Crónicas y Caminos

Por: Ramón Sosa Pérez

Mi cercanía con el populoso sector de la urbe andina me sitúa de bocas a mano con una historia familiar en la cotidianidad siempre renovada de un lugar proclive a tutelar vivos sus orígenes, por demás expresivos. En 2018, cuando el vecindario celebró 60 años de fundado, me invitaron a la franca tertulia como disertante en el Barrio 23 de enero de Mérida.

En las semanas precedentes hurgué archivos y confidencias logradas en años que tengo de pláticas hasta hilar una historia que los retrata tal cual, sin alterar su presencia vital en la ciudad moderna. El sector 23 de enero fue creado ex profeso por varias familias que en secuela del derrocamiento del dictador Pérez Jiménez, tomaron los terrenos municipales.

El predio ejidal estaba en inutilidad en una ya larga espera para ser ocupados por un convenio entre la Universidad y el ayuntamiento, que en la perpetuidad palaciega de la burocracia preveía levantar un complejo habitacional que no cristalizaba y en complemento funcionarían las sedes del Colegio de Ingenieros y Colegio Médico, como sí ocurrió.

Lindante con la vía que otrora fue posesión y estancia de algunos hijosdalgo citadinos se fundaron ahora varias familias de la emergente clase media merideña como Mario Spinetti Berti, Pedro Rincón Gutiérrez, Pedro Pulido Hernández, Manuel Mujica Millán, Pedro Nicolás Tablante, Manuel Padilla y Valeriano Diez y Riega, por citar los de mayor memoria. 

Fijadas las asignaciones, otras familias con carencia de vivienda tomaron el predio sobrante y a sus expensas y sacrificios, edificaron modestos domicilios. En el recuerdo retenemos a Yolanda y Elio Plaza, María Quintero, Luis Hernández El Turpial, Cristina Espinoza, Adelas Santiago, Martín, Alberto Albornoz, Víctor Paredes y los Osorio Paredes, entre tantos.

Sucesos y aprietos de diversa índole hubo pero por encima de las dificultades, emergió a todo evento una comunidad batalladora, con temple y afán, que bien pronto dieron de qué hablar por su espíritu gregario, consolidado en la búsqueda incesante de mejores condiciones y calidad de vida desde cada amanecer y apoyados en la lucha popular.

Asimilaron un aura de animosa fortaleza social con pertinencia hacia lo comunitario, por encima del interés personal, lo que se tradujo en semillero de ideas que extrapolaron su experiencia al terreno político con resultados dignos de debate por sus provechos al sector de marras que comenzó a llamarse Barrio 23 de enero, en alusión a su propia génesis. 

Había que hacerlo todo y a ello se abocaron los vecinos de la comunidad, enfocándose en un listado de necesidades elementales. A poco fueron llegando los recursos, fraguados desde el voluntariado popular que brotaba espontáneo de la barriada: Dispensario Médico, Capilla Comunitaria, Escuela de Alfabetización y Centro Comunitario Integral. 

La Organización del Voluntariado Vecinal, nacido en el Barrio 23 de enero, fue un modelo para la ciudad y de manera sucesiva siempre hubo agradecimiento en lo institucional para quienes desde el gobierno municipal y estadal dieron aportes a su fomento y desarrollo, acogiendo los planes. Escuchando, proponiendo y ejecutando sin demagogia.

Los vecinos coinciden en reconocer la hechura urbanística desde la gestión municipal del Dr. Jesús Rondón Nucete, dotándolos de acueducto, electricidad, disposición de aguas servidas y sustitución de techos en las viviendas, además de la propuesta de levantar viviendas en 2 niveles o torres que facilitaran mayor acceso habitacional y mejor atención oficial.

Paradójicamente, los mismos favorecidos universitarios que en los albores de la ocupación de los terrenos por el grupo de familias que decidieron ubicarse allí en el Barrio 23 de enero, los instaban ahora para que no aceptaran el proyecto citado en previsión de que les quitaran sus feudos. El verdadero interés era otro y la iniciativa municipal se truncó esta vez.

Lo del cambio de nombre en el Barrio 23 de enero por Barrio Gonzalo Picón es historia que vale recordarse sin rubor. Unas señoras de la novel sociedad universitaria, que habitaban el sector por las razones dichas ut supra, sentían escozor al ver que su espacio era asociado al nombre de un lugar de frecuencia libertina o zona de tolerancia en la panamericana.

El razonamiento, hecho con un dejo de ojeriza y sancionado con otro tanto de picardía, trocó el nombre con un resultado positivo y práctico por cuanto reivindicó el espacio físico para honrar al escritor nativista, ensayista y meritorio ciudadano Dr. Gonzalo Picón Febres, coetáneo y primo hermano de Don Tulio Febres Cordero. Honrar honra.

01-03-2026