Por Antonio Rivas…
Con el motor apagado, el bote se mecía mientras los viajeros, embelesados, contemplaban el contraste de color en el punto donde un tercio de las aguas del Orinoco se desvían hacia la cuenca del Amazonas, usando el brazo Casiquiare como canal natural.
Aparte de las tonalidades en las aguas, lo intrigante era la percepción que daba el Casiquiare, como si se ubicara algunos centímetros por debajo del nivel del río padre.
A máxima potencia se reinició la marcha hacia San Carlos de Río Negro (estado Amazonas, Venezuela); un viaje largo (más de 340 kilómetros), pero en el marco de la misma naturaleza prístina que, en mayo de 1800, cautivó al naturalista Alexander von Humboldt.
En los territorios circundantes se asientan pequeñas comunidades indígenas yanomamis, madawakas y warekenas. Por centurias han logrado resguardar su identidad y arraigo, que las convierte en modelo de gestión de su patrimonio natural y sociocultural.
La armónica sinfonía de la selva acompañó el trayecto, aunque matizada en ocasiones por el estruendo de alguna rama cayendo al suelo o al agua, vencida por los avatares del tiempo.
En una casucha, a poca distancia de la comunidad yanomami de Coromoto, repostaron combustible y agua potable; de pronto, unos chillidos lastimeros interrumpieron la fascinación de los viajeros por esos parajes.
Dejándose guiar por la curiosidad, dieron con el origen: era una nutria bebé que trataba infructuosamente de desatarse de una soga. Sin dudar, los atribulados viajeros la liberaron y, mientras se lanzaba al río en pos de su libertad, asomó por un instante su cabeza fuera del agua y, como en señal de gratitud, lanzó un chillido al aire que esta vez reconfortó a quienes lo escucharon.
El viaje prosiguió, y a medida que avanzaban, el cielo se cubrió de oscuras y grandes nubes que presagiaban una tormenta descomunal. Poco a poco, enormes gotas de agua empezaron a caer, la visibilidad se tornó difícil y solo un diestro “capitán” podría enfrentar la situación sin alarmar a los pasajeros.
Al menos cuatro bandadas de cientos de guacamayas y loros volaron por encima del bote, internándose en la selva en busca de cobijo.
La lluvia fue muy intensa, acompañada de vientos que provocaron fuerte oleaje en el río y la consecuente dificultad para continuar. No se veía ningún lugar seguro para arribar; todo quedaba en manos de los espíritus de la selva.
Un letrero a la orilla derecha indicaba la proximidad de San Carlos de Río Negro; eso fue un alivio, aunque fue aún mayor, el instante en el que el cielo comenzó a despejarse mientras la tormenta cedía.
El reloj marcaba las seis y treinta y ocho minutos de la tarde; en el horizonte ya se divisaba el destino, pero la naturaleza, una vez más, sorprendió con sus prodigios. Por un lado se ocultaba el sol, mientras una luna llena tímidamente se asomaba, decidida a adueñarse del firmamento.
Los viajeros pidieron apagar el motor para que el bote fuese conducido plácidamente por el ligero oleaje del río Negro y también para darse un buen chapuzón en las negruzcas aguas que dan sentido a su nombre.
El agua tenía una agradable temperatura, y el río, ya iluminado por la luna, proveía un aire de tranquilidad y misticismo que solo el Amazonas puede obsequiar a sus visitantes.
Luego de sellar los permisos de viaje en el punto de control de la Marina venezolana, los felices viajeros colocaron sus mochilas en el suelo de una posada administrada por gente local, quienes no paraban de preguntar qué tal había sido la experiencia en el Casiquiare.
Difícil resultaba explicar un viaje tan particular, a tal punto que hasta a Humboldt se le complicó cuando escribió su obra Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, pues las palabras se quedan cortas ante tanto esplendor.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
21-04-2026




