Darwin, tenemos un problema

Por: Rocio Márquez…

Los dinosaurios dominaron la Tierra durante millones de años. Hasta el T-Rex debió pensar que aquello era para siempre, pero no lo fue.

Después cambiaron las especies, se movieron los continentes y aparecimos nosotros, convencidos también de que algunas cosas pueden durar eternamente. La evolución, por suerte, suele tener otros planes.

Aunque los seres humanos tenemos una habilidad: acostumbrarnos a la permanencia. Y, cuando algo permanece durante dieciocho años, uno termina acostumbrándose.

Primero parece excepcional, luego se vuelve habitual. Más tarde lo llamamos normal. Y finalmente ocurre la metamorfosis perfecta: dejamos de preguntarnos “por qué continúa” y comenzamos a preguntar “por qué habría que cambiarlo”.

Es entonces cuando la permanencia deja de parecernos permanencia, y nos parece el orden natural de las cosas.

José Saramago entendió muy bien estas trampas de la normalidad. En “Ensayo sobre la lucidez” imaginó unas elecciones en las que los ciudadanos votan masivamente en blanco y el poder entra en pánico.

Aquellos ciudadanos habían cometido una imprudencia: Pensar de una manera que nadie había previsto.

No propongo, por supuesto, votar en blanco en las elecciones de la Universidad de Los Andes. Propongo algo quizá más subversivo: “No votar con la cabeza en blanco”.

Dieciocho años también producen evolución, pero del lenguaje. A la permanencia se le llama experiencia; a la repetición, gestión institucional; y a seguir haciendo lo mismo se le dice resiliencia. Y un buen día la pregunta deja de ser “¿por qué debe continuar?”, y pasa a ser “¿por qué habría que cambiar?”.

Extraordinaria evolución de las palabras. Seguramente Darwin habría tomado apuntes.

Claro que la costumbre posee un talento: Si contemplamos durante suficiente tiempo los mismos nombres, los mismos rostros y las mismas maneras de hacer las cosas, terminamos incorporándolos al paisaje. Tal como nos pasa con las montañas. Pero las montañas están allí por razones geológicas. Las autoridades, por razones electorales; o, todo lo contrario: porque no se hacen elecciones.

Por ello, la lucidez consiste en impedir que la costumbre vote antes que nosotros. Obliga a examinar, comparar, cuestionar y decidir. Nos exige preguntarnos si estamos escogiendo una propuesta o reconociendo un hábito. Si elegimos porque alguien representa lo que necesitamos ahora, o porque llevamos tanto tiempo viéndolo allí que su ausencia nos parece antinatural.

Una universidad debería disfrutar particularmente de esas preguntas. Precisamente, porque una universidad debe potenciar el pensamiento crítico. Así que sería muy lamentable que, frente a una urna electoral, dejemos morir nuestra capacidad de cuestionar.

La renovación tiene sentido cuando permite que lleguen otras personas con nuevas ideas, otras preguntas, capacidades diferentes y, sobre todo, una mirada que todavía no haya aprendido a considerar inevitable aquello que puede transformarse.

Evolucionar nunca significó cambiar por cambiar. Significó adaptarse para poder continuar. Tal vez esa sea nuestra particular prueba de lucidez. La historia de la vida tiene una lección bastante sencilla: permanecer durante mucho tiempo nunca convirtió a ninguna especie en eterna.

Si hasta los dinosaurios tuvieron que dejar espacio a lo que venía después, quizá la alternancia no sea una idea tan revolucionaria, sino simplemente evolución.

*Comunicadora social. Doctora en Ciencias Humanas. Profesora de la Universidad de Los Andes, Táchira.

23-09-2026

“Comunicación Continua no se hace responsable por las opiniones y conceptos emitidos por el articulista”