La calle que conducía hasta el puente internacional Francisco de Paula Santander estaba desolada; el día aún no clareaba y solo una anciana disponía de una mesa y un par de taburetes para vender café a los transeúntes que, a partir de las seis, cruzarían el paso fronterizo.

Faltando minutos para la apertura, se empezó a formar una fila de estudiantes en moto taxis, quienes asisten a clases en las escuelas y liceos cucuteños como alternativa a la deficiencia del sector educativo del lado venezolano.

Apenas el reloj marcó las seis, “abrieron” la frontera y empezaron a circular personas y vehículos en ambos sentidos. Puntualmente, comenzó a funcionar el módulo de migración venezolano; el viajero extendió su pasaporte para estampar la salida, caminar al otro lado del río Táchira y formalizar su ingreso a Colombia, porque recién allí iniciaba la larga jornada por tierra hasta Bogotá.

En una vetusta casona justo al frente de la oficina de migración colombiana, varios animales de corral deambulaban a sus anchas entre árboles de tamarindo y un enorme cují, sobre el que una garza blanca parecía haber encontrado el lugar perfecto para empollar sus huevos.

Una rolliza cerda reposaba sobre un charco a la sombra de un limonero, buscando la mejor posición para que sus doce lechoncitos se alimentaran por igual, hasta que por fin lo logró, al tiempo que ahuyentaba a una gallina que, con sus pollitos, buscaba refugio del inclemente sol.

La camioneta de transporte aguardaba por pasajeros que se trasladaban al centro de Cúcuta; justo al subirse el último y después de pagar los 3.800 pesos, el chofer inició la marcha mientras subía el volumen para disfrutar de un CD de salsa romántica.

El tráfico esa mañana estaba bastante fluido para ser quincena, a lo mejor por el buen desempeño de los policías viales, que no paraban de sonar sus silbatos y dirigir con acompasados movimientos de brazos y manos.

En la parada del terminal había un mimo que, con sus divertidos gestos y pasos al mejor estilo de Marcel Marceau, lograba espontáneas sonrisas en los conductores, quienes agradecían la diversión con billetes de mil y dos mil pesos que desbordaba un raído sombrero de copa coronado con un girasol de plástico.

El terminal es bastante pintoresco, porque en un espacio tan reducido convergen todas las posibles representaciones del gentilicio colombiano, sin importar la región o departamento de donde provengan; además, hay que incluir el paso de viajeros extranjeros que buscan experiencias diversas en cualquier rincón de la geografía neogranadina.

Percibir y vivir la calidez del colombiano es parte importante para comprender cómo una población afectada por años de conflictos sociales ha logrado superarlos en colectivo, que, más que dejar huellas dolorosas, han sido aprendizajes y alicientes para construir una patria grande, con valores y con una identidad que les hace únicos y muy valiosos.

Antes de abordar el autobús de las cuatro de la tarde, a pesar del calor y del tráfico, quedaba tiempo para conocer la Plaza Santander, lugar histórico que ha servido de escenario a eventos trascendentes para la ciudad desde los tiempos de la colonia. Acá se reúnen niños y ancianos para alimentar a cientos de palomas, que literalmente se adueñan del lugar, motivo suficiente para estar atento y con la boca bien cerrada cuando vuelan.

Rumbo a la capital colombiana, situaciones pintorescas aún faltaban; tenía que ser así para un trayecto de 17 horas y casi 660 kilómetros.

Antonio Rivas

Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.

14 de julio del 2026

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