tierra Madre”, explicaba con emoción de Maestro. Como vecino sensibilizó a los suyos para que cuidaran el páramo y motivó su defensa con exitoso resultado.

Condujo a los parameros a una cruzada de organización comunitaria para detener el avance de la erosión desde las prácticas lesivas de una agricultura descaminada. Instó a la Academia de Mérida para que volviera los ojos al páramo andino y conjuntara esfuerzos tangibles en su protección ecológica. El retumbo fue determinante, serio y efectivo.

A poco Ligia Parra, de reconocida lucha gremial en el campo mucuchicero, lideró los parameros y con el Dr. Pannier convocaron a ambientalistas, ingenieros, asociaciones y vecinos con vocación de promoción ambiental para instituir la Comisión Páramo Merideño que desde la Academia y con rigor quincenal discutía políticas de pronto efecto para su ecosistema.

Con metódico trabajo, el Dr. Federico Pannier centralizó el esfuerzo que se tradujo en auténticos compromisos legislativos, universitarios y académicos para promover la defensa del ambiente, amenazado por una estrecha cota que limitaba el desarrollo de especies vegetales y animales en tan importante zona de la región andina merideña.

Sus intervenciones en los foros dejaban el emboque de la lección pendiente. En la Academia de Mérida apenas solicitaba la palabra en aquellos temas que le eran de su dominio para opinar con meridiana claridad. Provocaba oírlo proyectando futuro en la concienciación de la sociedad que hacía rato había olvidado su relación con el ambiente.

En su casa reveló el encargo de la Universidad con el entorno vital, validado en el texto Ecología de la Universidad de Syr Eric Ashby, donde el ex Rector de la Universidad de Cambridge urgía la necesidad de refundarse sobre los sólidos cimientos del hábitat. Si no se atendía el clamor de la tierra, muy poco podía lograrse para beneficio del mundo que nos toca habitar.  

El libro publicado en 1972, que ese día me obsequió el Dr. Pannier, juzga la multidisciplinariedad sistémica como rémora a saldar si deseamos comprometernos a escudar el futuro de la humanidad. La mañana del 30 de junio de 2018 nos despedimos y a sus 83 años de edad viajaría a Alemania para retornar luego a su lar nutricio pero el  designio superior dispuso un lugar en la tierra de su padre.

11-01-2026