Por Andrés E. Mora M…
Con una asfixiante y opresiva «operación mordaza» como marco, bastaría con recordar las recientes detenciones, abusivas por demás, del periodista Darvinson Rojas en Caracas y de la bioanalista Andrea Sayago en Trujillo, el régimen ilegítimo estableció, desde el inicio del «Estado de Alarma» a nivel nacional, una vocería centralizada con la finalidad de dar a conocer el balance diario de la situación del Covid-19 en el país. La misma es ejercida a veces por el mismísimo usurpador y, en otras ocasiones, por los «hermanitos» Rodríguez, cada uno por separado, claro está, ¡Porque hay que cumplir con el distanciamiento social! Aunque, bueno, ya saben, toda cuarentena tiene su excepción, misa privada para los jerarcas revolucionarios, fiesta de enchufados, ¡privilegillos propios del socialismo, pues!
Serísimos y con cara de circunstancias – si bien no sabríamos decir si la razón de esos rostros sea debido exclusivamente al hecho de tener que lidiar con la visita del «virus chino», o si tiene algo que ver con el merodeo del Comando Sur y sus aliados por el Caribe, o la posibilidad, siempre latente, de algún «caza recompensa» furtivo deambulando por estos lares, o a todas ellas juntas – los voceros muestran cifras, señalan estadísticas, explican gráficos…… pero, ¡nadie les cree!
¡Y no es para menos! Más allá de la falta de credibilidad de ellos tres, harta conocida por todos, la «peste roja-rojita» se ha caracterizado por su opacidad en cualquier ámbito del quehacer nacional. Veamos
Cuando el pasado sábado Delcy Eloína – horas después que «Jorgito» informase que ese día no se habían reportado nuevos casos – anunció la extensión de la cuarentena nacional por 30 días, cumpliendo con disposiciones del usurpador, con el fin de mantener la curva aplanada de acuerdo a sus cifras, nos vino a la memoria el de Sabaneta 18 años atrás – aquel sangriento 11-A – ordenando aplicar «El Plan Ávila». Con la GNB y los «Círculos Bolivarianos» acribillando a mansalva a los manifestantes desarmados, el maquillado «aplanamiento» de su naturaleza tiránica cedió ante el comportamiento exponencial de su militarismo salvaje. Diecinueve muertos y más de 200 heridos fue el trágico saldo de esa acción criminal decidida en Miraflores.
De la «Emboscada de El Silencio», como se le conoce a ese espantoso episodio escrito por la «revolución bonita», se hizo cargo la opacidad de la justicia. Nueve agentes de la extinta PM, considerados los primeros presos políticos del régimen, fueron condenados por crímenes que no cometieron, continuando aun cuatro tras las rejas, mientras los pistoleros oficialistas – habiendo sido grabados en videos disparándole a la marcha – caminan por las calles impunemente. A partir de entonces, tanto los cuerpos de seguridad del Estado, como los militantes y simpatizantes del «proceso», tuvieron «luz verde» para matar en nombre de la «revolución».
Pero ahí no nace la impunidad roja-rojita. La opacidad del sistema judicial ya venía haciendo de las suyas desde antes, con su laxitud ante hechos de corrupción («Plan Bolívar 2000», por ejemplo). De ahí que el chavismo «desapareciera» 2 billones de dólares en 16 años, entre 1999-2015. Poniéndolo en contexto, el monto dilapidado equivale, ni más ni menos, a la cantidad de dinero del cual dispondrá el paquete de rescate más grande en la historia de los EE.UU. que, para relanzar la economía de esa nación vapuleada por la pandemia del Covid-19, fue acordado por el Senado y la Casa Blanca.
En el ámbito deportivo, la falta de transparencia ha estado de plácemes también. Desde el 2011 existe el Fondo Nacional del Deporte que pecha con el 1% de las ganancias netas a las empresas con ingresos mayores a 21.000 unidades tributarias. Sin embargo, “el Fondo es manejado a discrecionalidad del ejecutivo y no hay ningún tipo de control ciudadano ni rendición de cuentas a la AN”, según el informe 2013 de Transparencia Venezuela, lo que, por supuesto, dificulta conocer en que se han usado esos recursos. ¡De lo que estamos seguros es que no han sido en la compra de pistas de atletismo! Desde 2013, atletas y dirigentes han exigido, sin éxito alguno, sean sustituidas, por el peligro que su extenso deterioro significa para los usuarios, las pistas del Brígido Iriarte de El Paraíso, en Caracas, y del «Pachencho» Romero de Maracaibo. Han pasado dos ciclos olímpicos e innumerables anuncios del usurpador informando la aprobación de recursos para adquirirlas pero, al sol de hoy, sábado 18-A, nuestros atletas de alta competencia continúan sin tener en el país una pista en buenas condiciones donde entrenar.
Por su parte, la opacidad en el sector salud ha sido emblemática. Una arista, de tantas, es el tema epidemiológico. En octubre 2014, el régimen decidió suspender la publicación del Boletín Epidemiológico luego de 63 años ininterrumpidos de publicarse semanalmente. En su afán por mantener escondidas estas estadísticas, destituyó a una ministra de la salud, prácticamente recién nombrada, por publicar los registros de 2016. Desde entonces, la comunidad médica y población en general quedaron privadas de conocer el comportamiento de 75 enfermedades de notificación obligatoria (dengue y malaria, entre ellas), el de las enfermedades prevenibles por vacunas y, además, la mortalidad infantil y materna. Nadie sabe a ciencia cierta que sucedió, o sucede, con la epidemia de dengue de 2014 o del brote de Chikungunya. Al menos, el comportamiento de la malaria nos puede servir de diagnóstico de la situación. De 75.572 casos para octubre 2014, pasó a 240.613 para 2016, ubicándose por encima de los 400.000 en los años 2017 y 2018, según informe de enero 2020 de la Sociedad Venezolana de Salud Pública Red Defendamos la Epidemiología Nacional.
El Covid-19 llegó a una Venezuela sanitariamente desguarnecida, en donde, inclusive, otras epidemias tienen tiempo «haciendo su agosto» debido al irresponsable manejo roja-rojito de las estadísticas epidemiológicas.
Entonces, ¿cómo creerles?
Prof. Titular jubilado ULA – Cronista deportivo
aemora@gmail.com, @amoramarquez
18-04-2020


