Por: Angélica Villamizar…
La desaparición progresiva y silenciosa de las estadísticas públicas no es un tecnicismo. Un país que no mide su realidad es un país que vuela a ciegas, donde las políticas públicas se convierten en gestos de improvisación y donde la ayuda humanitaria, tropieza por falta de un mapa que señale dónde está el dolor más agudo.
La opacidad es una estrategia de control, si no hay cifras oficiales de pobreza, no hay manera de exigir rendición de cuentas sobre los programas sociales. Si no se publican datos de mortalidad infantil, se oculta la magnitud de la crisis de salud. El silencio estadístico es el aliado perfecto de la propaganda, que puede construir relatos a su antojo, sin el contrapeso incómodo de los números.
Para saber cuántos venezolanos pasan hambre, cuántos han emigrado, cuántos niños abandonan la escuela o cuántos ancianos sobreviven en soledad, no debemos acudir al Instituto Nacional de Estadística, sino a una universidad privada; por ejemplo, la Encuesta de Condiciones de Vida (ENCOVI) de la Universidad Católica Andrés Bello no es solo un estudio académico, es un acto de resistencia cívica y un testimonio del colapso institucional que padecemos.
La academia venezolana, ella misma golpeada por la diáspora y la precariedad, ha tenido que cargar sobre sus hombros una responsabilidad que no le corresponde: ser el sistema nervioso de un país cuyo Estado está desconectado del cuerpo social. Lo han hecho con un rigor técnico que hoy es reconocido por Naciones Unidas, la OEA y decenas de organismos que usan sus datos para tomar decisiones vitales.
La lucha por los datos en Venezuela es, en el fondo, una lucha por el derecho a saber, a exigir y a imaginar un destino diferente. Y en esa lucha, los encuestadores con sus tabletas, los investigadores con sus modelos estadísticos y la universidad que los respalda están en la primera línea. No los dejemos solos.
18-12-2025 (158-2025)
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