Por Andrés E. Mora M…
Apalancada en la fuente inagotable de creatividad, ingenio e imaginación criolla, la sabiduría popular – el conjunto de conocimientos, creencias y valores tradicionales de un pueblo que son transmitidos de generación en generación – suele expresarse en forma de dichos, chistes o leyendas.
El ejemplo más reciente, conocido por nosotros, al menos, de la vivaz inventiva del venezolano, y esa chispa que le caracteriza, con respecto al hito histórico que para Venezuela significó la canonización de nuestros primeros dos santos, tiene que ver con una simpática crónica – elaborada a partir de un hecho imaginario, pero presentado como real – que tiene como protagonistas a los Yankees de Nueva York y… San José Gregorio Hernández ¡Na’ guará!
Este agradable relato, que a continuación reproducimos, con dirección web incluida, fue publicado en un grupo de Facebook el pasado miércoles, 22-10, que parece haberse “regado como pólvora” en las redes sociales… ¡Vengan pa’ que lo vean!, habría dicho el recordado “Musiú” Lacavalerie.
“En el vibrante año de 1917, la ciudad de Nueva York bullía con la energía del progreso y la pasión por el béisbol. En medio de este torbellino, un médico venezolano, de maneras serenas y mirada profunda, llegó a la Gran Manzana. Su nombre era José Gregorio Hernández. No era un inmigrante común; había sido invitado por un directivo de los Yankees, impresionado por su reputación como sanador y científico.
El Yankee Stadium, aún en construcción en algunos de sus detalles finales, ya era un coloso de la emoción. José Gregorio fue presentado al equipo, un grupo de jóvenes fornidos y llenos de vigor, pero no exentos de las dolencias propias de un deporte tan exigente. Al principio, su presencia generó curiosidad. ¿Qué hacía un médico tan distinguido, acostumbrado a las aulas universitarias y los hospitales de Caracas, en un campo de béisbol?
Pronto, el «Doctor José» —como lo empezaron a llamar— se ganó el respeto y el afecto de todos. Con su maletín de cuero siempre a mano, observaba los partidos desde el dugout, atento a cada deslizamiento brusco, cada lanzamiento forzado. Sus manos hábiles aplicaban ungüentos, sus conocimientos reducían esguinces, y su paciencia escuchaba las quejas de los jugadores. Se convirtió en el confidente de muchos, no solo sanando sus cuerpos, sino también calmando sus mentes con su sabiduría y fe.
Los Yankees tuvieron una temporada excepcional ese año. Los jugadores atribuían parte de su éxito a la meticulosa atención del Dr. Hernández. Él no solo trataba las lesiones, sino que también inculcaba hábitos de higiene y disciplina que eran adelantados a su tiempo. Por las noches, después de los partidos, José Gregorio se retiraba a su modesta habitación, donde leía sus libros de medicina y escribía cartas a su familia en Venezuela, describiendo la fascinante cultura del béisbol y la calidez, a veces ruda, de los neoyorquinos.
Sin embargo, a medida que el otoño se acercaba, la salud de José Gregorio comenzó a flaquear. El implacable clima de Nueva York, sumado al agotador ritmo de la temporada y el estrés de estar lejos de su tierra, empezó a cobrarle factura. Una tos persistente se convirtió en fiebre, y la energía que lo caracterizaba se fue apagando. Los mismos jugadores a quienes había cuidado con tanto esmero ahora lo miraban con preocupación.
Fue una decisión difícil, pero inevitable. Los médicos del equipo, ahora colegas y amigos, le aconsejaron regresar a un clima más cálido y a la tranquilidad de su hogar para recuperarse. Con el corazón apesadumbrado, José Gregorio se despidió de los Yankees. Los jugadores, con sus gorras en la mano, formaron un pasillo en el andén de la estación. Hubo apretones de manos, palabras de agradecimiento y promesas de mantener el contacto.
Mientras el tren se alejaba de la bulliciosa estación, José Gregorio Hernández miró por la ventana, llevando consigo el recuerdo del rugido de la multitud, el olor a hierba recién cortada y la camaradería de los «bombarderos» de Nueva York. Aunque su tiempo como médico de los Yankees fue breve, dejó una huella imborrable, no solo en la salud de los jugadores, sino también en sus corazones, como un hombre de ciencia, fe y profunda humanidad. Su partida fue un recordatorio de que, incluso los sanadores, a veces necesitan ser sanados.” (https://www.facebook.com/groups/649435819591399/posts/1499385631263076/)
Seguramente su Eminencia Reverendísima el Cardenal Baltazar Porras Cardozo – artífice de la canonización del “médico de los pobres”, causa que de manera decidida impulsó apenas llegó a la Arquidiócesis de Caracas en donde elaboró un expediente que cumpliera con las normas estrictas del Vaticano, y quien presidirá la misa solemne de la fiesta litúrgica que marca el primer natalicio del Dr. José Gregorio desde su canonización, programada para mañana al mediodía en el Santuario Divino Niño de Isnotú – se regocijara leyendo la crónica reseñada, sobre todo por ser gran aficionado al béisbol y seguidor en Venezuela de los gloriosos Leones del Caracas, el club más ganador de nuestra pelota, como los Yankees en el norte.
Memorables serán, entonces, tanto el jonrón conectado por el Cardenal Baltazar Porras – que impulsó hasta los altares del catolisismo al Dr. José Gregorio, quien estuvo esperando remolque en tercera desde que fue beatificado en 2021 – como el cuadrangular bateado por el ingenio criollo con el relato aquí reseñado…
El primero ya es parte de los anales de la historia venezolana, aunque haya gente que quiera “ganar indulgencia con escapulario ajeno”… El segundo, con el paso de los años, pudiera convertirse en una nueva leyenda criolla… pero eso sí, asistida por la inteligencia artificial ya que el relato viene acompañado de una fotografía color sepia que ubica al Dr. José Gregorio, con su maletín en la mano derecha y un bate en su izquierda, en el montículo del Yankee Stadiun rodeado de peloteros de los “mulos de Manhattan”…
En fin, hablamos de un par de jonrones con San José Gregorio Hernández en base…
Prof. Titular jubilado ULA – Cronista deportivo
aemora@gmail.com, @amoramarquez
25-10-2025.
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