Por: Fernando Luis Egaña…
Gente muy calificada, dentro y fuera del país, sostienen que el único camino que Venezuela tiene por delante es el diálogo político. Puede que teóricamente tengan razón, o por lo menos algo de razón. Pero en la práctica de lo hechos, no. Y ello por un motivo elemental: para que haya diálogo hacen faltan dos, y los principales jefes de la hegemonía no se cansan de repetir que no quieren saber nada de la posibilidad de un diálogo con la oposición.
En tales condiciones, ¿cómo se puede estructurar un diálogo efectivo? Eso es imposible, repito, en tales condiciones. La plataforma unitaria sí está dispuesta al diálogo. Lo ha evidenciado muchas veces. Incluso de manera precipitada, en determinada oportunidad. Pero lo cierto del caso, es que nunca ha estado cerrada al diálogo, ni podría estarlo, porque su esencia democrática es inseparable del concepto y la práctica del diálogo.
En el caso de la hegemonía que aún impera en el país, la cosa es distinta. El diálogo es un instrumento de propaganda, al que se apela o se descarta según las conveniencias. No tiene valor en sí mismo, sino en cuanto pueda colaborar con el continuismo. No darse cuenta de ello, a estas alturas, es una soberana tontería, o una expresión de mala voluntad, o una manifestación de desconocimiento alarmante sobre la realidad venezolana.
El 6-D confirmó que en Venezuela ya se había producido un cambio de fondo en las opiniones y actitudes políticas del grueso de la población. Y ahora correspondería que dicho cambio se reflejara en la configuración del poder. La integración de la nueva Asamblea es un paso de gran importancia en ese sentido, pero hay que hacer respetar la voluntad popular. La hegemonía está empeñada en irrespetarla, entre otras razones, porque desprecia el diálogo y también desprecia a quienes de buena fe lo proponen.
Esto no es nuevo. Al contrario. Es el patrón de largos años de despotismo y depredación. Un diálogo efectivo significa reconocer que otros tienen el poder de contrapesar, de influir decisivamente, de impedir que se pueda hacer lo que me da la gana. Y en ello no quieren transigir los jefes principales de la hegemonía. Y no tanto por consideraciones ideológicas sino porque se niegan a cualquier tipo de control que abra una brecha en su –hasta ahora—asegurada impunidad. El diálogo es indispensable para la reconstrucción de Venezuela. Pero más indispensable es superar la hegemonía.
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