Por: Rosalba Castillo R….
Recientemente hablamos del día del amor para exaltar las bondades que nos ofrece, pues no solo nuestro corazón se hace feliz, sino también alimentamos nuestro sistema inmune cuando estamos enamorados. Ojalá en nuestras escuelas recibiéramos clases sobre el manejo de las emociones. A Eros lo construimos día a día, desde sus inicios hasta su fin. Y es que, en ocasiones, el sentimiento se viste con diferentes trajes hasta llegar a mostrarse tan violento como puede ser. Andamos por sus caminos, desconociendo quien nos acompaña, al igual que hasta dónde puede conducirnos sus pasiones. Y quien nos maltrató, antes nos abrazó. Confundimos a la violencia como un ingrediente del amor.
El afecto en tiempos de pandemia se ha exacerbado, incluso queriendo demostrárselo hasta después de la muerte. El maltrato es un virus silencioso que no hace alto con las crisis, sino todo lo contrario. La situación país junto con el confinamiento, ha sacado lo mejor y lo peor de nosotros. Las emociones se mueven en el día a día de la convivencia y los enfrentamientos se hacen inevitables entre las parejas y la familia, de no establecer una manera armónica de llevarlos.
La violencia de género se instala sigilosamente en nuestras relaciones, sin darnos cuenta de su escalada. Antes de un feminicidio, hubo presiones de tipo psicológico, así como la invasión del espacio privado, la agresión verbal, el control sobre el otro, el humor sexista, la humillación, el aislamiento, el culpabilizar, el insulto, el maltrato físico y finalmente la muerte. Hemos normalizado situaciones de maltrato, desconociéndolas que lo son. En días de tecnología, el ciberacoso nos abruma ya que sus huellas no siempre son visibles, pero no están ocultas están allí. Viralización de contenido sexual, amenazas, chantajes, persecución, desvalorización, en nombre del amor, son vistos a través de las diferentes plataformas y son motivos de denuncia ante las autoridades, pero por sobre todo son signos del inicio de estados pasivos de violencia contra las mujeres, hombres, adolescentes, niños, adultos mayores.
Muchos gobiernos han tenido respuestas rápidas frente a la violencia de género, atendiendo denuncias y abriendo espacios para albergar a quienes son vulnerables al maltrato físico o psicológico. Sin embargo, los esfuerzos han sido insuficientes. En la actualidad se han diseñado aprobado múltiples leyes para atender los casos, pero los procesos terminan en países como el nuestro en el olvido o en situaciones que han podido evitarse. Se hace necesario que tantos padres, familiares, amigos, docentes y el estado visualicen este virus que está contagiando sin vacuna. Las plataformas están mostrando las maneras en que la violencia se está haciendo viral en nuestra sociedad, pero en ocasiones convivimos con ella sin darnos cuenta. Un buen manejo de emociones en el ámbito familiar se constituye en el mejor ejemplo para niños y adolescentes frente a cómo resolver esta crisis. Es de gran impacto cómo los adultos resuelven sus conflictos y mantienen la calma amablemente, desde el amor.
Educar emocionalmente, empodera a las personas. Nos hace reconocer nuestros valores y aumenta la estima, creando seguridad y confianza. Dejar de hablar de princesas y príncipes en un mundo de mujeres y hombres reales, hace que los niveles de frustración nos ayuden en momentos complejos, como las que siempre tendremos que enfrentar. Debemos partir de conversaciones diarias para construir la empatía que necesitamos con nuestros seres cercanos. Comunicarnos activamente siempre desde el afecto, nunca desde el miedo. Ese miedo que se siembra en niños y adolescentes tendrá un impacto negativo más adelante y puede acompañarnos a lo largo de nuestras vidas. El empoderamiento de niños y mujeres conduce a la construcción de estructuras psicológicas más fuertes y de validación a sí mismas, evitando aceptar situaciones de maltrato posteriores.
Cuando una mujer o un hombre comparten su historia de violencia está dando el primer paso hacia para romper el ciclo del maltrato. Por eso es importante escucharlos y sobre todo apoyarlos en el proceso. Ni el lugar, ni la ropa, ni la actitud de las féminas, son indicadores de aprobación de hechos violentos por parte de los actores. En ocasiones somos las mismas mujeres quienes defendemos a los agresores. La sororidad entre mujeres hace que nos sintamos acompañadas, en lugar de excluidas. Se hace necesario por parte de las autoridades, el diseño de programa de apoyo para situaciones de violencia. Crear líneas telefónicas o virtuales para la denuncia consciente de casos, la construcción de espacios de alojamientos, asesoramientos legales y terapias psicológicas, pero por sobre todo crear programas de prevención, empoderamiento y del manejo de emociones.
Detrás de cada agresión hay un gran miedo.
rosaltillo@yahoo.com
19 02 2022




