La jornada del miércoles fue agotadora. Quizás era el momento de tomar una siesta en el tren de regreso a la estación de San Miguelito. Para conciliar el sueño, desconectó el teléfono, pues eso permitiría que nada ni nadie interrumpiera su viaje de un poco más de cuarenta y cinco minutos desde Nuevo Tocumen.
Coordinar el despliegue de cuarenta encuestadores en cuatro paradas de autobús, durante dos turnos continuos de siete horas, no representaba una gran complejidad. Lo difícil sería lidiar con las altas temperaturas del verano panameño y con una humedad que literalmente empapaba.
Esa mañana le tocó apoyar el inicio de los conteos de pasajeros en la zona paga de Pedregal. Aunque la mañana estaba fresca, la temperatura se elevó cuando tres de los cuatro encuestadores llegaron con más de cincuenta minutos de retraso. Se debía mantener la cordura y la calma porque, de no asumirlo así, los cinco días restantes iban a ser un verdadero calvario.
Apenas encendió el teléfono en San Miguelito, este empezó a colapsar por la cantidad de mensajes y llamadas perdidas. De todos los mensajes, hubo uno que requirió atención prioritaria: era sobre el grupo asignado al centro comercial El Dorado. Allí, un técnico de la empresa consultora se hizo pasar por usuario de MiBus y quedó sorprendido, pero, en especial, aterrado cuando la chica que le aplicó la encuesta de calidad del servicio dudó tanto durante la consulta que parecía estar leyendo las preguntas en sánscrito o arameo.
Las alarmas se dispararon, aunque no era algo que no pudiera manejarse con estrategias como las del mejor maestro ajedrecista en el torneo más importante de su carrera.
Mientras el sol del mediodía se posicionaba en el cénit del firmamento panameño y el tráfico empezaba a colapsar la avenida Ricardo J. Alfaro, aprovechó la cercanía de un supermercado para comprar agua y frutas para sus «pupilos». Estos recibieron las manzanas y las peras con tal entusiasmo que casi olvidaron lavarlas antes de darles el primer mordisco.
De nuevo, el teléfono empezó a «vibrar». Esta vez no fue para lanzar una alerta, sino para recordarle que debía tomarse la pastilla contra la acidez estomacal.
En la parada de Cerro Viento, el andén parecía un «gallinero». No se podía dejar pasar la oportunidad de aplicar encuestas de emisión y de calidad a los indefensos usuarios, que debían esperar durante más de cuarenta minutos.
Una llamada por WhatsApp iluminó la pantalla del viejo Samsung. Esta vez eran los técnicos informáticos, quienes anunciaban que, si en El Dorado pasaban más de cinco minutos sin contabilizar pasajeros, el estudio de ese jueves debía repetirse. ¿Quién era el responsable? Resultó ser la misma chica que no aprendió arameo en la escuela. La solución: decirle que se quedara en casa a descansar «permanentemente» durante los siguientes cinco días.
Para algunos, esa decisión representaba dureza, pero para el coordinador de campo solo fue un movimiento más de ajedrez, porque la impericia y la actitud desenfadada de una persona podrían afectar la labor de aquellos que sí se habían levantado a las tres de la madrugada para llegar a tiempo desde La Chorrera.
Ese ánimo y ese espíritu son los que hacen del panameño una persona comprometida con emprender todos los días por su amada tierra istmeña.
El tren se dirigía al metro de Villa Zaíta. Sería otra oportunidad para dormir, pero decidió emplear el tiempo en armar la hoja de ruta del viernes y compartirla más temprano con sus supervisores.
El día presagiaba un gran movimiento de pasajeros en MiBus y en el metro. Por eso, decidió «caer» de imprevisto para inspeccionar el desempeño de su equipo. Su sorpresa fue mayúscula cuando comprobó que sus encuestadores hacían un baile para TikTok. La solución no fue difícil de encontrar: pedirles a los bailarines que hicieran un «en vivo» desde sus casas durante los últimos tres días de trabajo o que aprendieran arameo con Duolingo.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
29 de septiembre del 2026


