Los rayos del sol en su máximo esplendor, el camino como un espejismo desvaneciéndose, mientras emanaba ondas de calor por efecto de la luz sobre el asfalto.
Por instantes, la vía parecía conducir hacia las aguas turquesas del Mar Caribe, y un par de cabras hacían su mejor esfuerzo para alcanzar las suculentas hojas de un árbol que, sin duda, cobijó a los viajeros que se trasladaban entre Coro y la Península de Paraguaná (Falcón-Venezuela), mucho antes de la existencia de la carretera nacional.
Avisos descoloridos por los avatares del tiempo indicaban las playas favoritas de surfistas y kitesurfistas, tanto locales como extranjeros. En el horizonte se divisaban los diestros atletas que, literalmente, “cabalgaban” las olas, sin que les preocupara lo impetuoso del mar o el sol del mediodía.
El camino se abría paso entre dunas que estaban en constante movimiento por efecto del viento, las cuales no llegaban a tener una posición o forma definidas; por eso, cuando los viajeros se dispusieron a fotografiar el paisaje, ya se habían esfumado.
La curiosidad por ascender a lo que parecía ser la cima de una duna no se hizo esperar; había que intentarlo antes de que los vientos arreciaran. La textura y la temperatura de la arena invitaban a apresurar las zancadas para no quedar sepultados hasta las rodillas; el esfuerzo valió la pena, aunque para una futura ocasión mantendrían la boca cerrada.
El firmamento, totalmente despejado de nubes, fue el escenario perfecto para que bandadas de gaviotas y pelícanos se lucieran con sutiles coreografías de vuelo. De forma sincronizada, intercambiaron posiciones, evitando que los individuos que estaban momentáneamente al frente del grupo se desgastaran por su rol de “rompe vientos”; pura y dura aerodinámica natural. Estas maravillosas aves llegan a su destino por el esfuerzo en conjunto.
Cuando parecía que la naturaleza no tendría algo más para presumir y sorprender, a orillas del mar había decenas de lagunas repletas de flamencos, quienes, con la cabeza sumergida y removiendo la arena con sus picos y patas, buscaban sin descanso peces y crustáceos prisioneros por efectos de la marea baja.
Todo el recorrido estuvo enmarcado por los matices del cielo, del mar, de las dunas, de los cactus y de los árboles que se han adaptado a la escasez de agua y la intensidad del sol.
Justo antes de llegar al destino, fue necesario parar a refrescarse en un vetusto quiosco de caña y palmera. Los simpáticos dueños ofrecían agua de coco, dulces elaborados con leche de cabra y una bebida destilada en alambiques clandestinos, que, según ellos, hasta podría ser útil en caso de que el vehículo se quedara sin combustible.
La osadía de los viajeros se puso a prueba ese día, porque, después de dos tragos, preguntaron dónde podrían conseguir unas tablas de surf.
El atardecer en la playa fue el mejor cierre de la jornada; mientras el sol se ocultaba en el horizonte, las olas rompían sin ímpetu en la orilla, el viento transportaba una melodiosa sinfonía marina y los pelícanos se lanzaban en picada sobre el mar en procura de la cena.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
3 de marzo del 2026
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