Al atardecer en la antigua Palestina, los fariseos y los habitantes de Judea no dependían de la magia para entender el horizonte; utilizaban una observación empírica interesante. Al mirar el ocaso y ver el firmamento teñido de un intenso color rojo, sabían con absoluta certeza que los vientos del oeste traían altas presiones, aire seco y una atmósfera limpia cargada de partículas de polvo. Deducían así, con total precisión agrícola, que la jornada siguiente regalaría un día espléndido y estable.
Según la Sagrada Escritura, en ese momento preciso no ocurría ninguna intervención mística directa de Dios, sino que simplemente se cumplía el orden natural que Él ya había establecido. Para la mentalidad hebrea, el clima —el viento, el polvo, la luz— se regía por un orden natural creado por Dios desde el Génesis, un pacto de estabilidad con la Tierra. «mientras el mundo exista, no faltarán la siembra y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno». (Génesis 8;22).
Sin embargo, si analizamos el trasfondo de la historia de Israel y la mentalidad de los fariseos, el «buen tiempo» —ese día despejado y seco— tenía un significado muy específico en relación con la divinidad. No se trataba de una bendición de lluvia, sino de estabilidad. El buen tiempo del día siguiente no era un milagro de fertilidad, sino la confirmación de que la atmósfera estaba estable, ideal para las tareas de la cosecha, para secar el grano o para viajar sin el peligro de los torrentes de lodo, ideal para buscar la paz.
Los fariseos y saduceos se acercaron a Jesús para pedirle «una señal del cielo». Querían un milagro cósmico instantáneo, como cuando Josué detuvo el sol o Elías hizo caer fuego del cielo, para comprobar si Jesús venía de parte de Dios. Ahí es donde radica la ironía de la respuesta de Jesús; ellos miraban «el cielo rojo, analizaban el polvo y el viento con pura lógica material, y sabían perfectamente qué venía al día siguiente». No necesitaban que Dios hiciera un milagro para saber si iba a llover o a hacer sol; usaban su inteligencia.
Mientras el cielo se teñía de rojo por causas físicas y climatológicas naturales, la verdadera acción de Dios estaba ocurriendo abajo, en la tierra, a través de los signos mesiánicos. Dios, en ese mismo momento, estaba haciendo algo muchísimo más grande; estaba caminando entre ellos en la persona de Jesús. Las curaciones, la liberación de los oprimidos y la predicación del Reino eran las revocables y verdaderas «SEÑALES» que los fariseos, cegados por sus prejuicios, eran incapaces de ver.
Dos mil años después, el cielo se tiñe de rojo tras en Venezuela y es que no hace falta pedirle al Señor una señal, pues durante todos estos años y siglos, Caracas y La Guaira y todos los estados de Venezuela nos dan buenos atardeceres, hermosos momentos que nos cuesta mirar por el trabajo o por la rutina. La ciencia que explica este fenómeno es exactamente la misma que la del siglo I; «la luz solar interactuando con partículas en el aire mediante la dispersión de la luz» . Sin embargo, el origen cambió de forma drástica. Ya no era un viento regular de alta presión, sino la violencia geológica de un sismo que sacudió y fracturó el terreno, levantando colosales cantidades de polvo fino y aerosoles hacia la atmósfera al caer el día.
Mientras que el cielo de los fariseos nacía de la calma y la previsión meteorológica del buen tiempo, el cielo de Venezuela nació del asombro y de la sacudida de la tierra. «Lo predecible chocó de frente con lo impredecible» recordándonos nuestra fragilidad humana ante las fuerzas de la creación».
Al cruzar ambas realidades, la conclusión reflexiva se vuelve nítida y profunda. El cielo rojo —ya sea por el viento seco en Israel o por el polvo en Venezuela— es la naturaleza siguiendo sus leyes físicas y el pacto de estabilidad establecido desde el Génesis. Buscar un mensaje apocalíptico, un misterio oculto o un presagio místico en las nubes es mirar en la dirección equivocada. La verdadera acción de Dios, el verdadero «signo de los tiempos», no ocurre arriba en la atmósfera, sino abajo, en el suelo que pisamos. Ante la seguridad del buen tiempo antiguo o ante la vulnerabilidad de un sismo, lo verdaderamente trascendental ocurre en el corazón humano, en la solidaridad de los vecinos, en la ayuda mutua y en la resiliencia de la gente que se levanta unida para abrazarse, superar el dolor y reconstruir lo que se haya caído. Allí es donde la divinidad y la humanidad se encuentran de verdad.
Al ver este tinte rojo en Venezuela, es inevitable sentir un llamado de atención que nos invita a pensar en un tiempo estable, en un horizonte de esperanza, ánimo y alegría para cada uno de los venezolanos. En medio del sufrimiento, de la muerte, del dolor y de la profunda tristeza, hay momentos en que Dios nos encuentra, pero no lo hace a través de los rayos del sol o en el reflejo de la luna, sino en la mirada del otro, en las manos extendidas y en el acto de compartir con el prójimo. Quizás este cielo rojo sea también una advertencia para un gobierno corrupto que tiene sus manos llenas de sangre y de vicios que dañan al país; pero en esta encrucijada, es mejor apostar por lo primero. Toca apostar firmemente porque esa señal represente un buen tiempo de libertad, de vida en PAZ y de renovación espiritual para Venezuela. Aunque en medio del dolor sea difícil conservar la esperanza, queda la certeza de que todo lo que viene será un renacer agradable y fuerte, anclado en la felicidad y en el reencuentro de todo un pueblo.
DIOS ESTÁ CONTIGO, VENEZUELA.
Pbro. Danny Xavier Peña Dávila
León – España
01-07-2026



