En realidad, el ateo riñe con un Ser fuerte y activo.
Fuerte, porque con el ateísmo, su exponente lo menos en defender es una especie de mercado de lo religioso o pseudorreligioso; pues, el Ser con el cual “intenta” reñir, es suficientemente fuerte para profundizarlo, y lo esclarecido de él en las teorías ateas demuestra que “no le es absolutamente extraño”.
Activo, porque Él, ni siquiera en tales teorías, espera cómo actúan los demás seres, incluido el hombre, el ateo, el creyente, con el objeto de dar a entender dónde lo necesitan. Por eso, el ateo también necesita “al más fuerte”, el cual Es tanto en él como en los conflictos; él lo intelige así aun cuando la intención es apocarlo con sus nociones; la dureza de las mismas le solicita más atención, ya que en verdad ha de enfrentar sus limitaciones frente a un tema, “el del más fuerte”, inagotable en lo epistemológico.
Nadie ha agotado de evaluar todo lo que le resulta posible. Y en esto, inclusive la casualidad, le causa alguna sorpresa. La casualidad es muda y, sin embargo, inspira ciertas preguntas en el cerebro de su observador. Pero, el ateo no confiesa que el dinamismo de su inteligencia en la producción de “excelentes acciones intelectuales” sea algo indistinguible de un loro cuyos mecanismos biológicos le posibilitan la imitación de estáticos sonidos. Entonces, la casualidad, muda pero generadora de preguntas, le requiere a su expositor —ateo o creyente— procurar permanecer cuerdo para lograr algo de ella, también para reconocer los límites y no hacer demasiado, esto es, no hacer de ella el sustento de los éxitos, más bien uno de los detonantes para alcanzarlos.
En relación a lo expuesto emerge esta pregunta: ¿qué efecto produce el Ser con quien el ateo riñe, en su personalidad? El Ser aquí se le ha denominado “el más fuerte”. Quizás experimente temor y confianza para rebatirlo, y esto le produzca inquietud y serenidad. Una mezcla entre gusto y serenidad. Por eso, experimentando y produciendo tales impresiones en su personalidad, el ateo obtendrá indicaciones importantes, —requiere así “del más fuerte”—, con el objeto de tomar y destapar buenas decisiones, y no únicamente “opiniones”.
El que lucha con el “más fuerte” tiene que ser cuidadoso, evitando la conclusión de buenas decisiones como si esto fuera color de rosa. De ahí que, el “más fuerte” no es el que aniquila el malvado a como lo quiere la mayoría de los hombres, o el que actúa condicionado por los cuestionamientos y reclamos acerca de la eficacia de su poder; pero, algo admirable sobre Él surge ahorita: en la historia ÉL a primera vista no se ha presentado como bueno, sino que, indiscutiblemente y a pesar de la inteligencia y astucia de sus contendores, ha demostrado y demuestra ser bueno de forma duradera. Entonces, he aquí un sucinto esclarecimiento de por qué el ateo, aunque a su modo, busca “el más fuerte”.
05-01-25
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com




