Dios también lo glorificará en sí mismo

(Juan 13, 32)

El evangelio de este domingo ambientado en el Cenáculo de Jerusalén, al cual han llamado el último testamento de Jesús o su última voluntad en la vida terrena, del cual extraigo el versículo de esta reflexión, Dios también lo glorificará en sí mismo, es, en esencia, un llamado de Jesús a profundizar y considerar a Dios en sí y por sí, pero de ningún modo separado de él, pues por medio del Hijo nosotros entramos en contacto con quien, como entona el salmista, «es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar» (Salmo 144).

Este párrafo no nos incentiva a conjeturar acerca de los secretos de la conciencia de Dios y del prójimo, más bien unido al versículo central de esta reflexión subraya el convite a la participación de su felicidad, sentidamente procurada en amarle y conocerle, ya que, en ambas acciones, nosotros creados a imagen y semejanza suya, afirmamos que nos ha dado un crédito casi indeterminado de participación en su poder creador.

Por ende, de Jesús, de ninguna manera escuchamos fórmulas monótonamente abstractas e ineficaces sobre la reciprocidad de la inalienable naturaleza del amor, sino este ofrecimiento aderezado en el testimonio de quien al ser humano ha sabido preferir primero y sin favoritismos, —nótese al respecto el tenor de la estrofa citada del Salmo 144—, o sea: les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado.

En este sentido, en el discurso ofrecido al mundo por León XIV, al momento siguiente de su elección, atinamos una razón al fanatismo y al fatalismo irredento, los cuales impulsan a substituir la caridad y proponer aquella planificada por quienes procuran del ser humano un comportamiento automático.

En efecto, con su loa a la Paz del Resucitado, enfatizó: Dios nos ama a todos, el mal no prevalecerá. Estamos todos en las manos de Dios.

Estas palabras además convocan a evitar el dualismo entre una paz espiritual y una paz social; tal dualismo es alienación; por lo tanto, más bien queremos que Cristo esté íntimamente identificado con nosotros, que el Unum Corpus de Cristo se perpetúe en nosotros, que su mandamiento crezca en el respaldo del yo en nosotros; así, su cordial imperativo, condición esencial del texto que marca su despedida, en tal sentido posee y denota una vigencia siempre reciente e ineludible: y por este amor [de los unos a los otros] reconocerán todos que ustedes son mis discípulos.

Este cordial imperativo junto a la continuidad de la misión eclesial y social del legado del Papa Francisco en su inmediato sucesor León XIV, no ha de encontrar en nosotros hombres y mujeres tan débiles, tan perezosos y tan miedosos cuando se trata de darle vida y cumplimiento.

De hecho, en la Iglesia encontramos la realización de estas palabras de la gran voz venida del cielo, registrada por Juan en la segunda lectura (Ap 21, 1-5): Esta es la morada de Dios con los hombres; vivirá con ellos como su Dios y ellos serán su pueblo.

17-05-25

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

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