Érase una vez -parafraseamos añejos relatos- en la villa merideña ocurrió este caso. En la medianía de los años 90 el Gobernador Jesús Rondón Nucete, ligado por privativa línea de sangre a la prosapia citadina, decretó varios inmuebles como espacios públicos que ataran memoria e identidad patrimonial en las nuevas generaciones.

La Casa Paredes, asiento histórico de la urbe en tanto su data fundacional fue levantada muy probablemente por esfuerzo de Don Juan de Pàredes, abuelo del célebre prócer General Juan Antonio Paredes Angulo y bisabuelo del no menos notable Doctor Eloy Paredes y Fernández Peña, Rector de la Universidad de Mérida, entró en el referido edicto.

El lazo Paredes se remonta a “la enhiesta figura de don Diego García de Paredes, héroe de la Batalla de Pavía, cuyos descendientes fueron hombres de conquista en tierras (..) de Perú, México y Venezuela, en donde otro Diego García de Paredes, fundó la ciudad de Trujillo y venció al tirano Lope de Aguirre”, cita el biógrafo Marco Figueroa, en 1943. 

Volvamos a la Mérida del siglo XX para vindicar el inmueble testigo de noble linaje. La casona de tierra pisada, techos de cañabrava, pisos de adobe, tejas y largo solar, afín al tipo que daba albergue a garbosas familias de la urbe, se ubicaba en las cuadras vecinas a la Santa Iglesia Catedral y Plaza Mayor, con privilegios en la dotación de servicios comunes.

El bullicio que a diario irrumpía el espacio no daba tregua entre ingenieros, obreros e interlocutores del gobierno que certificaban el avance de los trabajos o a reconvenir algún trazo que, a tenor de los peritos, había de ponderarse. La sala técnica, instalada ex profeso, procesaba la información pertinente y la encauzaba al unísono.

En la obra, aula abierta, la Universidad de Los Andes dispuso de profesionales y asesores, citados por la Gobernación, garantizando el nivel de exigencia de los trabajos, en los que se imponía un compromiso con la arquitectura, la historia y la identidad. A los estudiantes y profesores se sumaban tantos que era imposible conocerlos a todos.

La presencia de sacerdotes y religiosas se tornó natural porque se afanaban en conocer detalles de los moradores como leyenda de la ciudad. Algunos eran rostros populares y otros, como parte del paisaje humano que frecuentaba el lugar, se acercaban y se hacían ya familiares para quienes allí convivían entre disímiles tareas.

Una monjita de invariable ropaje, que hasta parecía fuera de época, los visitaba a la hora pico del mediodía. Dejaba de ir un par de días y luego volvía con temple terciario, a confundirse entre los braceros o de cuando en vez se acercaba a los ingenieros, arquitectos y ayudantes, pero siempre con una acotación sobre el lugar.

Se le tenía como gacetillera de pericia y gran memoria. Hasta se atrevían a preguntarle por el uso antiguo de puertas, ventanas o esquinas y ella aportaba diligente cuanto sabía. Nadie dudaba de su erudición porque, se suponía, recibió en legado la información que sabía relatar a tiempo, La Monjita de Los Paredes, ya reconocida con tal apelativo.

Otro mediodía de sol candente y quizá por mera casualidad, la casona en reparación estaba atestada por un abigarrado contingente de obreros, ingenieros, funcionarios y visitantes. La religiosa merodeaba, como era costumbre, para contar viejas historias merideñas cargadas de un profuso anecdotario que todos disfrutaban por igual.

La invitaron a tomarse la fotografía y aunque al principio mostró renuencia, la convencieron y todos se alegraron porque nadie tenía testimonio de la usual visitante. Se diluyó la amena tertulia y cada quien siguió las de Villadiego, donde atañía su encargo. Al día siguiente los ingenieros convocaron al personal para compartir el momento de la foto. 

A la alegría primera de verse en tan histórico momento, vino la sorpresa mayúscula. En ninguna de las fotos, tomadas por varias cámaras, aparecía la monjita. No salían del pasmo pues muchos aseguraban haberla tenido cerca. Incrédulos, fueron a indagar al Convento que estaba frente a la Casa Paredes donde tantas veces la vieron entrar.

La respuesta terminó de desconcertarlos. Con tales características no hubo antes ni ahora nadie allí. A más de 30 años del suceso, los protagonistas aún esperan respuesta. Quizá, y en esto coincide la mayoría, la Monjita de los Paredes, se escapó en el tiempo del Convento de Las Clarisas. Así lo escuchamos y así lo referimos.      

Por> Ramón Sosa

22-02-2026