¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si pierde su vida?

(Mateo 16, 21-27)

La pregunta que titula esta reflexión pronunciada por Jesús —a la que puedo denominar retórica con sentido existencial y moral— ha de meditarse estrechamente unida a la que sigue: «¿Y qué podrá uno dar a cambio para recobrarla?».

Ambos interrogantes le solicitan a nuestra vida un sentido de coherencia en lugar de un sentido lineal. Esto es: el sentido de coherencia nos impide desmembrarnos en la multiplicidad de cosas que erigen la superficialidad del mundo, pues este tampoco nos impone una existencia inauténtica (ver, como ejemplo de esta, la parábola del rico insensato en Lucas 12, 13-21), trasmutada de tal modo por la elección de disímiles y trastornadas posibilidades. Por ende, a estas perspectivas alteradas hemos más bien de afrontarlas, aunque con no pocos sacrificios, con la actitud descrita por el profeta Jeremías al inicio del fragmento de la segunda lectura: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; fuiste más fuerte que yo y me venciste» (Jeremías 20, 7-9).

Esta mística seducción nos ablanda las intolerancias con el fin de no transformar, por ejemplo, la técnica, la diseminación de la informática e incluso la movilidad económico-social en un completo caos. Ahora bien, esto nos esclarece que evadamos con reiteración el hecho de cobrar fuerzas solo en nuestra limitada naturaleza —observemos la reacción de Simón Pedro ante el anuncio de la pasión—; en ella es incoherente afianzar el movimiento necesario para nuestra conservación humana y espiritual. Sin embargo, en reiteradas ocasiones ni aun tenemos la fuerza suficiente para todo lo que nuestra naturaleza pide; en consecuencia, sepamos distinguir inmediatamente lo que se debe a ella, a la técnica, a la diseminación de la informática o a la movilidad económico-social, porque ello, aunque contribuya en cierta medida, no es lo que imprime el sentido de coherencia a nuestra vida. En absoluto podemos asegurar que, ante este llamado, «el que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga», estemos privados de lo que por él está en nuestras manos conseguir. En tal sentido, acertadísimos son estos renglones del salmista: «A ti se adhiere mi alma y tu diestra me da seguro apoyo» (Salmo 62).

30-08-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com