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viernes, junio 26, 2026

El Big Ben Deportivo: Citados por la gestión de riesgos celestial

Por:  Andrés E. Mora M…

“Ninguno de los dos nació en Mérida pero ambos hicieron de esta hermosa ciudad – cuyo amurallamiento natural constituye uno de los paisajes naturales más impresionantes de nuestra inigualable Venezuela – el lugar elegido para desparramar, hasta el último día de su existencia, su amor, su cariño, su don de gente, su solidaridad, su franqueza, su amistad. Es así como ʻLa Ciudad de las Caballerosʼ se convertiría, entonces, en el terruño adoptivo de este par de individuos especiales”, comenta con voz apagada un apesadumbrado Ingenuo Sinduda.

“¡Así es Ingenuo! En Mérida ese par de excepcionales seres humanos echaron raíces. Primero llegaría desde Caracas – siendo un muchacho aun y con la firme intención de estudiar física en nuestra máxima casa de estudios – el entrañable amigo Jaime Laffaille que, con el tiempo, se transformaría en referencia nacional, en un baluarte de la sismología y ʻdesastrologíaʼ a nivel nacional y regional. Unos cuantos años después – proveniente del viejo continente, específicamente de la ciudad francesa de Montpellier, y con su título de Doctorado en Geofísica (Universidad de Pau et des Pays de l’Adour, Pau, Francia) bajo el brazo – arribaría nuestra muy querida y joven amiga Stéphanie Klarica quien despuntaría por sus prolíficas publicaciones y comunicaciones a congresos a pesar de que la vida sólo le permitiera una corta estadía en el Departamento de Física”, comenta un afligido Elandres Galván quien al igual que Ingenuo es profesor jubilado de la Facultad de Ciencias de la ULA.

“El amor por la tectónica, la pasión por la Sismología y la preocupación constante por la vulnerabilidad de comunidades ante eventos naturales los hizo coincidir en el Grupo de Geofísica del Departamento de Física de la ULA a partir de 2004, año en que Stéphanie se convertiría en una gladiadora más del tesonero Laboratorio de Geofísica en la batalla que a diario libra contra las entrañas de la tierra”, agrega Galván quien tuvo la dicha de contar con ellos dos como miembros del Consejo de Departamento de Física cuando él estuvo a la cabeza de esa unidad académica.

“Acertada descripción Elandres porque no me cabe duda que Mérida es una de las zonas de mayor actividad sísmica de Venezuela por, precisamente, estar enclavado en el sistema montañoso de Los Andes”, considera Sinduda.

“Estoy de acuerdo contigo con esa consideración aunque – al igual que tu – no soy un experto en la materia”, Galván le comenta a Ingenuo. “Sin embargo revisando el artículo que lleva por título ʻSismicidad y prevención sísmica en los Andes Venezolanosʼ – cuyos autores son el Prof. Raúl Estevez, figura emblemática e icónica de la Geofísica en nuestro país, y nuestro recordado Jaime – para nada estamos errados ya que ellos señalan claramente que ʻLos estudios históricos e instrumentales indican que la Zona de Fallas de Boconó debe ser clasificada como muy activa, lo cual es corroborado por estudios recientes de paleosismicidad, cuyos resultados arrojan periodos de retorno del orden de 200 años para eventos de magnitud 7ʼ y es que esa Zona de Fallas – conocida popularmente como ʻLa Falla de Boconóʼ, a secas – define la frontera, en los Andes Venezolanos, entre la Placa del Caribe con respecto a la Placa Sudamericana en donde el movimiento de la primera en sentido este con respecto a la segunda, pareciera controlar la tectónica de la región andina y costera de Venezuela. Según afirman ellos también”, agrega Elandres.

“Bueno, debemos recordar que hace apenas unos días atrás – el pasado 28 de abril – se cumplieron 121 años del denominado ʻGran Terremoto de Los Andesʼ ocurrido en 1894 y uno de los 7 eventos sísmicos de características devastadoras relacionados con la ʻFalla de Boconóʼ. Este movimiento telúrico de magnitud 7.0 – cuyo epicentro se ubicó en el pueblo de Chiguará, localidad ubicada a 40 kilómetros de la ciudad de Mérida – le costó la vida a unas 350 personas y sembró de destrucción una amplia región comprendida entre Tovar y Mérida por el sureste y la zona sur del Lago de Maracaibo por el noroeste. En esa oportunidad fueron destruidas las poblaciones de Tovar, Santa Cruz de Mora, Mesa Bolívar, Chiguará y Mérida, por mencionar sólo las más importantes”, recuerda Ingenuo.

“Según leí en la publicación que te comenté, el área de daños de este evento fue calculada en unos siete mil kilómetros cuadrados. Abarcó desde Trujillo en Venezuela, donde se derrumbó la torre de la iglesia de San Francisco, hasta cerca de Pamplona (en Colombia) y fue especialmente intenso en la región comprendida entre Bailadores y Tabay (en ambas pueblos se derrumbaron las iglesias)”, añade Galván.

“Precisamente por los antecedentes nefastos y catastróficos de los movimientos telúricos del pasado y conociendo las posibilidades que eventos como esos se repitan en algún momento – lo que es denominado período de retorno – Jaime inició en 1996 su apostolado al frente de FUNDAPRIS (Fundación para la Prevención del Riesgo Sísmico del Estado Mérida). Fundación que tiene como misión cumplir con cuatro objetivos fundamentales: a) Educación y Capacitación, b) Construcción y Desarrollo Urbano, c) Estudio y Zonificación de Amenazas Naturales y d) Manejo de Emergencias Sísmicas”, comenta Ingenuo.

“Y contra viento y marea Jaime se mantuvo – con el estoicismo y la terquedad que le caracterizó cuando por hacer bien las cosas se trató – cumpliendo con una tarea que le apasionaba, el llevar al corazón de las comunidades el mensaje de la prevención de riesgos. Y ahí estuvo con él en la medida de sus posibilidades – ya que fue nombrada Coordinadora del Laboratorio de Geofísica al poco tiempo de su incorporación al grupo – Stéphanie aportando también ideas, propuestas y conocimientos por una ciudad más segura”, complementa Sinduda.

“Es doloroso y lamentable que la risa franca de ambos y la contagiosa alegría que siempre acompañó a este par de profesionales fuera serie ya no se encuentren entre nosotros. Es inexplicable como la vitalidad de ambos y sus envidiables condiciones físicas – producto en él de su largo trajinar en el ciclismo de montaña y en ella de la disciplina adquirida por su larga pasantía como atleta de pista en su Francia natal – hayan sido extinguidas cuando aún tenían mucho que dar a los merideños, a los venezolanos, a la humanidad en general”, lamenta Elandres.

De repente se escucha la voz de la pequeña Brasilia – la nieta de 9 años de Ingenuo, quien ha permanecido calladita siguiendo atentamente la conversación entre estos viejos amigos y colegas – para preguntar “Abuelito, ¿en el cielo hay terremotos?” Interrogante que de inmediato argumenta al agregar “A lo mejor papá Dios los llamó a su lado porque necesitaba ayuda”.

“Es posible mi amor que el creador los llamara para solicitarles consejos en la gestión de riesgos que tiene a bien llevar a cabo en el cielo”, Ingenuo le sonríe con ternura a su acuciosa nieta dejando escapar una lagrima que comienza a recorrer los pliegues del entorno ya envejecido de sus ojos.

(٭) Prof. Titular jubilado ULA – Cronista deportivo

     aemora@gmail.com, @amoramarquez

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