Por: Ramón Sosa Pérez.
Mi atadura con el sur de Mérida es incesante ritornelo que se vigoriza en urgir la querencia por lo nativo, al tiempo que desvelamos inescrutables travesías de saberes ancestrales, siempre novedosos a nuestros ojos y a nuestra mente. Aprender de los detalles de mis paisanos es uno de los privilegios en mi tierra surandina. En los 20 poblados que conforman la subregión, soy un visitante puntual que por diversos motivos los acompaño, siempre.
Aricagua, Mucutuy, Canaguá, Guaimaral, Chacantá, Capurí, El Molino, San Pedro, El Quinó, La Providencia, Los Nevados, Rio Negro, Padre Noguera, Acequias, Mucuchachí, Guaraque, Pueblo Nuevo del Sur, San José, El Morro, Campo Elías y Mesa de Quintero, son parte de mi perenne itinerario que por 40 años en forma constante y evidente, visito, laboro, sueño, acompaño y espero por sus logros. Conozco bien a su gente y me conocen mejor.
Quizá suene extenso el comentario anterior pero es que el gentilicio sureño es equivalente a sinceridad, lealtad y compromiso. Cuando un paisano quiere a alguien, no se desprende en adelante porque lo hace suyo pero si por el contrario; recibe ingratitud también es pronto en la respuesta. Ignora espontáneo a quien lo relega o ensaya deshonrar sus sentimientos. El sureño es noble pues no sabe fallar si advierte sinceridad de por medio.
De vieja raigambre católica, el sureño ama a su iglesia y por ella empeña su integridad, que se traduce en cercanía por sus pastores y servidores del altar. Monseñor Baltazar Porras es ejemplo reciente pues convivió entre ellos por casi 40 años; los visitó en sus casas por muy distantes que fueran y asistió sus sacramentos. Hay casos que conocemos: dio bautismo, confirmación, primera comunión, celebró matrimonio y bautizó luego a sus hijos.
Por ello a nadie sorprendió que en la visita a Canaguá se emocionara con cortés sensibilidad ante el saludo de Don Efraín Martínez, a quien conoció hace 4 décadas cuando fue por vez primera a esa tierra y recorrieron a pie todas las aldeas de Guaimaral. En el soliloquio del pastor el paisano advirtió la riqueza del silencio. Un viva emocionado salió del corazón sureño ante el abrazo del sacristán cincuentenario y el VI Cardenal de Venezuela.
Lo vimos recorrer los pueblos del sur con su chofer de confianza, el paisano José del Rosario “Chepo” Dugarte, Diácono Permanente Decano del laicado que fundó Monseñor Salas. Hicimos la ruta otras tantas veces y siempre Monseñor Porras tuvo tiempo para detenerse ante el labriego de curtida mano, saludarlo en el camino, bendecir su labrantío y mandar afectos al hogar. La sonrisa cándida de los lugareños quedaba tatuada en su recuerdo.
Fuimos a Hato de Las Pérez en la primera visita del Arzobispo Coadjutor Monseñor Helizandro Terán Bermúdez. El Cardenal Porras dedicó un emotivo responsorio a Chepo Dugarte, el hombre de campechano origen y noble corazón que sirvió a la iglesia con total filantropía. Nos tocó leer la bienvenida al primer agustino que pisaba tierra de los mirripuyes en pleno siglo XXI, la misma que catequizaron sus hermanos en 1597, hacía ya 425 años.
Llegaron legionarios de todas las aldeas y nos sorprendió la ingente capacidad artística de los morrenses remozando cuadros de ancestral origen que en la ocasión sirvió de muestrario cultural inigualable. El Cardenal aplaudía cada número, indagaba, registraba y más tarde esas notas aparecían en sus apuntamientos regulares con los nombres de cada protagonista. La pasión por la historia local, seguramente, nos puso a resguardo de estas menudencias.
En los demás pueblos sucedía otra tanto con priostes, mayordomos de fiestas, ministros del Altar, catequistas, encargados de cofradías y Sociedades de santos y patronos. Nos pedía, junto al párroco que en la Fiesta Patronal lleváramos la minuta en el Libro de Gobierno y observábamos en la siguiente ocasión, cuán ricas eran las observaciones pastorales, hechas con vocación fraterna y no recriminatorias. La historia es la Maestra de la Vida, decía Séneca.
Cuando Canaguá y El Molino lo recibieron con gozo saludé la conexión del afecto, labrada con la fe del carbonero y cosechada en opima calidad. Mis paisanos honran la gratitud por la amistad, la confianza y el servicio pastoral desde la mirada cercana de la sinodalidad, tan citada por el Papa Francisco pero confirmada ya en el sur de Mérida. Estos pueblos son la expresión más auténtica de la iglesia doméstica que Roma pregona Urbit et Orbe
**Cronista Municipal deArzobispo Chacón y Aricagua.
Fotos: Leo León-@leoperiodista
08-08-2025




