El corazón de Carmen Teresa Navas dejó de latir a sus 81 años. Para quienes observan la realidad de Venezuela desde la distancia, su nombre podría ser uno más en las listas de decesos; pero para quienes caminamos junto al dolor de nuestro pueblo, Carmen Teresa es el símbolo vivo de una tragedia que desgarra silenciosamente a miles de familias, la situación de los presos políticos y los desaparecidos bajo el amparo de la opacidad institucional. Su partida, ocurrida apenas diez días después de que el Estado le confirmara el fallecimiento de su hijo, Víctor Hugo Quero Navas, no es una coincidencia; es el testimonio evangélico de una madre que resistió en la tierra hasta que la verdad le permitió descansar.
 
La entrega de Carmen Teresa Navas me conmueve hasta las lágrimas y me confronta con el Evangelio. Al meditar en su constancia, reconozco profundamente el valor de aquella mujer y su entrega; me recuerda especialmente, a esa viuda de los evangelios de Marcos y Lucas que se acercó al Templo y depositó sus dos únicas monedas de cobre. El Señor nos dice que ella lo dio todo, que no entregó lo que le sobraba, sino todo su sustento. Así fue la vida de Carmen Teresa en este último año, no dedicó a la búsqueda de su hijo el tiempo o las fuerzas que le sobraban de su vejez; se vació por completo, entregando su salud, su paz y sus pocos recursos económicos frente a los muros de cárceles y los pasillos ministeriales. Sus caminatas cansadas parecían insignificantes ante el inmenso poder del Estado, pero ante los ojos de Dios tenían el valor infinito de la justicia absoluta.
 
La incansable peregrinación de Carmen Teresa se cruza de forma desgarradora con otro pasaje de las Escrituras: el de la viuda de Naín, aquella madre que caminaba llorando mientras iba a enterrar a su único hijo, desamparada por un sistema social que la condenaba a la miseria y al olvido. Carmen Teresa vivió ese mismo calvario en la Venezuela actual, caminando a ciegas durante meses en una procesión de incertidumbre, tocando puertas sin saber que su hijo ya había fallecido en custodia en un hospital militar. Sin embargo, la fe nos prohíbe mirar esta historia con los ojos de la derrota. Aquella viuda bíblica vio morir a su hijo, pero el Señor lo resucitó; y esa es la promesa de la vida eterna que hoy sostiene nuestra esperanza. La crueldad humana pudo apagar la vida de Víctor Hugo y desgastar el cuerpo de su madre, pero no pudo evitar que hoy, en el banquete del Reino, el Señor los haya reunido en una resurrección que ningún sistema terrenal y dictador les podrá arrebatar.
 
El verdadero misterio de la vida de esta gran mujer se revela en su desenlace. Tras dedicar tanto tiempo, lágrimas y devoción a buscar a su hijo por tantos lugares, la confirmación de su deceso le fue entregada el 7 de mayo. Diez días después, ella partió. Carmen Teresa no podía marcharse de este mundo dejando a su hijo en el limbo de la desaparición; su amor materno la sostuvo en vilo frente a la muerte. Pero una vez que lo encontró, su alma pronunció las palabras del anciano Simeón en el Templo: «Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz». Al cesar la incertidumbre, el lazo invisible que la ataba a este mundo se soltó. Carmen Teresa se fue en paz porque cumplió su misión, y hoy descansa en un Templo eterno donde ya no hay rejas, ni silencios, ni persecución; solo el abrazo definitivo de una madre con su hijo bajo la luz de la justicia de Dios.
 
Todo esto me conmueve profundamente. Reconocer la vida de Carmen Teresa es también reconocer la tristeza y las lágrimas de tantas madres venezolanas que en estos precisos momentos siguen esperando una respuesta sobre el paradero de sus hijos; de tantas que han tenido que recibir la trágica noticia de su muerte dentro de una cárcel, sin haber podido estar allí para acompañarlos ni verlos en sus últimos instantes. Contemplar esta realidad nos hace ver el dolor de un pueblo donde muchos terminan perdiendo las esperanzas, al ver cómo el abuso de poder y de autoridad invade y corrompe los corazones de aquellos que precisamente deberían promover un cambio en nuestra nación. Ante una injusticia de este tamaño, ya no valen las simples palabras de reconocimiento ni los sentidos pésames de compromiso retórico. Lo que Venezuela necesita hoy son acciones, acciones firmes de la Iglesia, de la sociedad civil que se hace ajena a estas situaciones y, sobre todo, de aquellos que tienen en sus manos la posibilidad de reconocer que lo que se hizo estuvo mal y que es urgente remediarlo. Solo la verdad y la reparación devolverán la dignidad a nuestra patria.
 
Pbro. Danny Xavier Peña Dávila 
León – España
18-05-2026