El Big Ben Deportivo: Operación ¿Gedeón… dez?, ¡nada huele bien!

Por: Andrés E. Mora M…

“Todo el día era jugar básquet, todo el día practicar. Solo al FAES se le ocurre pensar que un chamo si fuera delincuente se va a quedar en su casa con su mamá. ¿Por qué no jodieron a ninguno de los que son delincuentes? A ninguno de los que mataron era delincuente, porque los conozco, Brian es el que más me pesa porque sé el futuro deportivo que tenía”, le comenta al portal 800 noticias Leonardo Padilla, un boxeador de 24 años que se crió en la zona 8 de José Félix Ribas en Petare y que desde hace un año vive en España, sobre Brian Cedeño, el joven basquetbolista, contemporáneo con él, vilmente asesinado el viernes 8 de mayo durante un operativo policial conjunto, en busca de «Wilexis», líder de una banda criminal del sector.

De la misma manera, la progenitora del prometedor jugador de baloncesto, quien pasadas las 6 de la tarde del Día de la Madre denunció que aún no le habían entregado el cuerpo de su hijo, confirmaría – a través de un video difundido por las redes sociales – que Brian fue detenido en su casa y ejecutado extrajudicialmente por funcionarios de los cuerpos de «seguridad».

Todo hace presumir, vistos estos relatos, que las 12 personas muertas en Petare fueron víctimas de la «epidemia de violencia policial» que vive el país. De acuerdo al informe del Observatorio Venezolano de la Violencia del año pasado, en el 2019 se estima que hubo al menos 5.286 víctimas de la acción policial, para una tasa de 19 fallecidos por cada cien mil habitantes. Esa tasa, la más elevada en el continente americano, casi duplica la establecida por la OMS – diez víctimas por cada cien mil habitantes – para considerar que se está frente a una epidemia de mortalidad. De tal manera, entonces, que la tasa de fallecidos en «enfrentamientos» y de quienes se informa que «fueron dados de baja» por «haberse resistido a la policía», tiene carácter de epidemia.

Así pues, la «Peste roja-rojita», o «Peste» a secas, nos demostró, una vez más, que su letalidad es mucho mayor que la de la Covid-19. De hecho, apenas unos días antes de lo acontecido en Petare, una «ráfaga mortal» de la misma «cepa» que actuó en la barriada mirandina – «subitus exterminius», la más virulenta de las muchas que conforma la «Peste», cuyo «vector», conocido como «balazo», produce, en un elevado porcentaje, la muerte inmediata de quien se «contagia» – acabó con la vida de 47 personas e hirió a 75 en el Centro Penitenciario de Los Llanos, en Guanare. A la «Peste» sólo le bastó dos días para dejar constancia de su poder aniquilador.

Constancia que ya había dejado en el 2017, cuando por cuatro meses disparó a mansalva «ráfagas mortales» de la referida «cepa» para enfrentar a centenares de miles de jóvenes que salieron a las calles a protestar en su contra «armados» con escudos de cartón. El saldo extraoficial, del 06-04 al 13-08, no pudo ser más aterrador: 163 muertes. 

Sin embargo, la furia criminal con que la «Peste» arremete por cualquier circunstancia – el reclamo de sus derechos, es uno de ellos – contra ciudadanos honestos y desarmados o, creyendo justificarse, en contra de uno que otro «azote de barrio», en nada se asemeja al «guante de seda» que solía usar para enfrentar la delincuencia organizada. De ahí que, en el 2013, claudicara en su obligación de combatirla – «tigre no come tigre», pensarán muchos de ustedes – y optara por dialogar con cientos de bandas para impulsar un proceso de desarme y reinserción social de los delincuentes que, concluiría, con el Estado entregándoles a estos el control territorial de extensas áreas. Ahí nacen las tristemente célebres «zonas de paz», las cuales favorecieron, por ejemplo, la formación de las «megabandas» que en la actualidad operan en el oeste de Caracas – La Cota 905, El Cementerio y El Valle – y la consolidación de bandas en otros sectores, como la de «Wilexis» en Petare.  

Ahora bien, si la «Peste» salió con las «tablas en la cabeza» al «tirar la toalla» en su batalla contra las pandillas – las 349.535 defunciones por violencia registradas entre 1999 y 2019, evidencian el estrepitoso fracaso – «mostrando las costuras» de sus limitaciones para enfrentar a un enemigo armado, difícilmente tenga capacidad para salir airoso de una incursión real. Lo rocambolesco de la «Operación Gedeón», no hace sino apoyar esa apreciación.

Y es que la columna EsPaja, publicada el 12 de mayo en el portal de TalCual, se refirió al programa especial de Con el mazo dando, del 28 de marzo, en el que el anfitrión del mismo dio a conocer, como primicia, lo que bien pudo interpretarse como el «guion original» de tal operación, su «ópera prima». Sin embargo, la «puesta en escena» resultó ser un enorme fiasco. Los errores garrafales cometidos en su realización – como el del fiscal general usurpador acusando a dos personas de participar en ella, cuando la desaparición forzosa de ambos había sido denunciada por sus respectivas madres con mucha antelación a la «pieza teatral» – hablan de la premura del «montaje». Quizás, por buscar «invisibilizar» la masacre de Guanare.                

No obstante, quedó demostrado la habilidad de mimetización de la «Peste» para infiltrar cualquier iniciativa opositora, en especial aquellas confusas, hasta degradarlas y generar las consabidas emanaciones fétidas típicas de la descomposición, tal y como sucedió con la ahora «Operación Gedeón…dez». No se puede subestimar el hecho de que la «Peste» contenga en su carga genética 20 mil «cromosomas castristas», la longeva «Plaga» que falló en el «desembarco de Machurucuto», de eso hizo 53 años el 8 de mayo, pero que años después invadiría por Miraflores para entronizarse en el poder. Hay que hilar fino en esta confluencia de epidemias. Equivocarse no es una alternativa.    

Prof. Titular jubilado ULA – Cronista deportivo       

      aemora@gmail.com, @amoramarquez