Cuaresma: La obra de mantenimiento de nuestra comunidad humana

Imagina que la calle donde vives, tu salón de clases o la oficina donde trabajas son un mismo edificio antiguo, donde todos compartimos pasillos, escaleras y áreas comunes. Durante el año, cada quien va a lo suyo,  llegamos, saludamos de dientes para afuera, nos quejamos del ruido del vecino o del compañero que no trae los materiales, y seguimos de largo.

Pero llega un momento, en que la administración del edificio (digamos que es la vida, o la fe) anuncia: «Señores, vamos a parar unos días para hacer mantenimiento. No será cómodo, pero es para que el edificio no se nos caiga encima». Eso es la Cuaresma: el tiempo de poner en orden lo común, lo que compartimos.

Aquí es donde entran los tres pilares de la obra:

El primer pilar es la oración. Poner atención al que está al lado. Antes de arreglar algo, hay que ver qué está fallando. Y el fallo casi siempre está en la convivencia. Por ejemplo, con el vecino, la oración aquí es simplemente poner atención. Hacer un alto para preguntar, ¿Necesita algo, vecino? o Buenos días, ¿cómo amaneció?. Con el compañero de clase o trabajo, la oración es observar. ¿Ese compañero que siempre está callado hoy se ve más apagado? ¿El de la mesa de atrás no entendió la tarea pero no se atreve a preguntar? La reflexión cuaresmal es darnos cuenta de que existen, de que tienen nombre y de que su problema también es un poco nuestro problema.

El segundo pilar es el ayuno, y no es solo no comer carne; es bajarle al ruido que hacemos, especialmente al ruido que molesta al de al lado. Podemos ayunar de la música a todo volumen después de las 10 de la noche que molesta a nuestros vecinos. Ayunar de invadir el puesto de estacionamiento propiedad del vecino. Es entender que tu libertad termina donde empieza la paz del vecino. Es un «ayuno de molestias». Con el compañero de clases, ayunar por ejemplo, de interrumpir cuando alguien más habla. Ayunar de usar el teléfono en clase o en reunión cuando alguien está exponiendo. Cuando bajas el volumen de tu ego, empiezas a escuchar al resto.

Un tercer pilar es la limosna, que no es solo dar dinero. En esta obra comunitaria, la limosna es pasar la herramienta que el otro necesita. Por ejemplo, ¿Viste que al vecino se le cayó la bolsa del mercado? Ayúdale a levantarla. ¿El de abajo está reparando su baño y le falta un martillo? Préstaselo. ¿Hay un perro callejero en la cuadra? Ponerle un plato de agua en la puerta es una limosna. Es el pequeño esfuerzo que hace la vida del vecino más llevadera. Con el compañero de clase, pasar la «herramienta» puede ser compartir tus apuntes con el que faltó. Explicarle el problema de matemáticas al que se atrasó. En el trabajo, es ofrecerte a cubrir una tarea cuando ves que tu compañero está agobiado. Es el famoso «¿te ayudo?» sin esperar nada a cambio.

Finalmente, llega la Conversión, pedir perdón y empezar de nuevo. Después de la obra, los vecinos vuelven a verse, pero algo ha cambiado. Han trabajado juntos, se han conocido. La conversión es, finalmente, saludar de verdad, por ejemplo. Es aceptar que te equivocaste al juzgar a alguien. Es integrar al que siempre dejaban fuera del equipo. Es construir un ambiente donde, aunque haya diferencias, reine el respeto.

Vivir la Cuaresma como buenos ciudadanos no es un asunto de ir a la iglesia y ya. Es darse cuenta de que vivimos en un edificio llamado humanidad, donde cada pared, cada escalón y cada ventana depende de cómo tratamos al que duerme en la habitación de al lado. Si estos cuarenta días logramos ser un mejor vecino y un compañero más respetuoso, habremos hecho la mejor obra de mantenimiento posible, la de nuestra propia alma y la de nuestra comunidad.

Marco Antonio Sosa Villamizar

Estudiante de 3er año de bachillerato

Colegio Micaeliano-Mérida

18-02-2026 (137)