Con la imposición de la ceniza, los venezolanos cruzamos este año el umbral de la Cuaresma no como espectadores de un rito lejano, sino como protagonistas de un drama que se vive tanto en las calles como en lo más profundo del espíritu. Iniciamos cuarenta días de peregrinación interior en un país que, desde hace años, camina por su propio desierto: un desierto de dificultades, de ausencias, de incertidumbre y, a veces, de desesperanza.
Sin embargo, la liturgia cuaresmal nos recuerda que el desierto no es un lugar de derrota, sino el espacio predilecto para el encuentro con Dios y con uno mismo. En tiempos donde la supervivencia diaria parece acaparar toda nuestra energía, la Iglesia nos invita a hacer un alto. Nos invita a mirar hacia adentro para descubrir que, más allá de las carencias materiales, existe una pobreza de espíritu que solo la gracia puede transformar en riqueza.
Este llamado a la conversión adquiere matices muy particulares en la Venezuela de hoy. El polvo que el sacerdote traza sobre nuestras frentes nos recuerda de dónde venimos, pero también nos confronta con lo que hemos llegado a ser como sociedad. Hemos acumulado heridas. El tejido social, antes celebrado por su calidez y unión, muestra desgarrones profundos causados por la diáspora, la polarización y el cansancio.
Por eso, la conversión que se nos pide en esta Cuaresma es una conversión radical hacia la justicia y el perdón. No se trata de una justicia abstracta, sino de esa justicia evangélica que clama por el pan de cada día, por el salario justo, por el acceso a la salud y la educación. Es el anhelo legítimo de un país donde la ley ampare a todos por igual y donde la verdad prevalezca sobre la mentira.
Pero el Evangelio va más allá: nos exige la justicia del corazón. Esa que nos impulsa a reconocer la dignidad del otro, incluso de aquel que piensa distinto. Y es aquí donde el perdón emerge no como un acto de ingenuidad, sino como la decisión más valiente. Perdonar en Venezuela no significa olvidar las injusticias ni pactar con la impunidad; significa arrancar de nuestra alma la raíz amarga del odio que nos impide construir un futuro juntos.
Que esta Cuaresma sea, entonces, un tiempo de oración intensa. No una oración evasiva que nos desconecte de la realidad, sino una oración que nos sumerja en ella con la luz de Dios. Oremos para que el venezolano encuentre en su corazón la fuerza para tender puentes donde hoy hay abismos. Oremos para que cada familia, cada comunidad, sea un taller de reconciliación donde se forje la paz que tanto anhelamos.
El camino hacia la Pascua es empinado, pero la meta es la Vida. Que en estos cuarenta días, el ayuno nos vacíe de rencor, la limosna nos abra a la solidaridad con el que sufre a nuestro lado, y la oración nos llene de la certeza de que, incluso en la noche más oscura, la luz de Cristo resucitado puede volver a brillar en esta tierra.
Que así sea.
Redacción C.C.
18-02-2026



