(Mateot 5, 6)

Como título de esta reflexión he elegido la cuarta bienaventuranza, pronunciada por Jesús y escrita por Mateo, pensando en el pueblo de Venezuela que ama la justicia, quiere seguir secundándola en sus trabajos y pedir a los injustos que vuelvan a ella o le rindan cuentas. Es decir, luchamos por la justicia y la bondad sin ficciones ni encubrimientos que debiliten su fuerza, o que inciten o compren en silencio el mal ejemplo.

Jesús cita la palabra «justicia» y con esta —según el contexto de la cuarta bienaventuranza— nos indica que nuestras acciones, hasta las más magnánimas, han de estar subordinadas a ella. Por eso, adjudicarle otros nombres (cuestión técnica, formalismo) para sustituirla es como llorar o tener hambre y sed por nada. Muchos de nuestros hermanos y hermanas venezolanos están hambrientos y sedientos de un trato equilibrado, ecuánime, no excluyente y no paternalista; pues, aun en los gestos de consuelo y compasión, conviene transparentarles efectivamente que lo justo, lo bueno, lo verdadero y lo hermoso no están perdidos.

Cristo, con esta bienaventuranza —por eso alude al hambre y a la sed—, busca cada vez más hombres y mujeres de ánimos esforzados. No nos engañemos: hagamos que hombres, mujeres, niños, adolescentes y jóvenes caminen bien por la vida, habiendo aprendido no solo a poner un pie delante del otro, sino también a quejarse menos y a desarrollar con fuerza propósitos viables que los capaciten para conducirse. Que no sacrifiquen más trabajo, fatiga, sudor, luchas y expectativas a un porvenir incierto; la justicia no nos carga de cadenas ni nos hace miserables, porque no nos prepara para una época remota o fantasiosa que nunca disfrutaremos.

El Maestro de Nazaret habla de hambre y sed, dos necesidades íntimas y profundamente ligadas a nuestro organismo. Así, la analogía de ambas con la esencia de la justicia nos señala que no nos limitamos a calcular una vaga probabilidad de acercarnos a su sustancia; la justicia reside y existe en esa hambre y sed humanas, no en la incertidumbre o la perplejidad. No digamos, entonces, que son poquísimos los venezolanos y venezolanas que llegan a vivirla y a sacudirse, en razón de ella, el yugo insoportable de las injusticias —incluso las que parecen pasar inadvertidas en las instituciones y en las familias—, no para volvérselo a cargar sobre los propios hombros o sobre los del prójimo.

Jesucristo nos enseña que la genuina justicia, la que no arrea ni sometimiento impone, nos impele a no morir sin haberla gozado —porque también es alegre y esperanzadora— en esta, nuestra vida. Las injusticias nos despojan de nosotros mismos para que aparezca el monstruo; pero Jesús, buen maestro y pastor, de ningún modo nos traslada adonde no pertenecemos ni adonde nunca seremos, pues «somos hijos de Dios» (1 Jn 3, 1-3) y, desde luego: «Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados».

Feliz día de Todos los Santos. Virgen del Carmen, sé siempre nuestra madre y guía hacia el corazón de Jesucristo, Señor Nuestro.

01-11-2026

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com