El Surco de la Resistencia
Cada 5 de marzo, Venezuela conmemora el Día del Campesino, una fecha que nació con la promesa de una reforma agraria que dignificara a quienes hunden sus manos en la tierra para alimentar a la nación. Sin embargo, en el contexto actual, más que una celebración, esta efeméride se ha convertido en un recordatorio de la deuda histórica y social que el Estado y la sociedad mantienen con el campo.
El campesino venezolano, y muy especialmente el de nuestras tierras andinas, es hoy un ejemplo de resistencia silenciosa. Mientras las ciudades debaten sobre economías digitales y servicios, en el campo la lucha es primaria: es la lucha contra la falta de combustible para trasladar las cosechas, es el ingenio para producir sin fertilizantes químicos inaccesibles, y es la voluntad de seguir sembrando a pesar de que los precios de venta en puerta de finca rara vez compensan el sudor derramado.
La Tierra que nos Sostiene
No podemos olvidar que, en los momentos más oscuros de la crisis de abastecimiento, fue la pequeña y mediana producción campesina la que mantuvo los mercados operativos. El «feriero» merideño, el productor de hortalizas del Páramo y el caficultor de nuestras zonas bajas son los verdaderos artífices de la soberanía alimentaria, mucho más que cualquier puerto de importación.
El Desafío de la Dignidad
Hoy, ser campesino en Venezuela implica enfrentar:
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Vialidad agrícola en ruinas: Que convierte el transporte de rubros en una odisea mecánica.
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Inseguridad jurídica y personal: Que desincentiva la inversión y el relevo generacional.
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Falta de financiamiento: Que impide la tecnificación necesaria para competir en un mundo globalizado.
Un Llamado a la Conciencia
Honrar al campesino no debe limitarse a un acto protocolar o a un mensaje en redes sociales. La verdadera honra reside en políticas públicas que garanticen precios justos, acceso a combustible sin mafias y un sistema de salud y educación rural que no obligue a nuestros jóvenes a abandonar el campo para buscar un futuro en las barriadas urbanas o fuera de nuestras fronteras.
Sin campo no hay ciudad, y sin campesinos dignificados, el futuro de Venezuela corre el riesgo de quedarse sin raíces. Hoy saludamos a esos hombres y mujeres de rostro curtido por el sol y manos endurecidas por el trabajo; ellos son, sin duda alguna, la reserva moral y productiva que todavía mantiene en pie la esperanza de este país.
Redacción CC 05-03-2026




