Por: Valentin Alejandro Ladra…
Austwich, Treblinka, y demás horrores de los múltiples campos de concentración de los nazis en Europa entre 1938 y hasta mayo de 1945, donde murieron millones de judíos, gitanos, soldados aliados y civiles en manos de quienes poseían la visión infame y diabólica al considerarse ellos mismos “el nuevo hombre”, que harían del mundo un sitio donde todos debían escuchar las sinfonías clásicas de Richard Wagner y sus óperas Nibelungas.
Hemos visto demasiadas películas relacionadas con las torturas y cámaras de gas, experimentos en seres humanos buscando los cráneos útiles para albergar su futuro apocalíptico.
Pero también la historia del siglo pasado nos habla sobre los otros terribles campos de concentración japoneses, recordemos el oscarizado film “El Puente sobre el río Kwai” con el laureado actor Alec Guinnes, y muchos otros.
Jamás se deberían repetir. Aunque el ser humano, más allá de zonas geográficas, razas y creencias, tiende a destruirse a sí mismo, como si odiara a sus propios congéneres. No somos iguales. El asesino, el violador, el torturador, jamás podrá ser igual a uno.
En este curioso, a veces sorprendente y aterrador siglo XXI, pareciera darle la razón a los futuristas del pasado, e incluso a algunos relatos de ciencia-ficción: superpoblación, limpieza étnica, guerras puntuales de nunca acabar y terrorismo sangriento.
Nadie debe estar ajeno a lo que ocurre en el mundo actual. Nadie debe ser tan inocente para no ver la realidad mundial actual. Sólo a través de reconocer lo que sucede día tras día se podrán encontrar las soluciones necesarias a los múltiples problemas que saturan a nuestro planeta Tierra. Migraciones de poblaciones que huyen de bombardeos, injusticias y limpiezas étnicas.
¿Estaremos frente a cambios radicales en las actuales políticas socioeconómicas del mundo? Pareciera que la humanidad se está enfrentando a callejones sin salida, donde la estrategia letal del poder en si mismo se antepone al ser humano. A toda costa y sin importar el precio.
Y sucede, en forma ya no tan silenciosa e inocente, otro ardid psicológico y dinámico de los nuevos abominables campos de concentración modernos, donde no existen alarmas y sirenas estruendosas, alambres de púas y perros feroces que persigan a quien intente escapar.
¿Cuál es esta forma astuta, tenebrosa y letal que la gente aun no termina de ver ni comprender? Obnubilada por los acontecimientos diarios, a toda hora?
El campo de concentración psicológico. ¿De qué se trata? ¿Cómo funciona? Lo vemos a diario pero no lo reconocemos. ¿Por qué? Es que nuestra mente no puede comprender que pueda existir algo tan sutil y a veces cruel, un elemento Orwelliano en nuestras vidas cotidianas. Que corroe minuto tras minuto hasta asfixiar, hasta atrapar mente y alma. Y si se deja enredar en esa dramática telaraña la reacción puede ser tardía.
Veamos. El nuevo campo de concentración comienza en forma sutil, promesas de una nueva vida, de felicidad etérea. La mayoría cae en ese tarro de dulces, sin saber que se están envenenando. Algunos por inocencia, otros esperanzados, y demás contentos de salir de las sombras.
Los que manejan los hilos de esa madeja siniestra ¿son seres humanos? Bueno, tienen dos piernas, se visten y tienen que alimentarse también. Pero sus mentes pertenecen a dimensiones diabólicas, de energías que consumen almas que no tienen ni poseen conciencias: sólo el afán del poder a toda costa, denigrar al humano, ponerlo de rodillas, eliminar su mente, su psiquis, su cultura, sus emociones, su mismo espíritu. Esto se logra, como dije, al principio sutilmente, para luego comenzar una avalancha donde la persona se torne indefensa, sin poder casi reaccionar.
Y es ahí cuando se encuentra en medio de ese campo de concentración, su mente atrapada, su alma desconcertada y humillada, su espíritu, sólo con la esperanza de una salvación celestial. Casi no tiene elementos para reaccionar. Y el mundo no calla. Habla. Busca soluciones. Pero quizá, ya sea tarde.
En algún momento todo implosiona. El encuentro de energías y la libertad de lo positivo pueden encontrar su cauce salvador y destruir la telaraña maligna tejida año tras año. Pero, ¿a qué costo? La humanidad, los países de la Tierra tienen sus propios problemas, algunos menores otros mayores y muy peligrosos. Algo tiene que cambiar. Se necesita mucho valor. Nuevas ideas positivas y saber cómo enfrentar y batallar los nuevos conceptos de una terrible catástrofe del Mal, que busca espacios, como el agua vertida en el piso, de espacios que poseer.
No hay que mirar tanto al cielo, que muchos nubarrones trae. Se debe buscar la verdad y la vida de la propia conciencia interior. Las soluciones llegarán. Mientras tanto, se debe ver la realidad en que se vive. Así se romperá la telaraña que cada vez más teje el campo de concentración psicológico.
“Así se hará, así se escribirá”, como decían los antiguos sacerdotes y faraones del Antiguo Egipto.



