Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego

(Juan 9, 1-41)

Antes de esta acción de Jesús, la de hacer un milagro empleando un medio físico, descrita por el evangelista Juan en este IV domingo del tiempo de cuaresma, Él había dicho:

“Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo”.

Después de estas palabras y la descripción de tal acción, Jesús le ordena al ciego de nacimiento:

“Ve a lavarte en la piscina de Siloé”.

Lo que menos quiso Jesús, —nótese al respecto con diligente meditación la seriedad de las dos declaraciones citadas—, fue convertir al “ciego de nacimiento” en objeto de curiosidad.

Su sanación, respaldada también con su obediente y activa participación, “él fue, se lavó y volvió con vista”, les muestra a todos quienes inquirían inquisitivamente su curación, que, como escribe Víctor Hugo, “la claridad del cielo inunda aquellos a quienes abandona la claridad de la tierra” (2006, p. 288).

Por consiguiente, en ese hombre sucedió lo declarado por Jesús, “mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo”, y esto recalca la intervención de Él MISMO consagrada al cuidado del otro; en efecto, el versículo-título de esta reflexión aclara:

“Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego”.

Estas palabras no evocan una imagen acorde con una caricatura, que Jesús deseó conseguir.

Él no fabrica a ese hombre, al contrario, en dicha acción, —escupir, hacer lodo, aplicarlo en los ojos—, encausa al acto creador en el cual Dios toma barro con sus manos, crea al hombre y le sopla en su nariz aliento de vida (cf. Gn, 2, 7).

Tal acción, (quizá genere un poco de repulsión), nos lleva a entender con más profundidad la congoja del invidente congénito, y esa posible repulsión, apoyados en esta frase paulina, “todo lo que es iluminado por la luz se convierte en luz”, se nos transforma en el motivo por el que intuimos que de ningún modo la enfermedad improvisa la sanación; sino cómo en ella la exactitud de Jesús es la bondad, y en ésta, confieso, Él es exacto. En esa bondad reside su perfección, una certeza que resalta cuando el Señor, al guiar a Samuel en la elección de un rey entre los hijos de Jesé para Israel, manifiesta:

“Yo no juzgo como juzga el hombre”.

Referencia:

Hugo, V. (2006).  Los miserables. Tomo I. Caracas, Venezuela: Fundación Editorial El perro y la rana.

15-03-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com