(Juan 20, 1-9)
Este comentario, “los dos iban corriendo juntos”, encabezamiento de la reflexión de este domingo de Resurrección, lo detalla Juan de Pedro y “el otro discípulo”, que seguramente se trataba del mismo evangelista.
Durante su vida pública, en dos distintos momentos, aproximadamente entre los años 27 y 30, Jesús envía a sus discípulos de “dos en dos”. El primer envío acontece en el apogeo de su ministerio en Galilea (cf. Mc 6, 7). El segundo está generalmente asociado con su viaje final hacia Jerusalén (cf. Lc 10, 1).
Ahora, en el hecho de salir corriendo los “dos”, Simón Pedro y “el otro discípulo”, luego de escuchar la buena noticia trasmitida por María Magdalena, a la cual no le dieron crédito pues en el siglo I d.C. el testimonio de una mujer sobre eventos transcendentales era desestimado, significa, con mucho parentesco al envío de “dos en dos”, la máxima responsabilidad moral, espiritual, para no transformar la noticia en un caos de eventos azarosos, o apoyar el acontecimiento cual mera demostración mediante la lógica pura, y no mediante el testimonio.
Ambos corren a prisa, y constatan en la tumba una prenda bien doblada. Entonces, si alguien hubiese robado el cuerpo no se habría tomado el tiempo para afinar de tal modo dicho pormenor, y, además, ese insignificante detalle, descrito por uno de los testigos oculares, revela cual prueba silenciosa que le muerte ha sido vencida con apacibilidad, no con violencia.
El evangelio dice, “el otro discípulo” llegó y se abstuvo de entrar a la tumba; pero, de Pedro indica, “llegó y entró”.
Esto en realidad refleja la comunión eclesiástica, a la que le es altamente prioritario para su vitalidad y misión, el respeto por la autoridad jerárquica, Pedro, y la primacía de la moción espiritual, Juan.
Por ende, al igual que Juan, mostremos un sincero y profundo respeto hacia Pedro, el corifeo, empleando esta voz afín a la patrística griega, que lidera la comunión y habla en nombre de todos. Hoy, ostentemos dicho respeto hacia quien es considerado el vicario de Cristo en la Iglesia y el orbe, es decir, el Papa León XIV.
Ahora bien, en el reconocimiento de la autoridad, por encima de todo servicial, no la de excusados en ella para hacer predominar sus caprichos, conviene una sucinta interpretación relacionada a la progresión de la visión.
Al respecto, notemos el significado de estos tres verbos griegos utilizados por Juan:
- Blepei (v.1), traduce un ver somero; aquel con el que solamente registramos un hecho físico (la piedra movida);
- Theorei (v.6), un ver espectador, metódico, como el de Pedro mirando las vendas; y,
- Eiden (v.8), el ver del discípulo amado, o sea, el ver que denota “comprender”.
En este contexto, “la progresión del ver” nos conduce a esta breve sentencia, “vio y creyó”. Desde luego, la fe no es privación de evidencia, sino la correcta interpretación de los signos. La tumba vacía es signo de la ausencia, porque la fe es el reconocimiento, “vio y creyó”, que llena ese vacío con la presencia de Dios. Quien ama y cree, entiende más rápido.
Por consiguiente, retorno al “sudario doblado”, y veo y comprendo que, como le sucedió a María Magdalena, a Pedro, a Juan, en medio del shock, encontramos un orden que sugiere la verdad real de un propósito, el cual reduce en parte la ansiedad producida por el caos. Y en ello no olvidemos que, “los dos iban corriendo juntos”.
05-04-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com




