(Juan 20, 19-31)

La comunidad de los discípulos reunidos, la duda del Gemelo, Tomás, descrita por Juan, “la comunión fraterna”, enaltecida en la 1ª lectura, orientan a la enumeración de estas dos ideas:

  1. a) La comunidad es definida no exclusivamente como un grupo social; además, y con mayor motivo, como un prototipo teológico, o sea, como un modelo universal; y,
  2. b) A pesar de la duda de Tomás, —su cumplido anhelo de una percepción corporal—, la comunidad reunida establece una participación en una realidad superior, que, en medio de la confusión, revela y sustenta una armonía interior profunda; por la cual comprendo que la real manifestación de Jesús nos sumerge en una oportunidad constante de encuentro con lo sagrado; es decir, Kairos:

“La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.

El Señor resucitado resalta: “La paz esté con ustedes”.

Y con esta frase, tan necesaria en estos momentos y bajo la cual nos unimos al clamor de la plegaria del Papa León XIV, Jesús nos asegura, no sólo un deseo ferviente, sino una gran bendición.

Es una palabra eficaz, porque el hablante, nuestro Cristo, amigo, maestro, pastor y señor, tiene la absoluta autoridad para conferir aquello que nombra.

Esa pequeña oración tan potente, salida desde lo más profundo del corazón del Enviado del Padre, conduce el pensamiento al Salmo, para recalcar que, el “amor leal”, —en hebreo Hesed—, está sustentado en una realidad que no se rinde, porque el mismo lo consolidamos sobre algo sólido, —fidelidad, emeth—, esto es, una roca sobre la cual, con seguridad, podemos construir.

Por ejemplo, amamos a Cristo y amamos al prójimo, y en esta tarea, recurriendo a la 2ª lectura, en reiteradas ocasiones encontramos la contraposición entre “la herencia reservada en el cielo” y “las adversidades de todas clases”, y, a la vez, en dicha conjunción apreciamos la lucha humana entre el deseo de infinito, —un tema recurrente en la obra del filósofo G. Marcel—, y la finitud de la carne.

Por supuesto, Pedro en tal óptica nos pide apreciar el valor de la fe, que, se purifica con el sufrimiento como el oro se acrisola con el fuego; e, innegablemente, de tal modo ella nos introduce en un proceso de salvación, el cual ya comenzó (bautismo), se mantiene (fe) y se consumará (gloria).

Así, el pasaje del evangelio de Juan, con el hecho de comunicar las apariciones de Jesús resucitado a sus discípulos, acentúa la transición de la “presencia física” a su presencia sacramental y espiritual en la Iglesia.

En relación a esto, el proceder de la confesión de fe de Tomás, —Kyrios kai Theos—, instituye, de un lado, la regia cristología del Nuevo Testamento, pues, de otro lado, armoniza el título de soberanía, Señor, con la esencia divina, Dios.

Esta última, tan íntima y tan “absolutamente absoluta” santa, de ninguna manera estamos en la capacidad de transformarla en una pura exigencia de la razón empírica; a este tenor, Jesús en la persona de Tomás no condena la actividad de nuestros sentidos, pero sí nos reafirma la fe como una forma de “ver” lo invisible.

Por último, luego de todo lo reflexionado involucro el evento de la mostración de las llagas por parte de Jesús. Esto es, por la fe comprendemos que la muerte no deshace la identidad personal, que como la fe no es ceguera, sino iluminación en la esperanza, el cuerpo no es un apéndice únicamente necesario a ratos, sino parte esencial de nuestra humanidad, aun en el Reino glorioso.

“La paz esté con ustedes”.

12-04-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com