Dios los habrá resucitado

(Lucas 20, 27-38)

En lo tocante a la resurrección con firmeza de fe escuchamos: “Desde el cielo te hizo oír su voz” (Nm 4, 36).

Esta voz le inspira decir a Pablo estas expresiones: “consuelo eterno”, “feliz esperanza”.

Por eso, la resurrección es para nosotros irreductible a una disciplina o a una historia abreviada.

Ella pide no una fe uniforme, sino sustentada en la realidad inagotable del misterio del Hijo del Dios vivo: vida, obra, pasión, muerte, resurrección, gloria.

En esta vida, le dice Jesús a los Saduceos, partidarios de una fe de privilegios materialistas, hombres y mujeres se casan. Ellos pretendían hacerlo caer en la trampa de una definición de la resurrección cual problemática anterior y posterior marcada por una unilateralidad absolutista que ponía exclusivamente en sus ideas el servicio del poder de Dios y además el medio de mantenerlo.

En efecto, el Señor les subraya: “en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir”.

Para confesar esta verdad hombres y mujeres podemos servirnos del arte, de la técnica, de la ciencia. Son elementos que encontramos en el ejercicio cotidiano de la genuina piedad y en la oportunidad inaplazable de las buenas obras.

Al respecto, releamos estos renglones del Salmo 16: “Mis pies en tus caminos se mantuvieron firmes, no tembló mi pisada”, pues, profunda y honestamente queremos ser juzgados dignos de la vida futura.

Esos elementos, arte, técnica, ciencia, no nos ofuscan ni nos dejan embelesados, al modo saduceo, con la materialidad de sus avances, cuando la resurrección no la entendemos al margen de nuestra vida, sino que ilumina su realidad y le origina la faena de la auténtica esperanza; de hecho, el segundo de los hermanos arrestados y mandados a sacrificar por orden del rey Antíoco Epífanes, exclamó: “el rey del universo nos resucitará a una vida eterna, puesto que morimos por fidelidad a sus leyes”.

Para Dios no hay exclusividad de personas; para ÉL los 144.000 (cf. Ap 7, 4) no son los únicos en salvarse; más bien esa cifra alude a la totalidad, pues, el mismo Señor nuestro, Jesucristo, y nuestro Padre Dios, confortan y disponen los corazones para “toda clase de obras buenas y buenas palabras”.

Con esto hombres y mujeres están al servicio de la resurrección que Cristo les ofrece, y, a la vez les alerta de las tendencias de tipo utilitario que intentan justificar artística, tecnológica, científicamente, la desesperanza.

Jesús, sin duda, nos posibilita fraguar autoconciencia de su insustituible mensaje:

“Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob”.

09-11-25

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com