Jesús llegó de Galilea al río Jordán y le pidió a Juan que lo bautizara
(Mateo 3, 13-17)
El versículo elegido para el título de esta reflexión, que instituye una proposición compuesta según la forma de la “conjunción”, porque la “y” vincula lógicamente la primera, “Jesús llegó de Galilea al río Jordán”, a la segunda, “le pidió a Juan que lo bautizara”, nos muestra la primacía del Señor, no únicamente por su palabra, sino además por su humilde y resuelta decisión de acercarse al Bautista como Hijo de Dios, —Niño Dios, tal cual lo festejamos en la alegría de la navidad—, que, como Él mismo acentúa, “no vino a ser servido, sino a servir” (Mt 20, 28).
Ahora bien, así como la conjunción —simbolizada con la letra “y”— une ambas proposiciones simples, también nos sentimos en estrecha unidad afectiva y efectiva con el Padre, quien nos motiva a encarnar su palabra en nuestra historia cotidiana, esto es, en las obras y la coherencia de nuestra vida.
En este sentido, el Espíritu del Señor que guía a la Iglesia, madre y maestra (Juan XXIII) a la plenitud del verdadero conocimiento del Verbo, innegablemente en su regazo nos alimenta y dirige en tal conocimiento, con la escucha de la palabra y la práctica de los sacramentos, primordialmente con el bautismo.
En la búsqueda de la plenitud del verdadero conocimiento del Verbo, él con su obediencia y fidelidad nos alecciona; en efecto, ante la negativa de Juan de bautizarlo recatadamente le ordena y nos ordena:
“Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere”.
Por lo tanto, en este período de la historia preguntémonos: ¿Qué es lo que Dios quiere? ¿Comportarnos exactamente como ÉL?
Frente a estas cuestiones, frente a sus soluciones, leamos y rejuvenezcamos a la luz del Espíritu que mora en la Iglesia Católica, estos estupendos párrafos de Juan Pablo II, en el marco de los 500 años de evangelización de la América Latina, centrados en Isabel, María, inscritos en el documento Santo Domingo emanado de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada del 12 al 28 de octubre de 1992:
«31. “¡Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!” (Lc 1, 45). Estas palabras, que Isabel dirige a María, portadora de Cristo, son aplicables a la Iglesia, de la que la Madre del Redentor es tipo y modelo. ¡Dichosa tú, América, Iglesia de América, portadora de Cristo también, que has recibido el anuncio de la salvación y has creído en “lo que te ha dicho el Señor”! La fe es tu dicha, la fuente de tu alegría. ¡Dichosos vosotros, hombres y mujeres de América Latina, adultos y jóvenes, que habéis conocido al Redentor! Junto con toda la Iglesia, y con María, vosotros podéis decir que el Señor “ha puesto los ojos en la humildad de su sierva” (Lc 1, 48). ¡Dichosos vosotros, los pobres de la tierra, porque ha llegado a vosotros el Reino de Dios!
“Lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. ¡Sé fiel a tu bautismo, reaviva en este centenario la inmensa gracia recibida, vuelve tu corazón y tu mirada al centro, al origen, a Aquel que es fundamento de toda dicha, plenitud de todo! ¡Ábrete a Cristo, acoge el Espíritu, para que en todas tus comunidades tenga lugar un nuevo Pentecostés! Y surgirá de ti una humanidad nueva, dichosa; y experimentarás de nuevo el brazo poderoso del Señor, y “lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. Lo que te ha dicho, América, es su amor por ti, por tus familias, por tus pueblos. Y este amor se cumplirá en ti, y te hallarás de nuevo a ti misma, hallarás tu rostro, “te proclamarán bienaventurada todas las naciones” (Lc 1, 48).
Iglesia de América, el Señor pasa hoy a tu lado. Te llama. En esta hora de gracia, pronuncia de nuevo tu nombre, renueva su alianza contigo. ¡Ojalá escuchases su voz, para que conozcas la dicha verdadera y plena, y entres en su descanso! (cf. Sal 94, 1.11).
Terminemos invocando a María, Estrella de la primera y de la nueva evangelización. A Ella, que siempre esperó, confiamos nuestra esperanza […] Que ella nos ayude a anunciar a su Hijo:
“¡Jesucristo ayer, hoy y siempre!”
Amén». (Santo Domingo, 1992, n. 31, pp. 29-30).
Referencia:
Juan Pablo II, «Discurso inaugural del Santo Padre», Santo Domingo. (1992). TRIPODE ediciones.
11-01-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com


