¡Déjate educar!

A menudo decimos: educamos la generación del mañana. Es hora de expresar: ella está hoy en un aula de clase recibiendo la luz educativa que el maestro, el profesor, le está transmitiendo.

El niño, el adolescente, el joven, lleva en su corazón un positivo anhelo: Alcanzar la meta propuesta.

Es una meta que está robusteciendo sustentado en su modo de comportarse, en el hablar, en las acciones y, sin duda, en el cuerpo.

Al respecto, el maestro influye recalcándole: Trabaje en ello con todo su ser; y al mismo tiempo le anima, porque en no pocas ocasiones sucede que el alumno desea ardientemente hacer algo, pero no se atreve a confeccionarlo.

Con pedagogía honesta, asequible, le destaca: No te dejes desanimar por las dificultades.

Por supuesto, con sensibilidad, sensatez, también lo instará a interpelarse: ¿El trabajo de mi educación es de mi maestro o mío? O ¿lo está haciendo mi maestro, mi profesor, o lo estoy haciendo yo?

Estoy convencido de la influencia no invasora, oportuna, de los educadores en la característica vocación de sus alumnos. En este sentido, los motivan no siendo fanáticos críticos, ni desconfiados, ni desdeñosos.

Por consiguiente, en teoría y práctica, muestran la actitud de estar dispuestos a sacrificar la comodidad que es incompatible con la auténtica educación.

Desde luego, nadie ha de monopolizar la obra formativa, porque su máxima importancia es la de aquilatar y formar colaboradores de la misma.

Por eso, es totalmente positivo que, principalmente en estos momentos, nadie se abstenga de educarse pensando que es necesario ocupar una posición particular para desarrollar su instrucción.

Así, el imperativo, ¡déjate educar!, instituye un llamado en la voz del maestro; con él le asegura al estudiante que no debe sentirse disminuido.

Ello asimismo reitera que el ejercicio pedagógico no debe valorarse primeramente en términos de pérdidas o ganancias, como si tal ejercicio empezara y concluyera en un simple comercio.

El logro de una profesión de esta manera —según el esquema, pérdidas o ganancias—, puede decorar el prestigio, pero no ilumina.

Por ende, los maestros con educación guían a los otros, pues, aplicándoles estas palabras del Cardenal F.X. Nguyen van Thuan, “ayudan a aquellos que están en crisis, dando a sus ojos vastos horizontes para ayudarles a realizar sus posibilidades y a percibir con claridad la llamada de la fe” (2003, n. 324, p. 65).

Referencia:

Nguyen van Thuan, F.X. 2003. El camino de la esperanza (D. A. Benlloch, Trad.). Editorial EDICEPC/B.

05-02-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

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