Por: Angélica Villamizar…
Hace dos años, el 28 de julio de 2024, millones de venezolanos acudimos a las urnas en una jornada que quedó grabada en la memoria colectiva. Pero hubo un grupo que le dio un significado especialmente profundo a aquellos comicios, los jóvenes que votaban por primera vez. Aquellos que, como mi hijo mayor, con apenas sus 18 años recién cumplidos, se acercaron a la mesa electoral, nerviosos y emocionados pero con la convicción de dar ese granito de arena al país. Este año, al cumplirse el segundo aniversario de esa cita con la democracia, vale la pena preguntarse: ¿qué fue de esa esperanza?
Cuando la revolución llegó al poder hace más de 25 años, muchos de estos jóvenes ni siquiera habían nacido. Crecieron en un país que ya no era el de sus padres, marcado por la crisis económica, la escasez y la emigración masiva. Muchos de ellos decían en las largas colas para poder ejercer su derecho al sufragio por primera vez, que era súper emotivo darle su granito de arena al país que tanto les ha dado, con la fe de tener otra Venezuela nueva, vivir en libertad, democracia, que toda las familias vuelvan. Esa frase encierra el anhelo profundo de toda una generación, de poder quedarse.
Porque ese es el dilema que ha perseguido a los jóvenes venezolanos durante más de una década, ante la falta de oportunidades, la imposibilidad de ejercer sus profesiones y la dificultad de construir un hogar en su propia tierra, la emigración se ha convertido en la única salida para millones.
La agencia de Naciones Unidas para los refugiados (ACNUR) ha documentado que más de 7,7 millones de personas han dejado el país. Detrás de cada una de esas cifras hay un proyecto de vida truncado, una familia separada, un futuro que tuvo que escribirse en otro idioma y en otro suelo.
El 28 de julio de 2024 fue, para muchos jóvenes, el intento de cambiar esa narrativa, la mayoría de ellos que trabajan para costear sus gastos y no pueden estudiar, acudieron a votar con la esperanza de que las cosas cambien, de tener esperanza por una vida mejor, un futuro mejor, deseando tener un país de oportunidades y una mejor calidad de vida.
Lo que esos jóvenes buscaban, y siguen buscando, no es un favor ni una concesión, es algo mucho más básico, un país donde la institucionalidad sea respetada, donde el esfuerzo y el mérito profesional abran puertas, no donde los apellidos o las afinidades políticas determinen el destino de cada quien. Donde un recién graduado pueda ejercer su profesión sin tener que mirar hacia el exterior en busca de un salario digno. Donde una estudiante pueda imaginar su vida adulta en la misma ciudad donde creció, y no en un aeropuerto con una maleta y un destino incierto.
Dos años después, el escenario sigue siendo incierto; la esperanza que encendió aquella jornada electoral no se ha apagado del todo, pero se ha enfrentado a la dura realidad de un sistema que no ha dado señales claras de querer abrirse a la transparencia y al cambio. Los jóvenes que votaron por primera vez en 2024 hoy tienen dos años más. Algunos ya se habrán ido, otros seguirán esperando, pero todos, sin excepción, merecen algo mejor.
Porque un país que no es capaz de ofrecer a sus jóvenes un presente digno y un futuro prometedor está condenándose a sí mismo. La Venezuela que esos soñadores imaginaron el 28 de julio de 2024, sigue siendo una deuda pendiente. Que el segundo aniversario de aquellas elecciones no sea solo una fecha en el calendario, sino un recordatorio de que esa generación merece que su voto, su esperanza y su futuro no hayan sido en vano.
30-07-2026 (179-2026)
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