El Caminante: Pesadilla en Semana Santa

Por: Valentín Alejandro Ladra…

A las cinco y veintitrés de la tarde del día jueves santo el día se convirtió en noche: las lámparas y todos los implementos eléctricos comenzaron a agonizar, como si los soldados romanos de hace dos mil años hubieran iniciado sus torturas hasta que lo que se temía sucedió: apagón total.

Las señoras en sus casas, los agricultores, profesores, estudiantes que alquilan cuanto hueco pueden encontrar y todo aquel que vive en la hermosa Santa Rosa, ya no tan pacífica por los delincuentes y cuanta alimaña de dos patas que pulula en sus predios, aunque muchos jóvenes, hijos abnegados se fueron más allá de las fronteras en busca de una mejor vida que el país les niega, se preguntaban: “¿Será por pocas horas?¿…no, la luz debe venir alrededor de las 8 o 9 de la noche, como a veces sucede? ¡Qué fastidio, cuándo arreglará Corpoelec, esos ineptos, este problema!”

Y así por el estilo.

Bueno, nada de esas premoniciones inocentes y hasta agresivas sucedieron.

La noche pasó y llegó el día, y la luz eléctrica brilló por su venenosa ausencia. La gente comenzó a angustiarse. Y a todo ello, para aumentar las tensiones muy humanas y muy válidas, se aunó la feroz neblina que bajó de las montañas, la pertinaz lluvia y por ende… el frío.

Ya era viernes santo. El Gólgota, allí donde el Maestro Jesús exhaló su último suspiro, lejos, muy lejos, donde la reina madre Helena del emperador Carlomagno mandó erigir una iglesia, hoy del Santo Sepulcro, donde yo mismo cuando viví en Jerusalén un año como Corresponsal de la Cadena Capriles en Tierra Santa en 1985/6, iba cada vez que el tiempo libre me permitía a estar en paz y silencio meditando en una oscura hueca de velas ennegrecidas por el tiempo, donde Jesús pasó sus últimos momentos, en un costado de la iglesia y poco conocida por los millones de visitantes del mundo, se trasladó a Santa Rosa.

Los pobladores, consternados, pues hacía un día que la luz aún no había llegado, comenzaron a ver como algunos alimentos se deterioraban. Alguien señaló que un gigantesco pino había caído sobre los cables, allí por detrás del Jardín Botánico.

Armados de machetes, hachas, palas, cerca de 30 agricultores y valientes vecinos se acercaron y vieron la dantesca escena: un gigante caído arrastró los cables destrozando todo lo que pudo. Y comenzaron a cortar ramas y el tronco, para despejar la situación. Algunos técnicos de Corpoelec reconocieron el terreno y trataron de encontrar alguna solución. Pero ya se hizo de noche y el sábado amaneció: era el tercer día sin luz.

Pero, y he aquí el dilema. Desde que estoy en Santa Rosa hace tres años, cada vez que llueve la tierra se ablanda, y los árboles, pinos de la zona están cerca y entretejidos con los cables de tensión eléctrica. Yo me preguntó: “¡por qué los técnicos e ingenieros, viendo que esos árboles están tan cerca de los cables tensados, no previeron esa circunstancia!”.

Y ahora es algo preocupante, pues cada tres meses o algo así, cuando “Tlaloc” el feroz dios Maya de la lluvia arremete en estas montañas, algún gran pino se cae y arrastra los cables eléctricos y produce varios días de oscuridad, y vuelta los machetes y hachas y técnicos somnolientos y consternados a realizar la misma tarea, dejando que la oscuridad se apodere de la poblada.

Ya todo se vuelve sospechoso, y es curioso que pocas personas, o ninguna se dé cuenta: que desaparecen los cables como por arte de magia.

El sábado en cuestión, por supuesto sin luz, “el tercer día”, consternados todos vieron que SE HABIAN ROBADO 400 METROS DE CABLE. Mi sospecha es que los barrios aledaños, peligrosos, utilizan esos árboles para seguir robando los cables. Y la tragedia pudo haber sido peor: el agricultor Javier de 56 años, voló por los aires al presionar el cable con el tronco del árbol. Se golpeó fuertemente la cabeza, y pudo haber muerto instantáneamente. Felizmente no sucedió.

Se temió lo peor. Se habló que recién el miércoles llegaban los repuestos necesarios. Los estoicos agricultores y vecinos hicieron maromas, empapados por la lluvia y el frío, cansados. Se merecen todo nuestro aprecio y agradecimiento. El día domingo en la mañana milagrosamente consiguieron arreglar lo que no se podía arreglar. Por fin, en el cuarto día, alrededor del mediodía, comenzó a llegar la luz, que en parte llegó horas antes hasta la capilla de Santa Rosa, más abajo.

Tres camionetas de la policía incursionaron en las casas buscando delincuentes, pues ocurrieron robos bajo la oscuridad reinante de esos nefastos días.

Así fue el drama de esta Semana Santa.

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