Una vela encendida en la penumbra del último apagón de Semana Santa nos pide conciencia renovada de la Pascua y su significado.
La Resurrección que celebramos no es el acto de un show de magia, no es un evento aislado, maravilloso por sí mismo: tiene lugar en una historia que, rememorada en días pasados, reúne elementos capaces de suscitar el más negro pesimismo.
Como repito en entregas previas, todo parece el aparatoso fracaso de un ambicioso e impotente candidato a redentor. Se cuentan por miles quienes así lo ven.
Porque la Historia de la Salvación, llegando a su hito más importante en un domingo que reactualizamos hoy, es la paradoja de las paradojas. En un mundo que, sin ser irracional escapa a los límites de la razón humana, nos encontramos, como he leído en un titular de ayer, ante «el sepulcro más venerado en la tierra, precisamente porque nadie está enterrado en él». Ese sepulcro vacío es el desmentido a quienes quieren hacernos creer que el mal tiene la última palabra.
Por ello no es ingenuidad pueril decir «Feliz Pascua, el Señor ha resucitado», aunque el mundo – específicamente este sector que llamamos Venezuela – exhiba los males que sufrimos. En nuestro contexto, decir Feliz Pascua es decir: no nos quedemos en el sepulcro, el Señor resucitó y, con Él, la esperanza pujante, bravía, resistente, aunque sea abofeteada, burlada y violentada por quien cree haber logrado todo el poder.
No solamente a los oprimidos, depauperados, desconsolados, sino para quienes enfrentan dificultades en su hogar, su lecho de enfermo, o su trabajo, el mensaje de la Pascua es claro: «!No teman, ha resucitado!»
Que esta alegría de la esperanza activa, fértil, invencible, permanezca con nosotros más allá de este domingo, en el seguimiento a Aquél que dio todo por nosotros sin detenerse siquiera en la frontera de la muerte. Su memoria sea nuestra dicha. Feliz Pascua.
Bernardo Moncada Cárdenas


