Inicio esta reflexión con esta pregunta: ¿los problemas que tenemos nos han desgastado totalmente el ánimo y ya no nos queda tanto para sentir la alegría de la espera —adviento— del niño Dios?

No neguemos la existencia de los problemas. Ellos prueban al máximo nuestras limitaciones humanas, mas, en ellos muchas veces encontramos —como hablamos coloquialmente— “respiro”.

La angustia que padecemos, las situaciones desesperantes en momentos que nos parecen “una eternidad”, parecieran robarnos definitivamente la paz. Sin embargo, ellos no abarcan todos los trabajos, las expectativas, porque creemos no en un don de la paz sólo hablado, sino verdadero y, especialmente, cuando nos damos cuenta que el familiar, el amigo, o, incluso el semejante que topamos en la calle, en el mercado, en el hospital, en la clínica, en las oficinas de carácter público o privado, arrima su hombro con el fin de ofrecernos un espaldarazo oportuno a la tranquilidad del corazón, y “al retomar el entusiasmo” para vivir el adviento y la navidad como Dios quiere.

Escuchamos: con estas carestías, con los avispados que sagazmente las aumentan, con las remuneraciones tan bajas, con tantos familiares alejados del hogar, etc., ¿quién puede pasar alegre, tranquilo y en paz, el período decembrino?

La confianza en la alegría y en la paz “está en nuestras manos”; ellas, alegría y paz, las generamos en el corazón, y aunque los suministros y contribuciones también nos contentan y satisfacen el provecho personal y familiar, tampoco ellos deben acaparar la mayor parte de nuestras atenciones.

Cierto, hay rivalidades y luchas, pero también concordia cuando apreciamos en el rigor de tales bregas a hombres y mujeres preocupados y ocupados por llevar las cosas en “sana paz”.

La sabiduría de nuestros ancianos y la algarabía honesta de los niños, nos dice: “hay que continuar las tradiciones, no hay que dejarlas acabar; la vestida del pesebre, la algazara del mes de las hallacas (diciembre), las misas de aguinaldo, etc.”

Entonces, este gozo sereno “está” en nuestro espíritu, por consiguiente, en este tiempo de Adviento hemos de reflejarlo, pues, no podemos adivinar qué situación está padeciendo nuestro prójimo; y, aunque lidiamos con variedad de problemas, el otro o la otra, seguramente está afrontando una situación más complicada.

¡Démosle paz! Es el alborozado imperativo de este I domingo de Adviento.

01-12-24

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com